Baile (en un mundo paralelo)
Venecia
estaba preciosa aquella noche y Violeta era incapaz de apartar la mirada de la
ventana. La luna se reflejaba en los canales como si fuese su reina, como si el
agua fuese su verdadero hogar y ella fuese su dueña. Tenía los ojos pegados al
cristal concentrada en grabar a fuego aquel lugar, las vistas, qué ocurría más
allá de la pared; las risas, los chapoteos, las damas vestidas de gala que susurraban
en los portales…. Estaba tan embobada que no notó que alguien había entrado en
la habitación.
—
¿Os ayudo? —Violeta pegó un brinco y
recordó de pronto el collar que a punto de caerse colgaba de sus manos. Todavía
aturdida se acercó sin darse la vuelta asintiendo.
—
Gracias —musitó. Dio la espalda al dueño
de la voz dejando a la vista su nuca. Este le apartó el cabello con delicadeza.
Tenía las manos frías, notó Blanca, pero su tacto era tan suave que no dijo
nada. Se puso el collar y le dejó el enganche trasero. Él se lo abrochó y dio
un paso atrás.
Blanca
se acercó al espejo, todavía sin girarse, todavía sin saludarle. Sus ojos color
miel recorrieron su reflejo con una mezcla de rabia y admiración. Iba preciosa,
no podía negarlo, pero lo odiaba. Odiaba sentirse guapa y que una parte de ella
quisiera disfrutar esa noche aunque tenía más que claro que iba a ser imposible.
De todas formas, caviló mientras terminaba de peinarse del cabello, ¿de qué le
servía ir bella si era un baile de máscaras? Desvió la mirada hacia la suya que
reposaba en la esquina superior izquierda del tocador. Era fina, sencilla, no muy
brillante pero sí elegante. De color naranja, hacía juego con su vestido, y la
pluma negra que sobresalía de un lateral, conjuntaba con los zapatos. Y con el
corsé, pero el corsé no tenía pensado asomarse ni tenía planeado recibir
visitas. Los zapatos en cambio podrían ser los grandes protagonistas.
Tras
unos minutos se apartó para, finalmente, girarse hacía el desconocido que descansaba
apoyado en el marco de la puerta. Llevaba puesta su máscara: ligeramente más
voluminosa que la suya y entera de color de negro, muy sobria para su gusto,
muy común para ella. Era incapaz de analizar sus expresiones pero notaba en sus
ojos que él había estado esperando pacientemente, que le había observado con más
curiosidad que impertinencia y que era un manojo de nervios bastante bien
disimulado. La boca en cambio dibujaba una sonrisa ladeada que inspiraba tranquilidad.
Le gustó, Violeta necesitaba templanza y calma para aguantar todo el baile con
un desconocido. Si este era agradable sería más llevadero.
—
¿Cómo os llamáis? —se atrevió a pronunciar.
Esta vez fue el desconocido el que se llevó un sobresalto.
—
Eh…Marcos, de Rosa. De Rosa, Marcos.
¿Vos sois…Violeta Messina?
Violeta
vaciló antes de responder. Cabría la posibilidad de mentirle, de decirle que no
era ella, que se había equivocado y que lo sentía mucho. Así se libraría de ir
al baile. Pero aquel chico, no mucho mayor que ella, no parecía tener malas
intenciones. De hecho sus nervios y su rectitud le hacían más humano y su
paciencia, el poco espacio personal que había invadido y la dulzura con la que
le miraba decían mucho de él. O de lo que él quería aparentar en una primera
impresión pero Violeta sospechaba que no era fachada, que verdaderamente él
estaba en casi la misma situación que ella salvo en lado opuesto y con ligera
ventaja.
—
Sí —contestó al fin. No se le pasó por alto
el suspiro de alivio que Marcos trató de disimular. Por mucho que le transmitiese
buenas sensaciones y una parte de ella quisiera de verdad pasárselo bien se
recordó su propósito: no hacerlo para disgusto de sus padres.
—
¿Nos vamos…? —Marcos le tendió el brazo
y con una sonrisilla, no sabía si fingida o no, se aferró a él no sin antes
coger su propia máscara.
Bajaron
los escalones en silencio, dedicándose sonrisas de todos los calibres
(nerviosas las de él, de suficiencia las de ella, de ternura por parte de él,
de disgusto bien llevado por su parte), agarrados del brazo y tratando de no
pisar la cola del vestido. Abajo les esperaba la claridad de las velas y un
silencio sepulcral. Si no hubiera habido luz, Violeta hubiera temblado de
miedo.
Fue
ahí, en la entrada, cuando Violeta se fijó más detenidamente en los rasgos
físicos de su acompañante. No en lo qué reflejaban o en cómo se comportaba sino
en el color de sus ojos (negros como el carbón) y en la forma de su pelo.
Rizado, ligeramente despeinado, como si hubiesen tratado de apelmazarlo pero el
cabello se hubiese relevado. Alto, delgado, quizá no muy fuerte y algo
espigado. Violeta asintió para sus adentros, parecía una persona bastante decente
y coherente a ella. Estaba muy sorprendida por la elección de sus padres y si
su orgullo no fuera más fuerte que su deseo de paz mental, igual hasta se lo
agradecía más tarde.
