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jueves, 15 de octubre de 2020

Día 15

  Baile (en un mundo paralelo)

Venecia estaba preciosa aquella noche y Violeta era incapaz de apartar la mirada de la ventana. La luna se reflejaba en los canales como si fuese su reina, como si el agua fuese su verdadero hogar y ella fuese su dueña. Tenía los ojos pegados al cristal concentrada en grabar a fuego aquel lugar, las vistas, qué ocurría más allá de la pared; las risas, los chapoteos, las damas vestidas de gala que susurraban en los portales…. Estaba tan embobada que no notó que alguien había entrado en la habitación.

   ¿Os ayudo? —Violeta pegó un brinco y recordó de pronto el collar que a punto de caerse colgaba de sus manos. Todavía aturdida se acercó sin darse la vuelta asintiendo.

   Gracias —musitó. Dio la espalda al dueño de la voz dejando a la vista su nuca. Este le apartó el cabello con delicadeza. Tenía las manos frías, notó Blanca, pero su tacto era tan suave que no dijo nada. Se puso el collar y le dejó el enganche trasero. Él se lo abrochó y dio un paso atrás.

Blanca se acercó al espejo, todavía sin girarse, todavía sin saludarle. Sus ojos color miel recorrieron su reflejo con una mezcla de rabia y admiración. Iba preciosa, no podía negarlo, pero lo odiaba. Odiaba sentirse guapa y que una parte de ella quisiera disfrutar esa noche aunque tenía más que claro que iba a ser imposible. De todas formas, caviló mientras terminaba de peinarse del cabello, ¿de qué le servía ir bella si era un baile de máscaras? Desvió la mirada hacia la suya que reposaba en la esquina superior izquierda del tocador. Era fina, sencilla, no muy brillante pero sí elegante. De color naranja, hacía juego con su vestido, y la pluma negra que sobresalía de un lateral, conjuntaba con los zapatos. Y con el corsé, pero el corsé no tenía pensado asomarse ni tenía planeado recibir visitas. Los zapatos en cambio podrían ser los grandes protagonistas.

Tras unos minutos se apartó para, finalmente, girarse hacía el desconocido que descansaba apoyado en el marco de la puerta. Llevaba puesta su máscara: ligeramente más voluminosa que la suya y entera de color de negro, muy sobria para su gusto, muy común para ella. Era incapaz de analizar sus expresiones pero notaba en sus ojos que él había estado esperando pacientemente, que le había observado con más curiosidad que impertinencia y que era un manojo de nervios bastante bien disimulado. La boca en cambio dibujaba una sonrisa ladeada que inspiraba tranquilidad. Le gustó, Violeta necesitaba templanza y calma para aguantar todo el baile con un desconocido. Si este era agradable sería más llevadero.

   ¿Cómo os llamáis? —se atrevió a pronunciar. Esta vez fue el desconocido el que se llevó un sobresalto.

   Eh…Marcos, de Rosa. De Rosa, Marcos. ¿Vos sois…Violeta Messina?

Violeta vaciló antes de responder. Cabría la posibilidad de mentirle, de decirle que no era ella, que se había equivocado y que lo sentía mucho. Así se libraría de ir al baile. Pero aquel chico, no mucho mayor que ella, no parecía tener malas intenciones. De hecho sus nervios y su rectitud le hacían más humano y su paciencia, el poco espacio personal que había invadido y la dulzura con la que le miraba decían mucho de él. O de lo que él quería aparentar en una primera impresión pero Violeta sospechaba que no era fachada, que verdaderamente él estaba en casi la misma situación que ella salvo en lado opuesto y con ligera ventaja.

   Sí —contestó al fin. No se le pasó por alto el suspiro de alivio que Marcos trató de disimular. Por mucho que le transmitiese buenas sensaciones y una parte de ella quisiera de verdad pasárselo bien se recordó su propósito: no hacerlo para disgusto de sus padres.

   ¿Nos vamos…? —Marcos le tendió el brazo y con una sonrisilla, no sabía si fingida o no, se aferró a él no sin antes coger su propia máscara.

Bajaron los escalones en silencio, dedicándose sonrisas de todos los calibres (nerviosas las de él, de suficiencia las de ella, de ternura por parte de él, de disgusto bien llevado por su parte), agarrados del brazo y tratando de no pisar la cola del vestido. Abajo les esperaba la claridad de las velas y un silencio sepulcral. Si no hubiera habido luz, Violeta hubiera temblado de miedo.

Fue ahí, en la entrada, cuando Violeta se fijó más detenidamente en los rasgos físicos de su acompañante. No en lo qué reflejaban o en cómo se comportaba sino en el color de sus ojos (negros como el carbón) y en la forma de su pelo. Rizado, ligeramente despeinado, como si hubiesen tratado de apelmazarlo pero el cabello se hubiese relevado. Alto, delgado, quizá no muy fuerte y algo espigado. Violeta asintió para sus adentros, parecía una persona bastante decente y coherente a ella. Estaba muy sorprendida por la elección de sus padres y si su orgullo no fuera más fuerte que su deseo de paz mental, igual hasta se lo agradecía más tarde.

