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lunes, 3 de octubre de 2022

Día 3

3. AMOR


Olivia se separó del espejo para verse mejor de cuerpo entero. Los últimos cinco minutos los había pasado con la cara pegada al cristal quitándose cuatro pelos del entrecejo. Resopló. El outfit no le gustaba, se veía de todo menos guapa. Pero ya iba tarde así que añadió una chaqueta de pana al conjunto, se ató las zapatillas negras y bajó las escaleras de dos en dos. Estaba nerviosa y tenía que descargar energía, así que en el último tramo derrapó y casi se estampa. Se miró por última vez en el espejo de la entrada e hizo un amago de sonreír. Un torrente de mariposas se apoderó de su estómago.


Sara se hacía y deshacía la coleta una y otra vez. Ningún peinado le convencía pero tenía que salir de casa en cinco minutos o llegaría tarde. Miró el ramo de flores con el rabillo del ojo, quizá se había pasado tres pueblos pero le había hecho tanta ilusión comprarlo…Decidió deshacerse la coleta por última vez. Se retocó el pintalabios y gritando un “adiós” salió por la puerta. Tenía la piel de gallina y dudaba que fuese del imperceptible frío. 


El autobús de Olivia llegó a su hora. De un brinco se subió y conectó los cascos. Sara casi perdió el metro y tuvo que correr, pero se montó a tiempo. Ambas iban escuchando la misma canción pero no lo sabían. No se habían escrito desde aquella mañana que habían acordado la hora y el sitio. Somewhere only we know sonaba en ambos pares de auriculares aunque en el de Sara era la versión de Glee la que le hacía canturrear por lo bajo. Olivia sujetaba con fuerza la bolsita con aquel detalle que había comprado en un momento de euforia y en aquel momento se replanteaba su decisión. Era demasiado infantil, cursi…Sara acunaba las flores como si fuesen un bebé y las atraía hacia su pecho cada vez que alguien pasaba cerca. Desde luego, pensaba, haría el rídiculo. 


Ambas se bajaron dando pequeños saltitos. Las botas de Sara se atascaron en una alcantarilla. Olivia tuvo que atarse las zapatillas dos veces por el camino. Llegaron casi a la vez. Las dos sonrisas se dibujaron con la misma rápidez y dulzura.


—Hola—musitó Olivia con los ojos brillantes y los nervios en flor de piel.

—Hey, estás preciosa. —respondió su novia abalanzandose a abrazarla. Tuvo cuidado de no cargarse las flores. Olivia respondió al abrazo besandole las mejillas repetidas veces.


Cuando se separaron ambas estaban sin aire, pero sus sonrisas eran el doble de amplias. Sara fue la primera en hablar.     


—Esto… antes de que vayamos a cualquier lado, tengo algo para tí…—murmuró intentando esconder las flores. —Sé que no llevamos muchísimo pero hay una cosa que te quiero decir, puede que de asuste pero no hay que reprimir los sentimientos. Verás, Oli, en verdad nos conocemos de hace mazo y aunque saliendo llevemos un mes yo …—Sara buscó ayuda en las baldosas del suelo. Si aquello iba mal se iría a casa enseguida. Notó la cálida mano de Olivia en su hombro en señal de apoyo y curiosidad. Cogió aire y se preparó para las siguientes dos palabras.


Pero fue Oli quien habló. De repente y con la voz temblorosa. Casi inaudible. La chica tuvo que tragar mucha saliva para sacar algo de voz de la garganta. 


—Te quiero.

—No puede ser…

—¿ Qué? — Una lagrima se asomó en el ojo derecho de Olivia.

— No puede ser porque iba a ser yo la que de iba a decir que de quería…


Los ojos de Olivia se abrieron como platos.

—¿ Me quieres? 

—Te quiero.

—Yo también te quiero.



Día 2, tarde, como todo

 2. CASA


El olor a lavanda me recuerda a casa. Una sensación de nostalgia me invade cuando camino al lado del arbusto. Respiro. Inhalo con los ojos cerrados el aroma que desprende. 


Lo sé, puedo parecer tonta pero necesito ese resquicio que me recuerda al suavizante de la ropa. Aunque sea por unos segundos. La echo de menos. Incluso la estructura, no solo en la forma más metafórica de la palabra añoranza. Echo de menos las tejas color naranja y los ladrillos a juego,la puerta blanca con el borde dorado,las macetas desconchadas,las margaritas que dan vida al jardín de delante y las golondrinas que anidan en el farolillo de la entrada. Por supuesto echo de menos su interior, pero si lo recuerdo probablemente llore. 


Nunca he sido una persona apegada a su casa,pero en días como hoy la echo mucho de menos. Mis sábanas, mi cama,mi baño,mi hermano,mi madre...Esto iba a ser un relato pero ha vuelto a salir en forma de diario. Creo que no me gusta porque le quita la gracia al asunto pero estos días no estoy inspirada ni preparada para contar la historia de otros. Aunque puedo elegir entre el nivel de cursilería y egocentrismo. Podría hablar de los significados de "casa", de que puedes llamar hogar a cualquier lugar que te haga feliz y colgarles la etiqueta a quienes más quieras, pero sonaría muy moñas para mi. También podría mencionar que en mi vida he tenido muchas casas, pero que la más importante siempre será la de mis abuelos. Que mi casa no es bonita ni está bien ubicada pero que echo de menos hasta la puerta atrancada.


Suelto el aire sin abrir los ojos, no me atrevo a enfrentarme a la realidad. Aquella que me recuerda que mí casa ya no es naranja, sino amarilla y mi habitación ya no es rosa, ahora es ¿marrón clarito? ¿amarillo? algo así. Tampoco tengo cerca a todas las amigas que son casa y eso es más difícil de encontrar aquí. Necesito cerquita a quienes me acogen como una mantita en un día frío y un paraguas en un día de lluvia, porque el frío y la lluvia están conmigo de serie. 


Hacer “tuya” una casa que no es tuya es más complicado de lo que parecía. Impregnarse de otro detergente, del olor a leña, a té, a tierra mojada…y claramente, adaptarse a quienes viven en ella. Cada día es un poco montaña rusa, a veces los días son eternos, a veces se acaban en nada. Hay días que ya siento como mi casa y días en los que echo de menos la mía, la que me espera enfrente de un bar a dos minutos de mí yaya. 


No me esperaba que saliese algo tan largo hablando de mí casa. O sea, es que, en verdad, solo quería dejar claro que echo de menos mí casa. Sobraba todo lo demás pero me ha parecido muy irónico que el segundo día fuese “casa” y yo esté en la cocina de mí “nueva casa” echando de menos mí casa. Le voy a borrar el nombre a las casas. 


domingo, 2 de octubre de 2022

Inktober sin tinta

 Un año más haré lo que pueda y lo que me acuerde, con un resultado como siempre caótico. 



  1. BESO


Existen muchas descripciones de besos en el mundo. Hay poemas enteros dedicados a ellos, novelas románticas llenas de besos inolvidables, besos de película, canciones que te recuerdan a “aquel beso” y un largo etc.que podría no acabarse nunca. En mi cabeza resuenan los besos del Primer Ministro (Hugh Grant) y su secretaria (Martine McCutcheon) en Love Actually y el primero de Will Turner (Orlando Bloom) y Elizabeth Swann (Keira Knightley) en Piratas del Caribe. Soy consciente que en el inktober, o mi versión al menos, lo esperable era un relato y no la promo de dos peliculones pero no sé escribir un relato sobre un beso. No hoy al menos, así que, ¿qué es un beso? me preguntas mientras clavas en mi pupila tu pupila azul, ?¿Qué es un beso? ¿y tú me lo preguntas? Un beso eres tú. Lo siento Bécquer, era necesario.

