Había barro en el suelo aquella tarde de otoño. El aire estaba cargado tras la tormenta, como si anticipara que fuera haber otra y aquello solo fuera una tregua. A lo lejos todavía se vislumbraban rayos. Las aceras empapadas conformaban surcos de agua entre las grietas de las baldosas y era imposible no acabar con las suelas de los zapatos manchadas de barro. En aquellas zonas donde se formaban pequeñas pendientes los charcos eran más abundantes y el agua sucia confluía descaradamente asomándose hasta las pantorrillas de los transeúntes. A lo lejos, todavía se escuchaban truenos. Las nubes cubrían el cielo, no quedaba apenas luz y había quien caminaba a ciegas tratando de no meterse de lleno en las recién estrenadas piscinas naturales. Quienes llevaban cristales en los ojos, lentes de contacto, monóculos, gafas jugaban con las pestañas a ser limpiaparabrisas. Los árboles que no habían caído en combate seguían limpiándose las hojas, desechando las que más sufrimiento habían vivido, y aquellos que yacían en el suelo se burlaban de los que paseaban elaborando pruebas de salto y sortear obstáculos.
Mariposa miraba desde su posición la estampa que se desarrollaba bajo ella. Curiosa abría mucho los ojos y reía cuando alguien pisaba fuerte sobre el charco y salpicaba toda su ropa. Alguien chistó a su lado, era Murciélago.
— ¡Cállate Mariposa! ¡Que nos van a descubrir! — susurró cruzando los brazos.
— ¡No me mandes callar! ¡Tú no mandas! —contestó haciéndole una mueca.
— Mariposa, que nos pillan…— la niña le cortó tapándole la boca con la mano. Se escucharon unos pasos cerca de ellos y ambos aguantaron la respiración. Los pasos se alejaron corriendo.
— ¿Veeeeees? Por tu culpa casi nos pillan, yo no me quiero volver a esconder contigo jope. — Murciélago se dio la vuelta refunfuñando, haciendo tambalear el armario y ambos ahogaron un grito.
— Pero si te he traído al mejor sitio.
— ¡No! Solo quieres esconderte aquí porque desde aquí arriba puedes mirar por la ventana la calle…¡No te gusta jugar con nosotros y lo sabes!
— ¡Cállate! Tu no sabes nada, ahora yo no quiero jugar contigo. Bájate.
— ¡No! Bájate tú.
— No, es mi sitio. Bájate tú….ah no, que no sabes porque eres muy pequeño. — se burló Mariposa moviéndose de lado a lado aposta para tambalear el gran armario. Poco a poco incrementó el ritmo.
— Para por faaaaaaaa Mariposa paraaaaaaaaa — Murciélago se aferró temblando a la tela que cubría el mueble. Mariposa sonrió maliciosa y volvió a girarse hacia la ventana, cortando el movimiento.
Pasaron los minutos, quizá horas, y nadie se acercaba. Mariposa estaba absorta en lo que ocurría al otro lado de la ventana y Murciélago dormitaba apoyado contra la pared.
Mariposa llevaba la cuenta de cuántas personas esquivaban los charcos, cuántas los árboles y cuántas directamente saltaban. También contaba cuántos se empapaban por saltar muy poco, quiénes no llevaban paraguas, quiénes se cubrían con un periódico… Para ella aquello parecía el mejor de los juegos. Ojalá estar ahí bajo la tormenta... Había anotado mentalmente cuántos rayos se veían a lo lejos y cuántos truenos retumbaban cerca. Si hubiese estado un poco menos pendiente de fuera, hubiera escuchado la marabunta de pasos, gritos, susurros y portazos que se agitaban en su propia realidad. Murciélago tampoco parecía haberse dado cuenta.
— ¿Pero qué hacéis todavía aquí? ¿No os habéis enterado de qué ha pasado? — gritó alguien desde la puerta. Era Caracol.
Mariposa salió de su trance con el ceño fruncido claramente furiosa porque hubieran interrumpido su espectáculo.