En el carro apenas hablaron. La conversación se basó en un intercambio de palabras cordiales, menciones a conocidos en común, la familia, temas del día a día…hasta que llegaron a la puerta. El cochero les abrió y con un grácil saltito Marcos se bajó dispuesto a ofrecerle el brazo y ayudarle a bajar. Fue en ese intervalo de tiempo cuando Marcos pegó su boca a su oído y murmuró: — Tranquila, a mi tampoco me apetece. Tratemos de obviar las formalidades y disfrutar. —su mano apretó la de ella con ternura. Ella sonrió por primera vez de verdad y se dejó llevar dentro.

Dentro el ambiente era excesivamente cargante e insoportable para ellos dos pero a su vez, no desentonaban en nada. Bueno, el vestido de Violeta era de un color más atrevido de lo normal pero nadie reparaba en él por más de dos segundos. La suerte de llevar máscaras era que evitaba saludos incómodos aunque sabía que sus padres la vigilaban desde su posición (el balcón de la segunda planta). No iba a saludarles, no merecía la pena.

Marcos pasó buena parte de la noche buscando copas de las que beber y huyendo de los bailes. No consiguió escaparse del todo y les tocó bailar juntos más de una melodía. Ninguno se había aprendido los pasos y riéndose seguían a la multitud haciendo un apaño. Cuando no bailaban Marcos contaba anécdotas y la alejaba de los hombres que, cual babosos, no le quitaban los ojos de encima. Marcos fruncía el ceño enfadado pero Violeta estaba casi segura de que aquel chico sería incapaz de hacer nada contra uno de ellos. Poco a poco se fueron soltando y poco a poco a Violeta fue formándose la idea de que quizá estaba disfrutando y quizá aquel sí podría ser el adecuado.

Marcos se alejó un momento en busca de más bebidas y Violeta aprovechó para buscar a su madre entre la muchedumbre. La encontró entre un grupo de mujeres algo apartado. Dando saltitos de felicidad se acercó y esporádicamente hizo el amago de abrazarla por la espalda pero su madre se apartó.  Pero ya era tarde, porque Violeta ya se había anunciado con un leve “eh mamá”.

   ¿Dónde se han quedado tus maneras? —inquirió cuando le vio acercarse. El mundo se le vino encima en un segundo y la poca felicidad acumulada se desvaneció. — ¿Cómo osas irrumpir de esta manera? —prosiguió. Cuatro pares de ojos la analizaban.

   Madre yo….

   Nada, de madre nada…discúlpate por llegar aquí casi corriendo. Recuerda que eres una señorita, una dama.

   Pero yo…—no quería darse por vencida. No ahora, no después de haber acumulado tanta rabia. —solo quería decirte que casi estaba disfrutando y que casi era el adecuado. Gracias por estropearlo. —los espasmos de asombro de las amigas de su madre le acompañaron hasta la esquina más alejada de la sala.

No sabía ni cómo había sido capaz de soltarlo, con lo bien que estaba, con Marcos…¡Marcos! Se acordó de que el chico había ido a por bebidas y que probablemente la estaría buscando. No se paró a mirar atrás a su madre ni a secarse la lagrima que resbalaba por su mejilla. Quería salir de ahí, tirar el vestido, tirar la máscara (que en aquel momento agradecía llevar) y pasear a orillas del canal o tirarse a dormir. Suponía que Marcos podría acompañarla. Sus pies tropezaron con los de otra y tuvo que aferrarse al vestido de la desconocida para no caerse de bruces. Lo qué faltaba, maldijo para sí.

   Perdonadme, perdón. Mis más sinceras disculpas. —quitó las manos del escote y se atrevió a levantar la mirada. Un par de ojos color miel le miraban joviales y divertidos. Violeta se apartó confundida y la desconocida rió dejando ver una amplia y luminosa sonrisa. De la nada el estómago empezó a dolerle pero muy suavemente, como si corriesen por su tripa un montón de bichos. Estaba confundida.

   No os preocupéis, no todos los días tengo el placer de tropezarme con una bella dama. — Violeta enrojeció tras la máscara. La desconocida parecía más divertida aún. —¿Puedo saber vuestro nombre? —continuó. Violeta tragó saliva de golpe y notó como dentro de ella se originaba una llama.

   Violeta…Violeta Messina. ¿Y vos? —no supo cómo no se trabó.

   ¡Qué preciosidad! Perdonadme los modales, no estoy hecha para estas convenciones sociales. Soy Blanca Bianco. No hace falta que comentéis nada, mis padres se creían muy graciosos, ya sabéis. —no dejaba de sonreír y Violeta no dejaba de observarla. Ruborizada volvió a dar las gracias a su máscara. La “no tan desconocida” parecía observarla también, pero con preocupación y ternura. —Perdonad mi atrevimiento de nuevo pero veo una lágrima en vuestras mejillas, ¿estáis bien?

Violeta asintió absorta en los ojos de Blanca y con la manga del vestido se secó los lagrimones aun más roja. Blanca no dejaba de mirarla curiosa y en Violeta no paraban de crecer el dolor en su estómago. De crecer mariposas, como lo bautizó cuando se dio cuenta de las pestañas de la joven que tenía enfrente.

   Está bien…¿queréis que nos alejemos a un lugar más despejado? —sugirió Blanca. Y las mariposas de Violeta revolotearon aun más fuerte.

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