Físicamente un beso no deja de ser la fusión de dos labios (en ocasiones tres o más) o el roce de estos sobre piel ajena, normalmente, acompañado de una onomatopeya a veces casi inaudible. El “muack”. Suelen ir acompañados de una dosis de saliva, quizá en grandes cantidades, quizá en pocas, para gustos y mecanismos colores. Vistos así no suenan muy bien. O a mí me daban asco con 15 años y lo dejé bien claro en mí primer beso. Si pensamos más allá de la parte más tangible de un beso, más primitiva, no sé describir un beso. Se supone que son una demostración de cariño, de pasión, de amor, de amistad, de todo lo que tu quieras demostrar, incluso de traición si nos ponemos quisquillosos. 

Ahora es cuando debería ponerme profunda y analizar el fenómeno de los besos. Un relato de amor hubiese sido mucho más fácil pero por alguna extraña razón he optado por el modo “diario de abordo” de alguien que está escribiendo literalmente lo que se le pasa por la cabeza. Es horroroso porque no sé por dónde tirar, una historia normalmente tiene un final…y con esto no sé dónde acabar. 


domingo, 24 de julio de 2022

Mar

El viento soplaba con fuerza en el balcón con vistas al mar del edificio de piedra blanca que coronaba el paseo marítimo. En él una mujer se cepillaba su cabello oscuro y ondulado mientras tarareaba una antigua canción. Se batía en duelo con el viento por ver quién domaba su pelo.

Desde allí vigilaba el oleaje y suspiraba cuando la brisa marina impregnaba el aire de su alrededor. Con los ojos cerrados suplicaba en silencio que se la llevara el mar, con un solo movimiento, en un solo instante. Que se la tragara una ola.

Pero aquello era imposible al menos desde la distancia y desde la altura a la que se encontraba. Tendría que acercarse a la playa o lanzarse desde los acantilados. Tendría que salir y lo tenía prohibido.

Encerrada en aquel balcón intentaba no llorar mientras se cepillaba el pelo aparentando calma y tranquilidad. Hacía tiempo que había aprendido a no mostrarse vulnerable. Sollozaba casi susurrando aunque de vez en cuando se le escapaba un sonoro hipido.

La baranda se tambaleaba según incrementaba la fuerza del viento y el oleaje era cada vez más violento. Ella soltó el cepillo pues era incapaz de desenredar los nudos con tanto aire. La sal que traía la brisa del mar se le pegaba en los labios que saboreó con dulzura.

Si tan solo pudiera escapar y caminar hacía la playa, pasear sobre la arena con los pies descalzos, sentir la humedad de la orilla, saltar las olas, dejarse llevar por el océano. Si pudiera escapar iría directa al mar, sin pensar siquiera en las consecuencias o en otro lugar en el que le gustaría estar. Había soñado tantas veces que era una sirena debajo de agua, que jugaba con los peces y con los erizos, que nadaba con delfines y llenaba de espuma a las ballenas. Soñaba como si fuese una niña por la infancia que le había sido arrebatad, por los años sin pisar la calle, sin respirar más aire que el de sus ventanas, ni probar más sabores salvo los que le cocinaban.

Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba en aquella habitación, fingiendo normalidad, que todo iba bien, que ella era libre y no una prisionera. Prisionera de quienes no querían que labrase su futuro fuera de aquellas tierras ni que se casara con el marinero que le cantaba, hace mucho, serenatas bajo la ventana. Ella no había logrado zafarse de las garras de su padre que la mantenían presa en sus pesadillas.

Si solo pudiera lanzarse desde el acantilado o saltar desde el balcón o perderse entre las olas. Si tan solo la liberaran. Si tan solo olvidaban. Si tan solo perdonaran. Si tan solo él regresara.

Amor eterno le había jurado, a la luz de la luna con voz infantil cuando todavía le permitían escabullirse al jardín. Años más tarde volvió para cumplir la promesa y ella bajó las escaleras con la más ancha de las sonrisas. Le confesó que ahora era marinero, que la llevaría en su barco a islas desconocidas, que no se separaría de ella. Que se casarían. Ella aceptó. Pero no su padre, quien replicó que aquella no era vida para una dama como ella, que se merecía algo mejor y que hasta encontrarlo permanecería encerrada en aquel lugar que hacía mucho que había perdido el significado de la palabra hogar.

Ahora ella fingía ser valiente y esperaba a su marinero todas las tardes en el balcón, esperando la llegada de la luna para que iluminara el océano y pudiese ver los barcos que poco a poco llegaban al puerto. Solo eso le mantenía con vida pues fundirse con el mar seguía siendo el mayor de sus deseos, para su desgracia.

lunes, 11 de julio de 2022

Reto Nº 4: nuestro personaje se encuentra con alien

 El reto nº3 me lo salto por si me da por presentarme al concurso. El número 4 y el último consistió en relatar el encuentro de nuestro personaje con un alienígena.  Este me dio por continuarlo, pero no me está gustado el resultado. El guiño a Anatomía de Grey era necesario.

Llegar a casa después de un largo día era el placer más codiciado por Marina un jueves aleatorio. Había ido al examen de recuperación de aquel día para sorpresa de todo el mundo, luego había comido en las mesas del campus con sus compañeras más cercanas, segunda sorpresa del día porque normalmente rehuía de la compañía, y por último había ido a trabajar a la librería toda la tarde hasta el cierre. Podía decirse que estaba cansada pero por un motivo fundamentado, no como otras veces.

Abrió la puerta del portal a tirones y se montó en el ascensor arrastrando los pies. De camino a casa se había parado en un restaurante chino y llevaba una bolsa humeante de tallarines fritos y pollo con almendras que pretendía cenarse ella sola mientras acababa por segunda vez la octava temporada de Anatomía de Grey. En el tercer piso se bajó por inercia girada hacía su puerta y con las llaves en posición de abrir cuando su vista cansada se topó con la puerta entornada. De un espasmo la bolsa de comida cayó al suelo, se había quedado sin cena.

Parpadeó incrédula más que asustada ¿había vuelto su madre? No lo creía pero era la opción más factible. ¿Su abuela? Descartó la idea, su abuela le habría avisado. ¿Un robo? Los vecinos habrían llamado a la policía ¿no? Igual no, aunque lo hubiese preferido a su madre. Entró con cautela y sigilosa, no le apetecía el reencuentro. Dentro todo estaba inusualmente en silencio y eso no era propio de su madre. Empezó a tener miedo.

Se adentró hasta la cocina, vacía, el salón, vacío, su habitación, vacía. No había indicios de que nadie hubiese entrado, todo estaba en su sitio. Su antigua habitación también estaba vacía. Quizá se hubiese dejado la puerta abierta por la mañana, pensó mientras hacía por tranquilizarse sopesando todas las opciones. Volvió sobre sus pasos sin ni siquiera mirar en el baño, dudaba que alguien eligiese ese cuarto para robar.

– Hola, hola – Marina pegó un salto y gritó. Sin girarse cogiendo mucho aire respondió.

–¿Qui…qui…quién… eres…? ¿Qué…qué haces en mí ca...casa?

– Hola, yo quería depositar mis deshechos y mi guía me ha traído hasta aquí.

Marina se dio cuenta que la voz no sonaba humana, parecía salida de una película de ciencia ficción. Apretó los dientes hasta el punto de hacerse daño. Cogió aire con la boca, la voz no sonaba malvada ¿no? ¿Y qué era eso de depositar deshechos? ¿La estaba atracando? La joven, que se creía experta en resolver situaciones conflictivas de mucho riesgo (mentira) y que llevaba demasiado cansancio encima como para pelearse, decidió darse la vuelta con las manos en alto.