— ¡Vamooos! Tenéis que bajar ya, la Srta. Libélula se pondrá furiosa si no bajáis ya. ¡Vamos!
Mariposa se enfureció aun más, la voz aguda de Caracol le ponía nerviosa. Además ¿qué hacía ella allí? ¿no estaban jugando al escondite? Miro a su “compañero”, Murciélago estaba desperezándose claramente confundido.
— Déjanos Caracol, vete a seguir jugando. —pidió autoritariamente Mariposa.
Pero la otra niña no se dio por vencida e insistió: — ¡Qué no es del juego jopeeeeee! Me va a regañar a mí también por tu culpa. ¡Vengaaa!
Murciélago se las arregló para bajar del armario sin matarse de un saltito. A decir verdad, Caracol le frenó la caída cogiéndole en brazos. Mariposa dudó: por una parte quería quedarse a mirar por la ventana y por otra sospechaba que Caracol no se estaba inventando el enfado de la Srta. Libélula.
La Srta. Libélula era el nombre que le habían puesto los niños del orfanato a su directora. Era alta, esbelta, elegante, siempre con el pelo recogido en un moño o en una larga trenza. Normalmente era dulce con ellos, les trenzaba el cabello, les peinaba los rizos, les avisaba si tenían manchas de chocolate por la cara y les decía siempre lo guapos que iban. Pero cuando se enfadaba la cosa cambiaba y la dulzura desaparecía por instantes para dejar paso al miedo. Le habían puesto libélula porque a Comadreja le aterraban esos “bichos que vuelan” cuando se acercaban a jugar en el río y revoloteaban a su alrededor como si estuviesen enfadadas, pero a Búho le parecían muy bonitas…como la Srta. Libélula.
Murciélago y Caracol suplicaron con la mirada que bajara y Mariposa accedió con una mueca de asco, bajando de un salto y cayendo de pie, recta, con los talones, como si fuera una gimnasta. Caracol tiró de su manga y la arrastró hacia la puerta al grito de “vamos”. Murciélago se enganchó a Mariposa y los tres niños corrieron por el pasillo, saltaron las escaleras y acabaron en el patio trasero. La imagen que se encontraron era aterradora: el viejo olmo que coronaba el patio había caído con la tormenta, llevándose consigo parte del porche y de un muro. Todos los niños, no muchos, estaban reunidos allí. Algunos sollozaban, otros mantenían la mirada fija en el suelo. La Srta. Libélula estaba quieta, inmóvil, con la mirada detenida en el árbol. No en los destrozos, en el árbol. Su rostro denotaba tristeza, rabia, vergüenza, sorpresa, pánico. Terror.
Caracol los llevó hasta el resto de la banda. Oruga lloraba a moco tendido y Búho trataba de consolarle: —¿Dónde nos vamos a juntar ahora? ¿Dónde vamos a jugar? Sino hay árbol…—repetía en bucle el niño entre sollozo y sollozo. Ratona y Águila observaban curiosas y perplejas la escena, parecía como si ninguna entendiese la gravedad de que el árbol hubiese arrastrado medio porche con su caída o que parte de una pared se hubiera derrumbado. Comadreja, Pingüino y Suricato pataleaban piedrecitas del suelo sin levantar la mirada. Murciélago se unió a ellos y Caracol salió corriendo a abrazar a Ratona y a Águila. Mariposa en cambio se quedó inmóvil como la Srta. Libélula, de hecho, se colocó a su lado silenciosamente. Pero al contrario que la directora, la mirada de Mariposa estaba fija en el boquete que se había creado. Boquete que daba a la calle, la calle que ella tanto anhelaba. Le daba igual que el símbolo de la Banda estuviese tirado en el suelo, muerto; le daba igual que los destrozos complicarían su vida allí; le daba igual que sus amigos, ¿amigos?, estuviesen llorando. El agujero dejaba entrever un charco, con barro, y piernas de personas que, curiosas y aterradas, se paraban a mirar el desastre. Mariposa estudiaba cómo atravesaban el charco, si se mojaban o no, si continuaban su camino o no.
