El viento soplaba con fuerza en el balcón con vistas al mar del edificio de piedra blanca que coronaba el paseo marítimo. En él una mujer se cepillaba su cabello oscuro y ondulado mientras tarareaba una antigua canción. Se batía en duelo con el viento por ver quién domaba su pelo.
Desde allí vigilaba el
oleaje y suspiraba cuando la brisa marina impregnaba el aire de su alrededor. Con
los ojos cerrados suplicaba en silencio que se la llevara el mar, con un solo
movimiento, en un solo instante. Que se la tragara una ola.
Pero aquello era
imposible al menos desde la distancia y desde la altura a la que se encontraba.
Tendría que acercarse a la playa o lanzarse desde los acantilados. Tendría que salir
y lo tenía prohibido.
Encerrada en aquel balcón
intentaba no llorar mientras se cepillaba el pelo aparentando calma y
tranquilidad. Hacía tiempo que había aprendido a no mostrarse vulnerable.
Sollozaba casi susurrando aunque de vez en cuando se le escapaba un sonoro hipido.
La baranda se tambaleaba
según incrementaba la fuerza del viento y el oleaje era cada vez más violento.
Ella soltó el cepillo pues era incapaz de desenredar los nudos con tanto aire.
La sal que traía la brisa del mar se le pegaba en los labios que saboreó con dulzura.
Si tan solo pudiera
escapar y caminar hacía la playa, pasear sobre la arena con los pies descalzos,
sentir la humedad de la orilla, saltar las olas, dejarse llevar por el océano. Si
pudiera escapar iría directa al mar, sin pensar siquiera en las consecuencias o
en otro lugar en el que le gustaría estar. Había soñado tantas veces que era
una sirena debajo de agua, que jugaba con los peces y con los erizos, que nadaba
con delfines y llenaba de espuma a las ballenas. Soñaba como si fuese una niña
por la infancia que le había sido arrebatad, por los años sin pisar la calle,
sin respirar más aire que el de sus ventanas, ni probar más sabores salvo los
que le cocinaban.
Había perdido la cuenta
del tiempo que llevaba en aquella habitación, fingiendo normalidad, que todo
iba bien, que ella era libre y no una prisionera. Prisionera de quienes no querían
que labrase su futuro fuera de aquellas tierras ni que se casara con el
marinero que le cantaba, hace mucho, serenatas bajo la ventana. Ella no había
logrado zafarse de las garras de su padre que la mantenían presa en sus
pesadillas.
Si solo pudiera lanzarse
desde el acantilado o saltar desde el balcón o perderse entre las olas. Si tan
solo la liberaran. Si tan solo olvidaban. Si tan solo perdonaran. Si tan solo
él regresara.
Amor eterno le había
jurado, a la luz de la luna con voz infantil cuando todavía le permitían escabullirse
al jardín. Años más tarde volvió para cumplir la promesa y ella bajó las escaleras
con la más ancha de las sonrisas. Le confesó que ahora era marinero, que la llevaría
en su barco a islas desconocidas, que no se separaría de ella. Que se casarían.
Ella aceptó. Pero no su padre, quien replicó que aquella no era vida para una
dama como ella, que se merecía algo mejor y que hasta encontrarlo permanecería
encerrada en aquel lugar que hacía mucho que había perdido el significado de la
palabra hogar.
Ahora ella fingía ser
valiente y esperaba a su marinero todas las tardes en el balcón, esperando la
llegada de la luna para que iluminara el océano y pudiese ver los barcos que
poco a poco llegaban al puerto. Solo eso le mantenía con vida pues fundirse con
el mar seguía siendo el mayor de sus deseos, para su desgracia.
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