– Quieres decir ¿cagar? – preguntó mientras se giraba. Al instante todo lo que ella creía saber sobre atracos se le olvidó por completo. Ante ella un ¿ser? ¿humano? de color verde oscuro, dos ojos y pinchos recubriéndole la espalda, hacía una mueca simulando una sonrisa. – ¿QUÉ NARICES ERES? ¿QUIÉN ERES TÚ? VETE DE MÍ CASA

– Yo solo quiero depositar mí basura interior, no me grites por favor. Aquí lo hacéis mucho, no me gusta. Me asusta.

– PERO CÓMO NO TE VOY A GRITAR, ¡ERES UN TÍO VERDE! ¡CON PINCHOS!

– Son para camuflarme entre los árboles

–¿QUÉ? TÍO ¿DE DÓNDE HAS SALIDO COLEGA?

– Eso es…¿de dónde soy? De un planeta cercano, estaba de viaje y…

–¿CÓMO QUE DE UN PLANETA? TRONCO, VOY A LLAMAR A LA POLÍCIA Y ESO QUE NO ME GUSTAN

–¿A quién?

– A LA POLÍCIA, IDI*TA

–¿Y qué hacen?

–¿ME ESTÁS VACILANDO?

–¿Qué es eso? Yo solo quiero depositar, por favor, no me aguanto las ganas

– Estás flipando colega, ¿qué te has fumado? ¿de dónde es un disfraz?

–¿Qué es un disfraz? ¿Puedo depositar?

– J*der…el baño está ahí, segunda puerta a la derecha. –accedió Marina con los ojos en blanco. –lo que faltaba, sin cena, sin Anatomía, y con ¿esto?

Reto Nº 2: narrador en 2º persona

 El segundo reto del campamento consistió en escribir un relato en 2º persona desde la perspectiva de nuestro personaje.

¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos? Sujetabas dos copas con la mirada perdida entre la gente. Fue en ese momento cuando te cruzaste con la mía. Sonreíste en un amago de aparentar estar pasándolo bien y te alejaste de la barra con la clara intención de acercarte. Por el camino, distraído, le tendiste una de las copas a tu amigo y continuaste hacía mi dirección, decidido y sin dejar de sonreír con picardía. Me preguntaste mí nombre, sin ni siquiera saludar, y lo susurraste despacio mordiéndote el labio “Marina…". “Interesante…”  continuaste con el que entonces era tu tono seductor. Me pediste el número sin rodeos, me sacaste a bailar sin apenas preguntar, decidiste que me dejaría llevar y me entretuviste toda la noche. Me acompañaste a casa y me besaste en el portal, con la impaciencia de quien ha esperado hasta el momento oportuno y la delicadeza que te caracterizaba.

¿Recuerdas la primera vez que quedamos? A solas. Llevabas tus vaqueros desgastados, la sonrisa ladeada que sabías que me volvía loca y una flor porque te acordabas de que de fiesta había mencionado que me gustaban las margaritas. Condujiste por la costa preguntándome sobre mi vida. Escuchaste mi historia sin pestañear, no me miraste con compasión ni con lástima, solo me abrazaste al bajar del coche. ¿Te acuerdas de aquella gaviota que te persiguió en la playa? De cómo corrías desesperado, de cómo no podías parar de reír y de cómo me mirabas con esos ojitos llenos de luz.

¿Eres consciente de cómo fue nuestra relación? ¿De cómo me ilusionaste y me embaucaste con tus palabras? Empezaste sin previo aviso, con palabras bonitas, preguntas incómodas y deseos impensables. Me decías que era tuya y que aquello sonaba bonito. Me recordabas que solo podía salir contigo porque “era muy guapa para que me viese el resto del mundo”, hacías que me lo creyera. Me engañaste con personas que conocía, me mentiste acerca de tu vida y me alejaste de los pocos amigos que tenía. Una vez me preguntaste si era feliz, me vendiste un tipo de amor que no nos correspondía y continuaste con tus artimañas.

¿Sabes por qué lo dejamos? ¿Sabrías decirme los motivos? No sabías nada, o eso proclamabas cuando me enfadaba. Me repetías una y otra vez que nos iría mejor, me prometías que cambiarías aunque no sabías qué cambiar. Me dejaste muchas veces por teléfono y volvías al día siguiente con flores y cartas de “perdones”. Te pensabas que mi mundo giraba en torno al tuyo y con frecuencia me reprochabas que fuera a ver a mí abuela. Mi abuela, ¡ya ves tú que celos te podía dar mi abuela! Un día me contaste que lo estabas pasando mal porque “apenas nos veíamos”, y vivía casi en tu casa. Me hiciste un hueco en tu escritorio para estudiar juntos porque en la biblioteca había mucha gente. Te aprendiste mi horario y me venías a recoger sin pedírtelo. Luego me pediste que dejara de ir a clase.

El día que lo dejamos me suplicaste que te perdonara, te faltó muy poco para ponerte de rodillas. Actuaste como lo hace un manipulador cuando no quiere dejar escapar a su víctima. Me soltaste todo el rollo de que yo era muy importante para ti, que me habías salvado, ¿tú a mí? Ni tú te lo creías. Me dijiste te quiero entre lágrimas de cocodrilo, no me soltabas el brazo y cuando viste que la situación no se resolvía cómo querías, me levantaste la mano. Te volviste hecho una furia, ni siquiera tú te reconocías, pero lo hiciste.

             

Reto Nº 1: primera impresión del personaje

 El primer reto del campamento de escritura era escribir un relato de 600 palabras en el que se diese la primera impresión del personaje que acompañó el resto del campamento.


Despertarse era la tarea más complicada del día para Marina y con su mala leche mañanera aporreó el despertador hasta que dejó de sonar. Dejó de usar el móvil como alarma cuando rajó la pantalla de un golpetazo. Perezosa se incorporó sobre el colchón, buscó a tientas con los pies las chanclas y gruñó. Bajó las escaleras arrastrando los pies, bostezando por el camino y con cara de pocos amigos. Ya en la cocina se sirvió el café con dos cucharadas de azúcar y un pelín de leche y el rostro se le iluminó brevemente. Realmente el café hacía magia en ella, o al menos, por fuera, por dentro seguía luchando contra las ganas de volverse a la cama y encerrarse en su mundo y sus pensamientos.

Una vez acabó de asearse y vestirse salió de casa con los auriculares puestos, la música a tope y el móvil avisándole de ello. Era su mecanismo de defensa contra saludos no deseados y conversaciones incómodas en el metro. “Si no los oigo, no los veo”, era su lema de vida.  El metro iba lleno, como todas las mañanas, y tuvo que codearse, además con ganas, para poder sujetarse en una de las barras. Una señora que sostenía en equilibrio una barra de pan le miró fijamente con el ceño fruncido. Marina sonrió con suficiencia y orgullo. Mentalmente anotó en su lista de “personas que no me soportan” a “señora del metro”. La lista era cada vez más larga.

Se bajó con los mismos codazos en su parada y salió casi escopetada. Llegaba tarde pero no lo suficiente para echarse a correr. Tampoco la persona que la esperaba lo merecía. Ella solo corría por el metro, tren, autobús y su abuela. Cuando llegó a su destino ya la estaban esperando.

–Tía, llegas tarde, diez minutos tarde y sabes que no me puedo quedar mucho, no nos pueden ver juntos -protestó quien la esperaba. – Ten, son 350 euros. Ten cuidado, yo no quiero tener nada que ver con lo que sea que vayas a hacer.

