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lunes, 11 de enero de 2021

[16/11/2020]-[27/11/2020]

(Sin corregir)

Camino entre cristales y por el camino voy sembrando flores. Flores silvestres, de esas que solo crecen entre la maleza y la escarpada tierra. Las esquirlas del cristal me arañan la piel pero yo no freno ni frunzo el ceño. Continuo con la cabeza alta, el rostro firme y los ojos fijos en el horizonte que se alza ante mí. Mis manos, ásperas por el roce de las semillas y el abono, actúan de forma mecánica: cogen, lanzan y cubren. Ya han vivido este proceso más veces, son casi expertas en manejarse por su cuenta mientras yo paseo cada vez más dolorida, cada vez con más disimulo.

No quiero que me vean débil y por eso no me permito ni una mueca de dolor. Ni siquiera dejo que mis dientes castañeen aunque mis labios se mantienen sellados, ligeramente arrugados. Noto la sangre recorrer las plantas de mis pies pero no miro, no quiero que me vean débil. Apenas llevo un cuarto del recorrido cuando se me acaban las semillas. Por un instante entro en pánico pero me acuerdo que es normal, que siempre pasa, siempre se acaban y a nadie le han humillado por ello. Hasta ahora y confío en que no lo cambien. Guardo la bolsa cuidadosamente y entrelazo mis manos detrás del vestido, en mi espalda. El dedo corazón derecho delicadamente cruzado sobre el índice, jurandome a mi misma que esto ya es el fin. 

Mis pasos se vuelven más fieros una vez he dejado de sembrar porque mis pies de repente se quedan en carne viva. Trato de fingir que no me inmuto, que el escozor no me invade, que no quiero arrancarme la piel de cuajo y llorar. Y sigo caminando. 

La pasarela ha cambiado de dimensión, ya no hay campos que sembrar si no árboles que cubren con las copas el cielo. O eso que quiero pensar que es el cielo. Y tampoco hay cristales. El alivio que siento es indescriptible y dejo salir un suspiro, pero no me permito cambiar la expresión de mi rostro. El suelo ahora es de tierra mojada, mullida, limpia. Distinta a la que cubría antes las semillas. Mis pies agradecen el tacto y me aferro con los dedos a las lascas y piedrecitas que la recubren. Quiero dejar escapar otro suspiro y mostrar una sonrisa, pero no me lo permito.

Esta vez mis pasos son más ligeros, mis pies creen que vuelan y yo me dejo llevar. Sé que me siguen observando y dudo en ir más despacio, pero mis pies siguen sangrando, se pueden infectar y pienso ¿acaso es esto una muestra de debilidad? El barro los ha cubierto, ya es tarde para detenerme a comprobar si las heridas se han ensuciado. Lo más probable es que sí, no sé a qué aspiro creyéndome lo contrario.

De pronto la tierra mojada se acaba y solo queda barro sucio, viscoso, que se enreda por mis tobillos y me mancha hasta la pantorrilla. Ya no hay nada bajo mis pies o eso me hacen creer. Sé que estoy cerca de llegar a la meta, que sigo siendo la diana de sus miradas pero me atrevo a morderme la lengua, a alzar ligeramente una ceja porque no sé cómo enfrentarme a lo que estoy viendo.

La nada inunda aquello que una vez fueron cristales y tierra. Ahogo un grito cuando doy el primer paso, sé que tengo que imaginarme los sembrados y el camino de tierra, incluso los cristales, para que algo aparezca. Pero soy incapaz de pensar en nada porque el dolor ya se ha apoderado de mí.

Me rasga las entrañas y me sacude con fuerza. Trato de no inmutarme cuando el filo de un puñal creado en mi imaginación roza mi pecho. Poco a poco me desangro pero soy incapaz de expresarlo. Me da miedo lo que viene porque sé que se acaba pero no de la manera que yo pensaba. El abismo me consume agarrándome de los tobillos y tirando de mí hacia abajo. Ya no hago nada por evitar el grito, sale de mis entrañas y rebota en las barreras de la dimensión. Me hundo y soy incapaz de pensar, me voy consumiendo, convirtiéndome en ceniza. 

Desaparezco...


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