Estrellas fugaces
—
Pide un deseo, venga. —le instó Marcos.
Violeta estaba apoyada en su hombro con las manos metidas en el bolsillo de la
sudadera que no era suya sino de su amigo.
—
Es que no sé qué pedir…—confesó
mientras llevaba la vista al cielo. Los niños hacían lo mismo unos metros más adelante,
señalaban a las estrellas y emitían “alaaaahs y oooohs” de incredulidad. Blanca
estaba sentada entre ellos y disfrutaba de la lluvia de estrellas como una niña
más. Vi le miró con ternura.
—
Sí, creo que sí sabes qué pedir…— añadió
Marcos y en sus labios apareció una sonrisa pícara. Vi tembló y su cuerpo se
tensó en un instante. —vamos Vivi, disimulas muy mal…—continuó divertido el
chico pero a Violeta no le gustaba por dónde estaba yendo la conversación. —deseas
quedarte con todas mis sudaderas y ganarme alguna vez al ping pong. —aquello le
pilló de sorpresa y su cuerpo se relajó mientras esbozaba una tímida sonrisa. Marcos
reía a carcajadas.
—
Sí, claro…es lo que más deseo en el
mundo, ganarte a cualquier cosa y quedarme tus sudaderas. Pero para eso no hace
falta que se lo pida a las estrellas solo tengo que acabar contigo.
—
Oh vamos Violeta, no podrías conmigo ni
en tus sueños. —el chico le dio un suave
empujón que provocó que esta tropezara con sus propios pies y cayera al suelo
torpemente. —¡Pero Vivi! ¡Si ha sido un
golpe muy suave!. —Marcos no paraba de reírse y más de un niño se giró a
curiosear qué estaba pasando. Blanca en cambio parecía estar muy concentrada en
la lluvia de estrellas.
Violeta
también reía y sus piernas flojeaban cuando trataba de levantarse. Le tendió la
mano a Marcos pero este tampoco tenía fuerzas para tirar de ella por culpa de
la risa y Vi aprovechó esto para enganchar más fuerte su brazo y tirar de él hacía
sí misma. Su amigo cayó encima de ella maldiciendo entre carcajadas. Violeta no
hizo nada por quitarle de encima y él tampoco hizo por rodar hasta la hierba.
Su cabello rozaba la cara de ella provocándole unas cosquillas agradables reflejadas
en la sonrisilla de su rostro. Ya no se reían, respiraban agitados frente con
frente sin despegar los ojos el uno del otro. Los de ellas repasaron los labios
de él y la mirada de él recorrió el rostro de ella. Por unos segundos se
olvidaron de las estrellas fugaces y de los deseos que jamás se cumplirían.
—
Ni en tus mejores sueños pasaría algo,
lo sabes ¿no? —Marcos rompió el hielo divertido. Rodó a la hierba antes de la respuesta.
—
Más te gustaría…eres tú quien desea un
beso mío. —contestó ella acomodándose de tal forma que pudiera verle la cara.
—
¡Ja! No te flipes eh que eres tu quien
se muere por mis huesos. —la burla provocó otra cascada de carcajadas por parte
de ambos. Violeta se arrastró hasta él y se acomodó en su pecho con la mirada
puesta en el cielo.
—
Gracias —susurró — gracias por todo. —Marcos
le acarició el pelo con delicadeza y ternura tal y como había aprendido que le
gustaba. Durante unos instantes sus respiraciones fueron al mismo ritmo y
ninguno dijo nada. Esta vez sus ojos estaban fijos en las estrellas que atravesaban
el cielo y mantenían a los pequeños y a Blanca embobados.
— Ya sé cuál es mi deseo —se atrevió a decir la joven. —pero no lo voy a decir en alto. —Marcos jugueteó con uno de los mechones más rebeldes dando a entender que le había escuchado.
Vi
echó un último vistazo hacía donde estaban Blanca y los niños: la piel se
volvió de gallina y la saliva atravesó la garganta como un puñal. “Bien, allá
voy” miró a las estrellas, cada vez había menos, “deseo que este verano no se
acabe nunca”. Una lagrima de vergüenza atravesó su rostro pero Marcos se la
limpió al instante. Se incorporó y ayudó a su amiga a levantarse.
—
¿Ya? — Vi asintió sin mirarle a los
ojos — ¿Sabes que te seguiré ganando al ping pong no? —Vi soltó una risita y
musitó otro “gracias”. Marcos ladeó la cabeza y se pasó la mano por el pelo—Anda,
vamos a acostar a estos y a rescatar a Blanca. —añadió cogiéndole de la mano. Con
la otra acarició la mejilla de Vi y fugazmente, le dio un beso en la frente. Luego, echó a andar hacia el resto del grupo.
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