Marina obvió el comentario dirigido a su tardanza. Sabía de sobra las consecuencias que podía tener llegar tarde a “su cita”, pero le daba igual. Todo le daba igual en la vida, incluso gastarse esa cantidad de dinero en “aquello”, de hecho, pensaba que era una ganga. Bastante mal le había ido como para encima tener que preocuparse por los demás. La filosofía de “si total, voy a morir más pronto que tarde” era su otra guía en la vida.  Cogió el paquete que le tendía su acompañante, lo abrió, lo observó y asintió. Sacó el dinero oculto entre su sudadera y su sujetador y, una vez hubo pagado incluyendo un extra por las molestias, su acompañante se marchó. Esperó unos segundos y salió en dirección contraria con el paquete oculto bajo la sudadera. Rápido, sin conversación incómoda, sin preguntas, como le gustaba. Todo en orden aparentemente.

De vuelta en el metro reflexionó acerca de lo poco que le gustaba hablar y cómo había conseguido relacionarse y tener contactos sin apenas hacerlo. No amigos como tal, pero sí contactos. De esos tenía, de los otros no. Llegó a su siguiente destino en poco tiempo y esta vez sí aceleró el paso hasta que echó a correr calle abajo. En el transcurso de esa carrera hasta el portal número 6 Marina fue mudando de piel hasta conseguir una sonrisa más o menos verdadera.

Llamó al telefonillo aferrando con fuerza el paquete y cuando escuchó el “¿quién es?” susurró con la voz más dulce que pudo imitar: “abu, soy yo, abre”.

sábado, 2 de octubre de 2021

Día 2

2. CELESTE

Era el vestido más bonito que había visto jamás. De azul celeste y piedras en el escote de palabra de honor. El vuelo y la falda caían cual cascada y a Estela le brillaban los ojitos solo viéndolo. Pero el precio era demasiado alto y la rabia se manifestaba en su puño cerrado. Algún día, algún día conseguiría ser el cielo celeste que tanto anhelaba.

viernes, 1 de octubre de 2021

Día 1


  1. ELECTRICIDAD

El vello se me eriza justo en el instante en el que mi mano roza su brazo. Suspiro y me alejo temerosa en un gesto ágil. Pero se ha dado cuenta y se ríe. Con gracia se acerca y ahora es ella quien posa su mano en mí hombro. El calambre nos recorre a las dos a la par y nos echamos a reír. Ella se junta un poco más arrastrando la suela de las zapatillas por las baldosas del suelo y con delicadeza posa su nariz en mí cuello. Me llega un ínfimo calambrazo pero no es eso lo que me pone la piel de gallina, sino su cercanía. Sonrío embobada y me dejo llevar por su perfume que se ha incrustado en mi cuello. Ella no se aparta y yo la atraigo un pelín más hacía mí. 


Llevamos toda la tarde dándonos calambrazos porque ni con esas somos capaces de soltarnos. Que si nos damos la mano,un beso, entremedias un chispazo...al décimo nos hacía tanta gracia que decidimos andar aposta arrastrando las zapatillas. Sentadas en aquel banquito frente a la plaza del centro comercial ahora decorada para Halloween me recuerdo que nuestra relación ha sido y esa así de repente.


A veces nos cuesta más encajar, otras nos cuesta más reírnos pero en ocasiones la electricidad fluye entre nosotras haciéndonos a ambas dos cargas positivas. 

 

martes, 24 de agosto de 2021

Verde


Con la sombra en la cintura

ella sueña en su baranda,

verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

                       -Lorca


El Lam quedó suspendido en el aire rasgando la tensión que inundaba el ambiente. El acorde cayó como un peso pesado rompiendo la atmósfera que se había creado. El llanto de la guitarra se apagó menguante. Los aplausos tardaron en estallar y cuando lo hicieron desplazaron los cimientos del escenario en el que estaban situados. La intensidad creció tanto que el silencio se demoró. La Guitarra observaba serena a su público, estática, todavía lacrimosa pero en paz. En paz con los acordes que tan estrepitosamente había rasgado, en paz con las cuerdas que había punteado con quizá demasiada brusquedad, en paz con su público más íntimo. 


Ella, en la baranda, se asomaba inquieta para ver mejor. Su cuerpo estaba casi más fuera que dentro del palco y el vuelo de su falda ondeaba a ras del suelo. Alguien le gritaba que por favor se echara para atrás, que se caería en un descuido. Pero ella no escuchaba ni pretendía hacerlo sino era la Guitarra la que hablaba. Por fin, sus miradas se cruzaron. Esta vez fue su corazón el que quebró cuando sus ojos negros se cruzaron con los suyos de color plata. Bastó una mirada para que terminara de resquebrajarse y el mundo se paralizara a su alrededor. La Guitarra sonrió y ella se sonrojó. Su falda se posó en el suelo cuando ella se apartó de la baranda que hacía las veces de muralla entre ella y su Guitarra. Con las prisas de una colegiala enamoradiza salió corriendo a trompicones con sus manoletinas de color rojo y su cabello al son de la brisa que se colaba por las rejillas del teatro. Bajó las escaleras de dos en dos y saltó el último escalón derrochando ilusión. Se escurrió por los pasillos que se había aprendido de memoria hasta llegar entre bambalinas y zona de camerinos. 


No dejó de sonreír ni un segundo, ni cuando el tic tac del reloj interrumpió sus pensamientos recordándole que el tiempo pasaba y él no aparecía. La esperanza reflejada en su lazo color verde no se perdió ni cuando la luna se asomó por la cristalera amenazando con dejar paso a la noche. Vio pasar al resto del ensemble, escuchó los comentarios más despiadados y los rumores más malvados, pero ella no se inmutó. Solo se sobresaltó cuando el conserje le avisó de que cerraría la verja, que debía marcharse, que él ya había salido. Le dolió tanto que no pudo ni llorar y fue la rabia la que salió a flote. 


Aquella noche ella no durmió pensando en formas de vengarse, ni siquiera se replanteó escuchar sus perdones. Siempre le prometía que después de los conciertos se verían y le regalaría flores, que la llevaría entre bambalinas y se probaría los trajes de las bailadoras, que podría tocar la guitarra bajo su atenta mirada. Que él sería el maestro de su vida y ella su pupila más querida. Fueron esas cantinelas, esos cuentos idílicos que prometían una mejor vida los que la enamoraron. Por un tiempo se dejó llevar por sus palabras esperanzadoras y sus acordes más románticos como si de un vals se tratase y él fuera su guía y ella la niña que aprendía a bailar. A cada paso que daban su corazón al compás latía con más fuerza y su mente viajaba a lugares hasta entonces desconocidos. 


Pero no todo era felicidad, aquello solo resultó ser la capa de barniz que pintas sobre la madera podrida tratando de volver hacerla brillar. El engaño se hacía más grande a cada paso que daban y ella se había dado cuenta. Al principio lo dejó pasar por la promesa de arreglarlo en los labios de él. Luego, se enfadó y fue ella quien pidió perdón por no haber sido suficiente. Al final, la verdad se mostró disfrazada de canciones de amor y ella decidió iniciar su propia partida. Abrir los ojos fue un camino duro pero cuando lo hizo no se dejó llevar por la tristeza, la pena o la insuficiencia sino por la ira. 


La sed de venganza era tal que tuvo que recordar que derramar sangre no era una opción viable. El ramo de margaritas llegó la mañana siguiente acompañado de una nota que suplicaba el perdón y acordaba una cita tras el siguiente concierto. Titubeó cuando la leyó con la piel de gallina y los nervios a flor de piel. El trazo de su letra, la elegancia con la que se despedía con una sentencia en forma de “te amo” manchado de falacias, provocó que rasgara el papel que tantas otras veces había conservado. Fue entonces cuando se permitió derramar lágrimas dejando brotar una cascada de recuerdos y promesas pasadas. 