Tan solo tenía que echar a correr, pasar por encima del árbol y sortear los escombros, agacharse un poco y traspasar el hueco en el muro. Tan solo tenía que ordenar a sus pies que se movieran. Tan solo necesitaría comprar, ¿o robar?, un paraguas, escaparse a por su chubasquero en un santiamén o adentrarse en la inmensidad de la ciudad sin protección alguna. ¿Y si lo hacía? Era pequeña “pero no mucho” según ella, “tengo ocho años soy mayor” repetía cada vez que alguien le recordaba que todavía era una niña. Su fuerte carácter le llevaba a meterse en más de una discusión con los adultos y con sus compañeros; sus ganas de salir de allí sacaban de quicio a cualquiera que se acercase; y la cuenta que llevaba de los días que había pasado en el orfanato daba miedo.
Había empezado a poner palitos en la pared de al lado de su cama a los cinco años. Para entonces ya llevaba cuatro y medio allí. Había sido la primera en llegar y por lo que parecía, sería la última en irse. Murciélago había llegado después y la atención que antes había sido casi exclusiva para ella (estaban “los mayores” separados en otra ala), se dividió entre los dos. Luego, fueron llegando los demás y poco a poco formaron la Banda. La primera en ponerse nombre y nombrarse así misma capitana había sido ella. La idea de los animales se les ocurrió durante una clase mientras aprendían el abecedario y que fuesen una banda, de un cuento de piratas que les leía la Srta. Libélula antes de dormir.
La Banda estaba compuesta por nueve niños de edades similares que se hacían llamar así mismos: Mariposa, Águila, Búho, Ratona, Comadreja, Suricato, Pingüino, Murciélago, Caracol y Oruga. Mariposa era algo así como la capitana y el segundo al mando en los juegos era Pingüino. La Srta. Libélula era para ellos una capitana superior, una diosa, algo más mayor e importante que ellos. Antes había más, Lince, Mapache, Mariquita...pero les habían adoptado ya. Jugaban todos los días a cualquier cosa siendo su juego favorito el escondite. Se reunían debajo del olmo y echaban a suertes a quién le tocaba contar (Mariposa se las apañaba para que no le tocara nunca). Ratona, la más pequeña, estaba en trámites de adopción o eso sospechaban y a Oruga le venía a visitar una familia en unos días. Mariposa había recibido las noticias como si fuese un empujón, lo que para un adulto sería como una puñalada. Se alegraba, sí, pero tampoco mucho. ¿Qué tenía ella de malo para llevar tantos allí? ¿Su carácter? ¿Su altura? Era muy alta para su edad…¿pero eso era un problema?
Sostuvo la mirada en el agujero incluso cuando la Srta. Libélula se giró a decirle algo. Solo tenía que correr…luego ya…¿la llevarían de vuelta? ¿echaría de menos a sus amigos? ¿eran amigos? ¿o solo la aguantaban? ¿le echarían ellos de menos? Una lagrima se resbaló por su mejilla de mantener los ojos abiertos. Tan solo tenía que mover los pies….el eco de la voz de la Srta. Libélula retumbaba en sus oídos pero su mensaje no le calaba. Oyó gritos, oyó sollozos, alguien lloraba aún más fuerte que antes. Alguien gritaba su nombre, casi en un ahogo. No entendía qué estaba pasando ¿qué estaba haciendo? Alguien le agarró de la camiseta, ¿por qué? Ella solo quería salir pero sus piernas no se movían. Alguien le pedía que parara, que se estuviera quieta. Alguien suplicaba que volviera pero Mariposa estaba desorientada. Quizá ya estuviese en movimiento, quizá ya estuviera escalando el tronco del árbol caído…quizá ya era ¿libre?
El viento le devolvió a la realidad, agitando sus rubios cabellos, salpicando su rostro de gotas de agua. El frío congeló sus manos de repente, sintió frío. Sintió miedo, un escalofrío recorrió su espalda. Abrió los ojos y por fin, estaba fuera. Mariposa por fin volaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario