Hogar
Las
sirenas de los coches de policía aturdían sus oídos. Le molestaba el ir y venir
de la gente, la luz de las linternas, la lluvia, los gritos. Sobre todo detestaba
los gritos.
En
una esquina del comedor, acurrucada contra la pared se había permitido estar
mal. Estar un rato sola, mal, llorando y gritando. Porque se lo merecía o más
bien, lo necesitaba.
Demasiadas noticias de golpe, demasiadas
malas noticias, demasiada pena.
—¡Solo quiero ir a casa!
—había sollozado unas horas antes delante de los policías. —A mi casa, a mi
casa, allí, en Madrid. A mi hogar. Quiero ir allí. —continuó suplicando durante
horas pues sabía que iba a regresar más tarde de lo previsto.
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