¡Ay su querida Guitarra que tantas veces le había cantado al amor! ¡Qué tantas veces había prometido quedarse a su vera de madrugada! Que le había visto bailar con las demás chiquillas del pueblo y con su guitarra las había acompañado siendo el primero en apostar por sus sueños. Que tanto le había repetido que la edad solo era un número, que ella sería la más grande, que bailaría con las mejores al son de las mejores guitarras, que cumpliría su sueño. ¡Ay su Guitarra! qué le había llevado a orillas de la Alhambra para jurarle amor eterno a la luz de la luna gitana. Haber caído en la trampa fue un duro golpe pero salir de ella dolía como si mil espinas se clavaran en su costado y las rosas trataran de no soltarla. 


Ahora quería clavarle un puñal, hacerle una herida desde el pecho a la garganta y ver cómo su sangre se derramaba. ¿Y si no había sido la única a la que había engañado? ¿Y si ella no era la única a la que había tratado como una muñeca? a su antojo, solo para lo que él quería, para llenarla de besos y caricias cada vez más lascivas entre los recovecos del arroyo y hojas verdes. Si tan solo pudiera arrebatarle lo que más quería...Como él le había arrebatado el amor. Verle llorar como lloraba su guitarra sobre el escenario. Gritar a los cuatro vientos lo mala persona que era y buscar entre el gentío apoyo, por si acaso, por si su miedo era cierto y no era la única.


Pero no hizo nada. ¡Cuántas veces le esperó en la baranda! se lamentaba. ¡Cuántas veces le esperó frente al camerino! con su cabello azabache ondulante y su lazo verde en la muñeca. Con el corazón rebosante de amor y el deseo dibujado en sus labios. Cuántas veces había visto cerrar la puerta del teatro con los dedos cruzados por si aparecía en el último momento. Y cuántas veces había visto al conserje cerrar la verja de fuera con la lástima esparcida por su rostro tratando de fingir por ella. Ya no creía en la esperanza de que él cambiara y dudaba de si su amor había sido en algún momento verdadero. 


No hizo nada aunque soñó con retorcer las cuerdas de su guitarra, arrancarlas de cuajo y salir corriendo. Recordó, entre pesadillas, sus manos sobre su cuerpo y como después de eso, él no había querido dar ni un paseo. A cambio le había llenado la cabeza de dulces palabras y sonatas nocturnas que ella había creído y vivido entre sonrisas. 


No hizo nada más que llenarse de ira y de llanto y hundirse en la sed de venganza. No hizo nada salvo encerrarse entre las sábanas de su cama. No hizo nada porque el miedo la apresaba entre sus garras y la pena por lo vivido la consumía con avidez.

domingo, 21 de febrero de 2021

Un, dos, tres

            Un

Dos

Tres,

Un

Dos

Tres,

Un

Dos

Tres,

Un

Dos

Tres

 

            La música se colaba en aquella habitación como si fuera una mota de polvo que se deshace en cuanto la rozas. Apenas se escuchaba el murmullo de la orquesta que en el salón principal acogía a quienes se atrevían a bailar. Allí en cambió no bailaba nadie si no que las miradas se entretejían en el espacio vacío juzgándose y retándose por ver quien dejaba escapar la primera palabra. En el sillón verde se sentaba él, con las piernas cruzadas, la vista dirigida hacia ella pero con la mirada confundida y tímida. En la silla de enfrente se sentaba ella, con las manos sobre la falda y con los ojos buscando donde posarse. Siempre acababan sobre él. Ninguno hablaba.  

Un

Dos

Tres,

            Se escuchaba la melodía del salón. Un vals. Ella siguió el compás con los dedos y él redirigió su mirada hacia su mano. Ella volvió su rostro hacia el de él aprovechado ese descuido y sonrío un segundo. Al instante borró la sonrisa, disimulando. Él volvió a centrarse en el rostro de ella.

Un,

Dos,

Tres,

            La mano de él comenzó a repiquetear al son de la música inaudible y ella alzó una ceja con gracia. Él paró avergonzado, ella dejó escapar otra sonrisa. Él abrió mucho los ojos, sorprendido, y ella volvió a serenarse con las mejillas sonrosadas. Ambos bajaron la vista al tapiz que cubría el suelo.

Un

Dos

Tres,

            Ella movió los pies sin quererlo pues la melodía aumentaba su volumen. Quizá fuera que ella se forzaba por escucharla, quizá la orquesta había cambiado de sala. Él lo notó y la imitó acompañándose de sus manos sobre las rodillas. Ella enarcó ambas cejas y sin apartar la mirada del suelo, se levantó. Él dejó escapar un gruñido de sorpresa. Ella se acercó al sillón verde.

Un,

Dos,

Tres,

            Él la miró y ella le tendió la mano. Él la acepto dudoso. Ella se limitó a sonreír iluminando la habitación. Él entonces rio y se levantó. La música se escuchaba más cerca. Ella se aferró a su brazo y él la rodeó por la cintura. Su brazo tembló cuando la rozó pero ella asintió.

Un,

Dos,

Tres,

            Comenzaron con pasos torpes, hacia la derecha, tropezándose con la falda. Ella le pisó y él a ella. Ella quiso despegarse de la falda y él se maldecía por hacerlo tan mal. Ambos se movieron por la habitación al compás olvidándose de quiénes eran, de qué hacían allí. De si debían hacer eso o no. Bailaban cada vez más sueltos, menos tensos, intercambiando sonrisas. Los ojos castaños de ella brillaban y los de él, azules, podrían haber iluminado la sala.

Un,

Dos,

Tres

            La música cesó pero no su vals. Alargaron el baile hasta que sus pies no pudieron más y tuvieron que respirar. Sudorosos y exhaustos se miraron. Fue ella quien dio el primer paso, acercándose aun más, juntando pecho con pecho. Él tragó saliva pero no se alejó. Ella le apartó el pelo de la cara. Él se dejó. Ella subió su mano hacia su rostro, él dejó de respirar, ella se acercó aun más. Cerraron los ojos a la vez. Ella unió sus labios. Él no se despegó. Ella respiró fuertemente con ansia. Él acarició su espalda. Ella guio su mano hacia los lazos del vestido y él empezó a temblar aun más fuerte. Ella se rio y susurró en su oído con picardía “es como bailar un vals, ya verás”. 

lunes, 11 de enero de 2021

[11/01/2021]

(basado en un suceso real)

 Barcelona, año 2000.

Todo era distinto en aquel rincón de Barcelona. Nunca era capaz de explicar qué era lo que diferenciaba ese lugar del resto de la ciudad, pero incluso el aire se apreciaba diferente. Quizá fuera el arrullo del agua que brotaba de la fuente apoderándose de la plaza, quizá fuera el ladrillo de la iglesia que aún se imponía orgullosa o quizá fuera su historia. Estaba segura de que era su historia pero jamás lo admitiría en voz alta. No otra vez, no sin llorar, no sin evitar temblar.

            Solía acercarse por las mañanas, muy temprano, cuando todavía no había turistas ni más sonidos que el murmullo del agua y el canto de los pájaros. Se sentaba en el poyete de la fuente, mirando hacía el muro, con los ojos cerrados y una sonrisa apacible. A veces por sus mejillas brotaba una lágrima que con los años fue conteniéndose. Años que también trajeron un bastón para sostenerse y unos pasos cada vez más cortitos, lentos, menos precisos pero mentalmente más seguros.

