Estación favorita
Detestaba
el verano pero no le quedaba otra que superarlo. El calor, el sol, las
camisetas cortas…nada, nada de eso le gustaba. Por suerte allí donde estaba había
días en los que podía llevar sudadera e incluso pantalón largo. Odiaba hasta el
concepto de vacaciones, amigos, fiesta y piscina. Luego, lo disfrutaba, pero en
su interior se quejaba. En cambio adoraba el otoño. Era muy típico y lo sabía,
pero le daba igual. El sonido de las hojas crujiendo bajo sus pies, los tonos marrones,
mostazas y rojizos que teñían el ambiente, el olor a castañas y a calabaza, los
cafés con espuma de leche por encima y las sudaderas. Pensaba que la
temperatura era la ideal, que los árboles volvían a la vida perdiendo sus
hojas, que la lluvia depuraba el aire y que la luna brillaba más en otoño. Donde
él vivía no había bosques, por no haber no había ni árboles así que la imagen
de aquel lugar en otoño se le presentó alucinante.
Además,
el otoño traía consigo nuevos comienzos o así lo veía él cada 21 de septiembre.
Rutina, cuadernos nuevos, libros, lápices, bolis, cafés apurados en la
cafetería de la universidad, paquetes de clínex de ruta por sus mochilas y post-it
con notas que jamás serían recordadas. Temporada de estudiar, de emocionarse
por Halloween como un niño, de verse todas las películas de miedo habidas y por
haber y rememorar los clásicos del cine sobrenatural. Y por supuesto, de
devorar libros de dark academia y recomendar El Club de los Poetas Muertos a
todo el qué le pedía consejo.
Quizá
era demasiado amante del otoño y su brisa, quizá se sentía más seguro dentro de
lo conocido, de la seguridad que le daba una rutina, entre libros, folios arrugados
y tardes de biblioteca. Quizá el otoño le gustaba porque en él no desentonaba,
porque encajaba con su ambiente.
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