En
el carro apenas hablaron. La conversación se basó en un intercambio de palabras
cordiales, menciones a conocidos en común, la familia, temas del día a día…hasta
que llegaron a la puerta. El cochero les abrió y con un grácil saltito Marcos
se bajó dispuesto a ofrecerle el brazo y ayudarle a bajar. Fue en ese intervalo
de tiempo cuando Marcos pegó su boca a su oído y murmuró: — Tranquila, a mi
tampoco me apetece. Tratemos de obviar las formalidades y disfrutar. —su mano
apretó la de ella con ternura. Ella sonrió por primera vez de verdad y se dejó
llevar dentro.
Dentro
el ambiente era excesivamente cargante e insoportable para ellos dos pero a su
vez, no desentonaban en nada. Bueno, el vestido de Violeta era de un color más
atrevido de lo normal pero nadie reparaba en él por más de dos segundos. La
suerte de llevar máscaras era que evitaba saludos incómodos aunque sabía que
sus padres la vigilaban desde su posición (el balcón de la segunda planta). No
iba a saludarles, no merecía la pena.
Marcos
pasó buena parte de la noche buscando copas de las que beber y huyendo de los bailes.
No consiguió escaparse del todo y les tocó bailar juntos más de una melodía.
Ninguno se había aprendido los pasos y riéndose seguían a la multitud haciendo
un apaño. Cuando no bailaban Marcos contaba anécdotas y la alejaba de los
hombres que, cual babosos, no le quitaban los ojos de encima. Marcos fruncía el
ceño enfadado pero Violeta estaba casi segura de que aquel chico sería incapaz
de hacer nada contra uno de ellos. Poco a poco se fueron soltando y poco a poco
a Violeta fue formándose la idea de que quizá estaba disfrutando y quizá aquel
sí podría ser el adecuado.
Marcos
se alejó un momento en busca de más bebidas y Violeta aprovechó para buscar a
su madre entre la muchedumbre. La encontró entre un grupo de mujeres algo
apartado. Dando saltitos de felicidad se acercó y esporádicamente hizo el amago
de abrazarla por la espalda pero su madre se apartó. Pero ya era tarde, porque Violeta ya se había
anunciado con un leve “eh mamá”.
—
¿Dónde se han quedado tus maneras? —inquirió
cuando le vio acercarse. El mundo se le vino encima en un segundo y la poca
felicidad acumulada se desvaneció. — ¿Cómo osas irrumpir de esta manera?
—prosiguió. Cuatro pares de ojos la analizaban.
—
Madre yo….
—
Nada, de madre nada…discúlpate por llegar
aquí casi corriendo. Recuerda que eres una señorita, una dama.
—
Pero yo…—no quería darse por vencida.
No ahora, no después de haber acumulado tanta rabia. —solo quería decirte que
casi estaba disfrutando y que casi era el adecuado. Gracias por estropearlo.
—los espasmos de asombro de las amigas de su madre le acompañaron hasta la
esquina más alejada de la sala.
No
sabía ni cómo había sido capaz de soltarlo, con lo bien que estaba, con Marcos…¡Marcos!
Se acordó de que el chico había ido a por bebidas y que probablemente la estaría
buscando. No se paró a mirar atrás a su madre ni a secarse la lagrima que resbalaba
por su mejilla. Quería salir de ahí, tirar el vestido, tirar la máscara (que en
aquel momento agradecía llevar) y pasear a orillas del canal o tirarse a
dormir. Suponía que Marcos podría acompañarla. Sus pies tropezaron con los de
otra y tuvo que aferrarse al vestido de la desconocida para no caerse de
bruces. Lo qué faltaba, maldijo para sí.
—
Perdonadme, perdón. Mis más sinceras
disculpas. —quitó las manos del escote y se atrevió a levantar la mirada. Un
par de ojos color miel le miraban joviales y divertidos. Violeta se apartó confundida
y la desconocida rió dejando ver una amplia y luminosa sonrisa. De la nada el
estómago empezó a dolerle pero muy suavemente, como si corriesen por su tripa
un montón de bichos. Estaba confundida.
—
No os preocupéis, no todos los días
tengo el placer de tropezarme con una bella dama. — Violeta enrojeció tras la
máscara. La desconocida parecía más divertida aún. —¿Puedo saber vuestro
nombre? —continuó. Violeta tragó saliva de golpe y notó como dentro de ella se
originaba una llama.
—
Violeta…Violeta Messina. ¿Y vos? —no
supo cómo no se trabó.
—
¡Qué preciosidad! Perdonadme los
modales, no estoy hecha para estas convenciones sociales. Soy Blanca Bianco. No
hace falta que comentéis nada, mis padres se creían muy graciosos, ya sabéis.
—no dejaba de sonreír y Violeta no dejaba de observarla. Ruborizada volvió a dar
las gracias a su máscara. La “no tan desconocida” parecía observarla también,
pero con preocupación y ternura. —Perdonad mi atrevimiento de nuevo pero veo
una lágrima en vuestras mejillas, ¿estáis bien?
Violeta
asintió absorta en los ojos de Blanca y con la manga del vestido se secó los
lagrimones aun más roja. Blanca no dejaba de mirarla curiosa y en Violeta no
paraban de crecer el dolor en su estómago. De crecer mariposas, como lo bautizó
cuando se dio cuenta de las pestañas de la joven que tenía enfrente.
—
Está bien…¿queréis que nos alejemos a
un lugar más despejado? —sugirió Blanca. Y las mariposas de Violeta
revolotearon aun más fuerte.
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