            No recordaba el primer día que había emprendido rumbo hacía el lugar que cambió su vida. Su memoria era un borrón gris en lo que se refería a aquellos años. Solamente sus sentimientos recordaban el dolor, la desesperación, la ira, el sonido de su llanto. Estaba casi segura de que fue cuando terminó la guerra, cuando no caían más bombas del cielo y las manchas de sangre no eran tan frescas.

            No podía recordar caras, nombres, amigos, cualquier cosa que fuera ajena a lo que pasó aquel día, pero el sonido del bombardeo seguía resonando en su mente como un taladro intermitente. Todavía tenía pesadillas y a su edad cada vez le costaba más dormirse sin recordar los horrores de aquel día: gritos, muchos gritos, llantos, el eco de su nombre resonando entre cuatro paredes. Su nombre pronunciado por una vocecilla que segundos después se apagó por siempre.

            Nunca supo cómo ella se salvó, cómo sobrevivió, ella, la que debería haber muerto, había sobrevivido. Jamás se perdonó aquello y vivió con el lastre durante toda su vida. Seguía arrastrándolo cada vez con más pesadumbre, su vida iba al revés.

            Se había dado a la bebida, a las noches de juerga intentando olvidar, a no vivir una guerra con miedo porque ella ya había visto la muerte de cerca y la había esquivado. A un precio muy alto, no recuperar su antigua vida.

            Tuvo que mudarse a Madrid un tiempo aunque no recuerda cómo fue la mudanza, quién la llevó, cómo vivieron el fin de la guerra en la capital que tantos años había resistido contra aquellos asesinos. Porque para ella lo eran, asesinos. Luego volvió a Barcelona, con el alma un poco más curada aunque con la herida sin cicatrizar. Herida provocada por ellos:

            Asesinos de niños.

Ella había sido maestra de la guardería que se alzaba en la plaza Felip Neri hasta el año 1938. Los primeros años de la guerra consiguieron eludirlos cómo podían, viviendo entre las alegrías de los pequeños, sus risas, sus canciones y sus juegos. Una vida de color de rosa si se caía en el tópico de ponerle una etiqueta.  Adoraba su trabajo y tenía auténtica devoción. Quería a sus niños como si fuesen suyos. No concebía una vida sin ser maestra, sin observar como los más pequeños, sus “personitas”, aprendían a vivir.

En los recreos solían salir a jugar a la plaza rompiendo estrepitosamente el silencio que tanto la caracterizaba. En aquel entonces todavía no tenía fuente y ella se sentaba a la sombra de una acacia. Los más pequeños no se despegaban de ella y de su compañera, Rita.

Aquel 30 de enero estaban en la plaza.

El aviso de bombas les pilló desprevenidas y en un momento de terror y desesperación consiguieron ordenar en fila india a los niños y entrar en la Iglesia. El miedo se reflejaba en sus rostros que trataban de serenarse por los niños. Porque solo importaban los niños. El cura les condujo a todos al sótano. También temblaba aunque trataba de ocultarlo, pero la vela que sostenía hacía amago de caerse.

Abajo no estaban solos, algunos feligreses ya se habían ocultado completamente aterrorizados pero con la calma de quien ha hecho de un suceso extraordinario su hábito y costumbre. Y así era, no era la primera vez que feligreses, niños y maestras se habían protegido en el sótano de la Iglesia. Siempre con pánico pero serenos, nunca les pasaba nada aunque los muros aún recuerdan aquellas atrocidades que no dejaron marca en la piel.

Nunca les pasaba nada, querían pensar que era porque rezaban, porque Dios no los quería conocer todavía; nunca les pasaba nada, después de una, dos…hasta diez bombas, pero nunca les pasaba nada.

Nunca les pasaba nada hasta aquel 30 de enero de 1938.

La primera cayó en las inmediaciones.

Los niños, siguiendo las instrucciones, tenían los ojos y los oídos tapados. Canturreaban una canción sobre una muñeca de cartón con un vestido de azul. Los feligreses les observaban con lástima aunque ella recordaba haber advertido un atisbo de esperanza.

La segunda cayó más lejos.

Y resonó un suspiro conjunto en aquel sótano junto con el “Padre nuestro que estás en los cielos”, de Rita. Las últimas palabras que escuchó de ella.

La tercera cayó en la plaza.

Las paredes retumbaron. Los niños canturrearon más fuerte. Alguien le agarró del brazo. Todo se volvió oscuro de repente. Le pitaban los oídos, no oía nada más que gritos de auxilio, de ayuda, de pánico, de dolor, dolor que avecinaba la única de las resoluciones: la muerte.

Con la vista nublada consiguió ver como Rita abrazaba a un grupo de niños mientras rezaba. Rezaba con los ojos cerrados cubriendo con su cuerpo a los pequeños que, confusos, lloraban. El techo había comenzado a hundirse.

Recordaba haber sorteado feligreses que se agarraban a sus tobillos, pidiendo auxilio, pero ella solo quería salvar a sus niños. Si alguien debía morir tenía que ser ella. Acogió entre sus brazos a todos los que pudo. Eran treinta en total y dos maestras. El resto, padecía bajo los escombros o trataba de salvar su propia vida. Todo el mundo pareció olvidar a los niños.

Gritó pidiendo auxilio, confiando en la bondad del cura, pero el primer trozo de techo había caído sobre él y su cuerpo yacía en el suelo. Aguantó las lágrimas. Lo peor, quería creer, había pasado. Lo que no sabía, y se había odiado por ello toda su vida, es que las ondas expansivas de una bomba no son del todo inmediatas. Que aquello había sido el principio de la tragedia.

El sótano se hundió segundos más tarde.

Cuando consiguió abrir los ojos tenía marcas de uñas en sus manos por haberlas apretado tanto y a su alrededor no quedaba vida. Gritó, y fue aquel grito desgarrador el que la salvó.

Pataleó.

Lloró.

Volvió a gritar.

Se aferró al cuerpo sin vida de Rita.

Arrastró los cuerpos de sus niños en busca de un halo de vida.

No sirvió de nada.

Alguien la sacó en brazos. Alguien le llevó a una ambulancia. Alguien le salvó la vida pero para ella, no quedaba nada por lo que vivir.

La plaza, ahora reformada, todavía conserva las heridas de la guerra. Ella, cada día más cerca de reencontrarse con sus angelitos, la visitaba religiosamente todas las mañanas.

Primero, lo había hecho con rabia. Luego, con miedo. Con el tiempo, con melancolía. Ahora, segura de que su tiempo se le acababa, con esperanza de volver a encontrarse con ellos.

 

 

[16/11/2020]-[27/11/2020]

(Sin corregir)

Camino entre cristales y por el camino voy sembrando flores. Flores silvestres, de esas que solo crecen entre la maleza y la escarpada tierra. Las esquirlas del cristal me arañan la piel pero yo no freno ni frunzo el ceño. Continuo con la cabeza alta, el rostro firme y los ojos fijos en el horizonte que se alza ante mí. Mis manos, ásperas por el roce de las semillas y el abono, actúan de forma mecánica: cogen, lanzan y cubren. Ya han vivido este proceso más veces, son casi expertas en manejarse por su cuenta mientras yo paseo cada vez más dolorida, cada vez con más disimulo.

