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martes, 13 de octubre de 2020

Día 13

Un día de mala suerte

“Mala suerte” podía ser su apellido sin lugar a duda. Con un fuerte resoplido se agachó a recoger todo lo que había tirado. Poco más y casi se cae ella detrás. Montón de pelotas de ping pong rodaban por el suelo sin rumbo fijo. Banca iba detrás tratando de alcanzarlas para guardarlas en la bolsa de nuevo. Claro que, la bolsa tenía un agujero, el suelo estaba ligeramente inclinado y ella no destacaba por su agilidad. De fondo sonaba “Dancing Queen” y la escena era digna de retratarse en un cuadro.

Se tropezó varias veces con la misma pelota y tras haber hecho mil intentos de pillarla se desesperó. Se dejó caer al suelo con la espalda contra la pared y las manos cubriendo. Las pocas pelotas que había rescatado volvieron a su hábitat natural: el suelo. No quería ponerse a llorar por eso pero se permitió el lujo de repasar todo el día que llevaba y dejar escapar alguna lagrimita. Aquello no era ni medio normal pero también ella era un poco dramática.

Había empezado el día discutiendo con Marcos y Vi por una chorrada. Ella se había levantado de mal humor y dio comienzo al desastroso día. Luego, en una de las actividades (una gincana ambientada en Las mil y una noches) los niños la habían liado por un fallo de ella al explicar las instrucciones. Más tarde, se había tropezado y se había hecho un buen rasguño en la rodilla (que no le dijo a nadie) y a continuación, su ropa interior se había vuelto rosa por haber metido en la lavadora unas braguitas rojas. Todo era hasta cierto punto normal en su día a día pero justo después del incidente con la ropa la llamaron para contarle que su abuela había ingresado en el hospital y que no sabían si saldría. Supo sobrellevar la situación como una adulta delante de los niños, negándose a tomar un descanso para despejarse, y aun así, en la evaluación los peques dijeron que “Blanca casi no juega con nosotros, es muy aburrida”. Un puñal por la espalda dolía menos, estaba segura. Si le sumabas que por orgullo no les dirigía la palabra a sus compañeros salvo delante de los niños…No había dado ni un abrazo ni había querido consuelo de nadie, se había tragado su mal día y había seguido adelante.

Hasta las pelotas. Las malditas pelotas de ping pong. Desperdigadas por el suelo, inquietas, incapaces de ponerse en orden. Cada una de ellas representaba su mal humor, su mala suerte, la facilidad que tenía para fastidiar cualquier momento. Secándose las lagrimas con una dosis de dramatismo añadida se incorporó. Miro las pelotas, miró el agujero de la bolsa. A la mierda, pensó, de aquí solo puede ir a mejor. Y comenzó a cazar pelotas de nuevo.

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