Un lugar especial
Los baños comunes de la explanada eran sin
duda el lugar más sucio del campamento pero también su favorito. Blanca huía a
la colina por las noches, Marcos paseaba camino arriba camino abajo y ella se
metía en los baños a pensar. Concretamente, en el último cubículo de la segunda
fila de váteres. Desde que se había atrevido a sacar el diario se lo llevaba
consigo para escribir pero antes de eso simplemente, iba a sentarse y pensar.
Cada noche, o incluso cada día, se encontraba una nueva pintada en la puerta.
Primero se enfadaba y luego se imaginaba a ella, con catorce años, una niña
pija, quisquillosa que trataría de ser la abeja reina, pintando como si aquello
fuese la mayor gamberrada del mundo y se reía.
Le
gustaba el baño porque era pequeño, estrecho, se sentía segura y protegida,
arrinconada e invencible. Así era ella, rara hasta para eso. Se había acostumbrado
al olor, a los ruidos intermitentes de adolescentes que aparecían de vez en
cuando, a las bombillas que solo funcionaban un día de cada tres y a las polillas
que hacían las veces de confesoras. También había arañas comiendo moscas
tranquilas en sus telas de arañas, mosquitos dispuestos a librar una batalla contra
su piel y hormigas que correteaban ajenas a todo. Un baño de campamento.
Quizá
le gustara precisamente por eso, porque no había estado nunca en un lugar así
(y eso que el campamento era de lujo), nunca había compartido baño, no había visto
tantos bichos juntos, ni había vivido la falta de papel higiénico cuando más lo
necesitaba. Tampoco es que usara esos baños mucho porque en la cabaña tenían uno
privado bastante más limpio y sin tantos insectos, pero le había gustado el impacto
que había producido aquel lugar en ella. Y desde entonces lo había convertido
en su refugio.
Las
baldosas blancas, o que querían ser blancas, eran testigo de sus momentos de
debilidad y soledad y la puerta, antiguamente gris ahora convertida en lienzo,
hacia las veces de un centinela o caballero que la protegía del resto. Era
consciente de que más de una vez tendría que haber salido de su escondite y
regañar a quiénes se colaban para hacer esas cosas que ella nunca había probado
a hacer fuera de su cama, de otra cama o del coche. A veces se obligaba a
asomarse cuando algún peque aparecía desorientado o sonámbulo. Casi nunca se
manifestaba cuando eran los propios monitores los que entraban tras las
reuniones y se lavaban los dientes entre carcajadas, gritos y cotilleos. Y
nunca nadie había llamado a la puerta o le había buscado allí, así que Vi había
decidido que el váter era el sillón perfecto para dejarse llevar y desconectar.
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