El segundo reto del campamento consistió en escribir un relato en 2º persona desde la perspectiva de nuestro personaje.
¿Te acuerdas de la
primera vez que nos vimos? Sujetabas dos copas con la mirada perdida entre la
gente. Fue en ese momento cuando te cruzaste con la mía. Sonreíste en un amago
de aparentar estar pasándolo bien y te alejaste de la barra con la clara
intención de acercarte. Por el camino, distraído, le tendiste una de las copas
a tu amigo y continuaste hacía mi dirección, decidido y sin dejar de sonreír
con picardía. Me preguntaste mí nombre, sin ni siquiera saludar, y lo
susurraste despacio mordiéndote el labio “Marina…". “Interesante…” continuaste con el que entonces era tu tono
seductor. Me pediste el número sin rodeos, me sacaste a bailar sin apenas preguntar,
decidiste que me dejaría llevar y me entretuviste toda la noche. Me acompañaste
a casa y me besaste en el portal, con la impaciencia de quien ha esperado hasta
el momento oportuno y la delicadeza que te caracterizaba.
¿Recuerdas la primera vez
que quedamos? A solas. Llevabas tus vaqueros desgastados, la sonrisa ladeada
que sabías que me volvía loca y una flor porque te acordabas de que de fiesta
había mencionado que me gustaban las margaritas. Condujiste por la costa
preguntándome sobre mi vida. Escuchaste mi historia sin pestañear, no me
miraste con compasión ni con lástima, solo me abrazaste al bajar del coche. ¿Te
acuerdas de aquella gaviota que te persiguió en la playa? De cómo corrías
desesperado, de cómo no podías parar de reír y de cómo me mirabas con esos
ojitos llenos de luz.
¿Eres consciente de cómo
fue nuestra relación? ¿De cómo me ilusionaste y me embaucaste con tus palabras?
Empezaste sin previo aviso, con palabras bonitas, preguntas incómodas y deseos
impensables. Me decías que era tuya y que aquello sonaba bonito. Me recordabas
que solo podía salir contigo porque “era muy guapa para que me viese el resto
del mundo”, hacías que me lo creyera. Me engañaste con personas que conocía, me
mentiste acerca de tu vida y me alejaste de los pocos amigos que tenía. Una vez
me preguntaste si era feliz, me vendiste un tipo de amor que no nos
correspondía y continuaste con tus artimañas.
¿Sabes por qué lo
dejamos? ¿Sabrías decirme los motivos? No sabías nada, o eso proclamabas cuando
me enfadaba. Me repetías una y otra vez que nos iría mejor, me prometías que
cambiarías aunque no sabías qué cambiar. Me dejaste muchas veces por teléfono y
volvías al día siguiente con flores y cartas de “perdones”. Te pensabas que mi
mundo giraba en torno al tuyo y con frecuencia me reprochabas que fuera a ver a
mí abuela. Mi abuela, ¡ya ves tú que celos te podía dar mi abuela! Un día me
contaste que lo estabas pasando mal porque “apenas nos veíamos”, y vivía casi
en tu casa. Me hiciste un hueco en tu escritorio para estudiar juntos porque en
la biblioteca había mucha gente. Te aprendiste mi horario y me venías a recoger
sin pedírtelo. Luego me pediste que dejara de ir a clase.
El día que lo dejamos me
suplicaste que te perdonara, te faltó muy poco para ponerte de rodillas.
Actuaste como lo hace un manipulador cuando no quiere dejar escapar a su
víctima. Me soltaste todo el rollo de que yo era muy importante para ti, que me
habías salvado, ¿tú a mí? Ni tú te lo creías. Me dijiste te quiero entre lágrimas
de cocodrilo, no me soltabas el brazo y cuando viste que la situación no se
resolvía cómo querías, me levantaste la mano. Te volviste hecho una furia, ni
siquiera tú te reconocías, pero lo hiciste.
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