Inframundo
—
Serás la doncella más preciosa que haya
conocido este lugar.
—
Yo, no….no lo creo, no quiero.
—
¡Claro que lo vas a ser! Y debes querer….
—
Perséfone, yo no soy como tu...
—
Lo sé, mi niña, sé que no eres como yo….
—
¿Entonces? ¿Por qué me toca a mí?
—
Porque él lo ha decidido así, yo
no puedo cambiarlo…—Perséfone trenzaba el cabello de Violeta con delicadeza.
Sus manos se entretenían más de la cuenta para acariciarla. Era incapaz de
hacer más, no sabía cómo tranquilizarla más.
—
Pero ¿por qué yo y no otra? —insistió
Violeta.
Perséfone
no sabía la respuesta, se lo podía imaginar porque le conocía pero a
ella también le extrañaba aquella elección. La joven era directa, sarcástica,
furiosa y peleona. No era dulce, ni mansa ni sumisa…como a él le gustaban.
Quizá quería un reto y jugar con ella. Se estremeció. Aquella doncella le recordaba
a ella misma hacía unos años, cuando todavía era libre y trataba de rebelarse
contra todo. Luego, se sumió en una eterna agonía de arrepentimiento y condena
que arrastraba todavía.
—
Porque pensará que eres la más guapa…—mintió.
Violeta arqueó una ceja que La Reina del Inframundo vio a través del espejo.
—
No quiero que me deseen por ser guapa…y
ella…ella era más guapa que yo. —la voz de Violeta se quebró cuando se acordó
de Blanca. Una lagrima brotó de su ojo derecho y abrió paso a una cascada de lágrimas.
—
No llores mi niña, no llores…estará
bien, te lo prometo. —Perséfone le abrazó por la espalda como una madre.
Violeta le cogió la mano y la propia Reina tuvo que contenerse el llanto.
—
….¿me hará daño? ¿qué me va a hacer? No
quiero, tengo mucho miedo….no quiero por favor, no le dejes. —la joven temblaba
y Perséfone ansiaba aferrarla muy fuerte y no dejarla ir. Abrazarla hasta que
dejara de llorar.
—
No mi niña, estarás bien, él te
tratará bien. —quiso sonar más segura de lo que estaba. Enganchó las lilas en las
trenzas y puso la corona sobre su cabeza. Parecía una reina.
—
Estás preciosa, Violeta. Eres preciosa,
no solo por tu rostro mi niña, tienes un corazón puro. —Violeta escuchó sorbiéndose
las lágrimas. Miró a su nueva Reina, a la mujer del que la había reclamado, la mismísima
Perséfone.
—
Perséfone…¿alguna vez es primavera aquí
abajo? —preguntó serenándose. La duda pilló por sorpresa.
— Sí cariño, a veces, traigo la primavera entre los muertos. Ahora, camina como si fueras una reina, mi niña. Él te está esperando.
Tu eres la Reina, gracias…—murmuró antes de que dos armaduras negras la agarraran de los brazos y la sacaran de la habitación. Perséfone suspiró, esa joven era la primavera, quizá volviera a haber luz algún día en el inframundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario