Recuerdo inolvidable
Fue
un recuerdo fugaz el que atravesó su mente como una flecha. Apenas pudo acordarse
de dónde venía o qué mostraba más allá de ella. Fue tan solo un segundo pero la
risa se escuchó como si estuviera a su lado, la sonrisa se le apareció por arte
de magia y sus trenzas danzaban de nuevo a merced del viento.
Parecía
que estaba otra vez allí, en mitad del bosque con la cara pintada correteando
con ella. Con las manos manchadas de pintura y tratando de no caerse le
perseguía con intención de mancharla. Ella corría y corría mientras la niña no
paraba de reírse, pero no llegaba a alcanzarla. Al final, ella paró en seco
para darle ventaja a la pequeña y se giró buscándola, pero esta ya no estaba.
Se
acordó de que al principio había seguido riéndose, pensando que se trataba de
una broma pero que al cabo de unos minutos dejó de hacerle gracia. Al principio
había susurrado su nombre, “Riley, Riley sal de donde estés” había dicho. El
recuerdo cayó sobre ella como una losa devolviéndole al momento exacto en el
que juraba que su corazón había dado un vuelco cuando sus ojos no encontraron a
la pequeña. Recordó dejarse la voz gritando sola por el bosque, aumentando el
volumen y la intensidad según avanzaba. Nunca supo si actuó bien cuando apareció
en el comedor casi sin respiración, sollozando y balbuceando que “Riley se
había perdido”. Sabía que al principio nadie le dio importancia, y todavía era
capaz de evocar la rabia que sintió cuando solo unos pocos le acompañaron a
buscar. Se acordaba del momento en el que la ansiedad se apoderó de ella y no
la dejaron seguir buscando.
No
recordaba haber sentido miedo ni haber perdido la cabeza como aseguraron sus
compañeros después. La niña se había ido, se había perdido, había desaparecido
delante de ella y no había conseguido salvarla. Si había una culpable en todo
aquello era ella. Solo ella.
Estaba
segura de que jamás olvidaría el momento en el que le dieron la noticia y como
se cayó de rodillas al suelo sin ser dueña de si misma, presa de una ira
inhumana mezclada con la más profunda tristeza. Después de eso apenas recordaba
casi nada. Su memoria estaba borrosa, como si ella misma hubiera querido difuminar
lo que pasó después. Probablemente era mejor así. Balbuceó su nombre entre un
mar de lágrimas como siempre hacía cuando rememoraba aquel instante, ese fugaz
segundo en el que se giró y la niña ya no estaba.
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