No quiero que me vean débil y por eso no me permito ni una mueca de dolor. Ni siquiera dejo que mis dientes castañeen aunque mis labios se mantienen sellados, ligeramente arrugados. Noto la sangre recorrer las plantas de mis pies pero no miro, no quiero que me vean débil. Apenas llevo un cuarto del recorrido cuando se me acaban las semillas. Por un instante entro en pánico pero me acuerdo que es normal, que siempre pasa, siempre se acaban y a nadie le han humillado por ello. Hasta ahora y confío en que no lo cambien. Guardo la bolsa cuidadosamente y entrelazo mis manos detrás del vestido, en mi espalda. El dedo corazón derecho delicadamente cruzado sobre el índice, jurandome a mi misma que esto ya es el fin. 

Mis pasos se vuelven más fieros una vez he dejado de sembrar porque mis pies de repente se quedan en carne viva. Trato de fingir que no me inmuto, que el escozor no me invade, que no quiero arrancarme la piel de cuajo y llorar. Y sigo caminando. 

La pasarela ha cambiado de dimensión, ya no hay campos que sembrar si no árboles que cubren con las copas el cielo. O eso que quiero pensar que es el cielo. Y tampoco hay cristales. El alivio que siento es indescriptible y dejo salir un suspiro, pero no me permito cambiar la expresión de mi rostro. El suelo ahora es de tierra mojada, mullida, limpia. Distinta a la que cubría antes las semillas. Mis pies agradecen el tacto y me aferro con los dedos a las lascas y piedrecitas que la recubren. Quiero dejar escapar otro suspiro y mostrar una sonrisa, pero no me lo permito.

Esta vez mis pasos son más ligeros, mis pies creen que vuelan y yo me dejo llevar. Sé que me siguen observando y dudo en ir más despacio, pero mis pies siguen sangrando, se pueden infectar y pienso ¿acaso es esto una muestra de debilidad? El barro los ha cubierto, ya es tarde para detenerme a comprobar si las heridas se han ensuciado. Lo más probable es que sí, no sé a qué aspiro creyéndome lo contrario.

De pronto la tierra mojada se acaba y solo queda barro sucio, viscoso, que se enreda por mis tobillos y me mancha hasta la pantorrilla. Ya no hay nada bajo mis pies o eso me hacen creer. Sé que estoy cerca de llegar a la meta, que sigo siendo la diana de sus miradas pero me atrevo a morderme la lengua, a alzar ligeramente una ceja porque no sé cómo enfrentarme a lo que estoy viendo.

La nada inunda aquello que una vez fueron cristales y tierra. Ahogo un grito cuando doy el primer paso, sé que tengo que imaginarme los sembrados y el camino de tierra, incluso los cristales, para que algo aparezca. Pero soy incapaz de pensar en nada porque el dolor ya se ha apoderado de mí.

Me rasga las entrañas y me sacude con fuerza. Trato de no inmutarme cuando el filo de un puñal creado en mi imaginación roza mi pecho. Poco a poco me desangro pero soy incapaz de expresarlo. Me da miedo lo que viene porque sé que se acaba pero no de la manera que yo pensaba. El abismo me consume agarrándome de los tobillos y tirando de mí hacia abajo. Ya no hago nada por evitar el grito, sale de mis entrañas y rebota en las barreras de la dimensión. Me hundo y soy incapaz de pensar, me voy consumiendo, convirtiéndome en ceniza. 

Desaparezco...


[27/09/2020]-[28-09-2020]


            Había barro en el suelo aquella tarde de otoño. El aire estaba cargado tras la tormenta, como si anticipara que fuera haber otra y aquello solo fuera una tregua. A lo lejos todavía se vislumbraban rayos. Las aceras empapadas conformaban surcos de agua entre las grietas de las baldosas y era imposible no acabar con las suelas de los zapatos manchadas de barro. En aquellas zonas donde se formaban pequeñas pendientes los charcos eran más abundantes y el agua sucia confluía descaradamente asomándose hasta las pantorrillas de los transeúntes. A lo lejos, todavía se escuchaban truenos. Las nubes cubrían el cielo, no quedaba apenas luz y había quien caminaba a ciegas tratando de no meterse de lleno en las recién estrenadas piscinas naturales. Quienes llevaban cristales en los ojos, lentes de contacto, monóculos, gafas jugaban con las pestañas a ser limpiaparabrisas. Los árboles que no habían caído en combate seguían limpiándose las hojas, desechando las que más sufrimiento habían vivido, y aquellos que yacían en el suelo se burlaban de los que paseaban elaborando pruebas de salto y sortear obstáculos.

            Mariposa miraba desde su posición la estampa que se desarrollaba bajo ella. Curiosa abría mucho los ojos y reía cuando alguien pisaba fuerte sobre el charco y salpicaba toda su ropa. Alguien chistó a su lado, era Murciélago.

—   ¡Cállate Mariposa! ¡Que nos van a descubrir! — susurró cruzando los brazos.

—   ¡No me mandes callar! ¡Tú no mandas! —contestó haciéndole una mueca. 

—   Mariposa, que nos pillan…— la niña le cortó tapándole la boca con la mano. Se escucharon unos pasos cerca de ellos y ambos aguantaron la respiración. Los pasos se alejaron corriendo.

—   ¿Veeeeees? Por tu culpa casi nos pillan, yo no me quiero volver a esconder contigo jope. — Murciélago se dio la vuelta refunfuñando, haciendo tambalear el armario y ambos ahogaron un grito.

—   Pero si te he traído al mejor sitio.

—   ¡No! Solo quieres esconderte aquí porque desde aquí arriba puedes mirar por la ventana la calle…¡No te gusta jugar con nosotros y lo sabes!

—   ¡Cállate! Tu no sabes nada, ahora yo no quiero jugar contigo. Bájate.

—   ¡No! Bájate tú.

—   No, es mi sitio. Bájate tú….ah no, que no sabes porque eres muy pequeño. — se burló Mariposa moviéndose de lado a lado aposta para tambalear el gran armario. Poco a poco incrementó el ritmo.

—   Para por faaaaaaaa Mariposa paraaaaaaaaa — Murciélago se aferró temblando a la tela que cubría el mueble. Mariposa sonrió maliciosa y volvió a girarse hacia la ventana, cortando el movimiento.

Pasaron los minutos, quizá horas, y nadie se acercaba. Mariposa estaba absorta en lo que ocurría al otro lado de la ventana y Murciélago dormitaba apoyado contra la pared.

Mariposa llevaba la cuenta de cuántas personas esquivaban los charcos, cuántas los árboles y cuántas directamente saltaban. También contaba cuántos se empapaban por saltar muy poco, quiénes no llevaban paraguas, quiénes se cubrían con un periódico… Para ella aquello parecía el mejor de los juegos. Ojalá estar ahí bajo la tormenta... Había anotado mentalmente cuántos rayos se veían a lo lejos y cuántos truenos retumbaban cerca. Si hubiese estado un poco menos pendiente de fuera, hubiera escuchado la marabunta de pasos, gritos, susurros y portazos que se agitaban en su propia realidad. Murciélago tampoco parecía haberse dado cuenta.

—   ¿Pero qué hacéis todavía aquí? ¿No os habéis enterado de qué ha pasado? — gritó alguien desde la puerta. Era Caracol.

Mariposa salió de su trance con el ceño fruncido claramente furiosa porque hubieran interrumpido su espectáculo.

—   ¡Vamooos! Tenéis que bajar ya, la Srta. Libélula se pondrá furiosa si no bajáis ya. ¡Vamos!

Mariposa se enfureció aun más, la voz aguda de Caracol le ponía nerviosa. Además ¿qué hacía ella allí? ¿no estaban jugando al escondite? Miro a su “compañero”, Murciélago estaba desperezándose claramente confundido.

—   Déjanos Caracol, vete a seguir jugando. —pidió autoritariamente Mariposa.

Pero la otra niña no se dio por vencida e insistió: — ¡Qué no es del juego jopeeeeee! Me va a regañar a mí también por tu culpa. ¡Vengaaa!

Murciélago se las arregló para bajar del armario sin matarse de un saltito. A decir verdad, Caracol le frenó la caída cogiéndole en brazos. Mariposa dudó: por una parte quería quedarse a mirar por la ventana y por otra sospechaba que Caracol no se estaba inventando el enfado de la Srta. Libélula.

La Srta. Libélula era el nombre que le habían puesto los niños del orfanato a su directora. Era alta, esbelta, elegante, siempre con el pelo recogido en un moño o en una larga trenza. Normalmente era dulce con ellos, les trenzaba el cabello, les peinaba los rizos, les avisaba si tenían manchas de chocolate por la cara y les decía siempre lo guapos que iban. Pero cuando se enfadaba la cosa cambiaba y la dulzura desaparecía por instantes para dejar paso al miedo. Le habían puesto libélula porque a Comadreja le aterraban esos “bichos que vuelan” cuando se acercaban a jugar en el río y revoloteaban a su alrededor como si estuviesen enfadadas, pero a Búho le parecían muy bonitas…como la Srta. Libélula.

Murciélago y Caracol suplicaron con la mirada que bajara y Mariposa accedió con una mueca de asco, bajando de un salto y cayendo de pie, recta, con los talones, como si fuera una gimnasta. Caracol tiró de su manga y la arrastró hacia la puerta al grito de “vamos”. Murciélago se enganchó a Mariposa y los tres niños corrieron por el pasillo, saltaron las escaleras y acabaron en el patio trasero. La imagen que se encontraron era aterradora: el viejo olmo que coronaba el patio había caído con la tormenta, llevándose consigo parte del porche y de un muro. Todos los niños, no muchos, estaban reunidos allí. Algunos sollozaban, otros mantenían la mirada fija en el suelo. La Srta. Libélula estaba quieta, inmóvil, con la mirada detenida en el árbol. No en los destrozos, en el árbol. Su rostro denotaba tristeza, rabia, vergüenza, sorpresa, pánico. Terror.

Caracol los llevó hasta el resto de la banda. Oruga lloraba a moco tendido y Búho trataba de consolarle: —¿Dónde nos vamos a juntar ahora? ¿Dónde vamos a jugar? Sino hay árbol…—repetía en bucle el niño entre sollozo y sollozo. Ratona y Águila observaban curiosas y perplejas la escena, parecía como si ninguna entendiese la gravedad de que el árbol hubiese arrastrado medio porche con su caída o que parte de una pared se hubiera derrumbado. Comadreja, Pingüino y Suricato pataleaban piedrecitas del suelo sin levantar la mirada. Murciélago se unió a ellos y Caracol salió corriendo a abrazar a Ratona y a Águila. Mariposa en cambio se quedó inmóvil como la Srta. Libélula, de hecho, se colocó a su lado silenciosamente. Pero al contrario que la directora, la mirada de Mariposa estaba fija en el boquete que se había creado. Boquete que daba a la calle, la calle que ella tanto anhelaba. Le daba igual que el símbolo de la Banda estuviese tirado en el suelo, muerto; le daba igual que los destrozos complicarían su vida allí; le daba igual que sus amigos, ¿amigos?, estuviesen llorando. El agujero dejaba entrever un charco, con barro, y piernas de personas que, curiosas y aterradas, se paraban a mirar el desastre. Mariposa estudiaba cómo atravesaban el charco, si se mojaban o no, si continuaban su camino o no.  

Tan solo tenía que echar a correr, pasar por encima del árbol y sortear los escombros, agacharse un poco y traspasar el hueco en el muro. Tan solo tenía que ordenar a sus pies que se movieran. Tan solo necesitaría comprar, ¿o robar?, un paraguas, escaparse a por su chubasquero en un santiamén o adentrarse en la inmensidad de la ciudad sin protección alguna. ¿Y si lo hacía? Era pequeña “pero no mucho” según ella, “tengo ocho años soy mayor” repetía cada vez que alguien le recordaba que todavía era una niña. Su fuerte carácter le llevaba a meterse en más de una discusión con los adultos y con sus compañeros; sus ganas de salir de allí sacaban de quicio a cualquiera que se acercase; y la cuenta que llevaba de los días que había pasado en el orfanato daba miedo.

Había empezado a poner palitos en la pared de al lado de su cama a los cinco años. Para entonces ya llevaba cuatro y medio allí. Había sido la primera en llegar y por lo que parecía, sería la última en irse. Murciélago había llegado después y la atención que antes había sido casi exclusiva para ella (estaban “los mayores” separados en otra ala), se dividió entre los dos. Luego, fueron llegando los demás y poco a poco formaron la Banda. La primera en ponerse nombre y nombrarse así misma capitana había sido ella. La idea de los animales se les ocurrió durante una clase mientras aprendían el abecedario y que fuesen una banda, de un cuento de piratas que les leía la Srta. Libélula antes de dormir.

La Banda estaba compuesta por nueve niños de edades similares que se hacían llamar así mismos: Mariposa, Águila, Búho, Ratona, Comadreja, Suricato, Pingüino, Murciélago, Caracol y Oruga. Mariposa era algo así como la capitana y el segundo al mando en los juegos era Pingüino. La Srta. Libélula era para ellos una capitana superior, una diosa, algo más mayor e importante que ellos. Antes había más, Lince, Mapache, Mariquita...pero les habían adoptado ya. Jugaban todos los días a cualquier cosa siendo su juego favorito el escondite. Se reunían debajo del olmo y echaban a suertes a quién le tocaba contar (Mariposa se las apañaba para que no le tocara nunca). Ratona, la más pequeña, estaba en trámites de adopción o eso sospechaban y a Oruga le venía a visitar una familia en unos días. Mariposa había recibido las noticias como si fuese un empujón, lo que para un adulto sería como una puñalada. Se alegraba, sí, pero tampoco mucho. ¿Qué tenía ella de malo para llevar tantos allí? ¿Su carácter? ¿Su altura? Era muy alta para su edad…¿pero eso era un problema?

Sostuvo la mirada en el agujero incluso cuando la Srta. Libélula se giró a decirle algo. Solo tenía que correr…luego ya…¿la llevarían de vuelta? ¿echaría de menos a sus amigos? ¿eran amigos? ¿o solo la aguantaban? ¿le echarían ellos de menos? Una lagrima se resbaló por su mejilla de mantener los ojos abiertos. Tan solo tenía que mover los pies….el eco de la voz de la Srta. Libélula retumbaba en sus oídos pero su mensaje no le calaba. Oyó gritos, oyó sollozos, alguien lloraba aún más fuerte que antes. Alguien gritaba su nombre, casi en un ahogo. No entendía qué estaba pasando ¿qué estaba haciendo? Alguien le agarró de la camiseta, ¿por qué? Ella solo quería salir pero sus piernas no se movían. Alguien le pedía que parara, que se estuviera quieta. Alguien suplicaba que volviera pero Mariposa estaba desorientada. Quizá ya estuviese en movimiento, quizá ya estuviera escalando el tronco del árbol caído…quizá ya era ¿libre?

El viento le devolvió a la realidad, agitando sus rubios cabellos, salpicando su rostro de gotas de agua. El frío congeló sus manos de repente, sintió frío. Sintió miedo, un escalofrío recorrió su espalda. Abrió los ojos y por fin, estaba fuera. Mariposa por fin volaba.  


Día 3

3.  AMOR Olivia se separó del espejo para verse mejor de cuerpo entero. Los últimos cinco minutos los había pasado con la cara pegada al cri...