El primer reto del campamento de escritura era escribir un relato de 600 palabras en el que se diese la primera impresión del personaje que acompañó el resto del campamento.
Despertarse era la tarea
más complicada del día para Marina y con su mala leche mañanera aporreó el
despertador hasta que dejó de sonar. Dejó de usar el móvil como alarma cuando
rajó la pantalla de un golpetazo. Perezosa se incorporó sobre el colchón, buscó
a tientas con los pies las chanclas y gruñó. Bajó las escaleras arrastrando los
pies, bostezando por el camino y con cara de pocos amigos. Ya en la cocina se
sirvió el café con dos cucharadas de azúcar y un pelín de leche y el rostro se
le iluminó brevemente. Realmente el café hacía magia en ella, o al menos, por
fuera, por dentro seguía luchando contra las ganas de volverse a la cama y encerrarse
en su mundo y sus pensamientos.
Una vez acabó de asearse
y vestirse salió de casa con los auriculares puestos, la música a tope y el
móvil avisándole de ello. Era su mecanismo de defensa contra saludos no
deseados y conversaciones incómodas en el metro. “Si no los oigo, no los veo”,
era su lema de vida. El metro iba lleno,
como todas las mañanas, y tuvo que codearse, además con ganas, para poder
sujetarse en una de las barras. Una señora que sostenía en equilibrio una barra
de pan le miró fijamente con el ceño fruncido. Marina sonrió con suficiencia y
orgullo. Mentalmente anotó en su lista de “personas que no me soportan” a
“señora del metro”. La lista era cada vez más larga.
Se bajó con los mismos
codazos en su parada y salió casi escopetada. Llegaba tarde pero no lo
suficiente para echarse a correr. Tampoco la persona que la esperaba lo
merecía. Ella solo corría por el metro, tren, autobús y su abuela. Cuando llegó
a su destino ya la estaban esperando.
–Tía, llegas tarde, diez
minutos tarde y sabes que no me puedo quedar mucho, no nos pueden ver juntos
-protestó quien la esperaba. – Ten, son 350 euros. Ten cuidado, yo no quiero
tener nada que ver con lo que sea que vayas a hacer.
Marina obvió el
comentario dirigido a su tardanza. Sabía de sobra las consecuencias que podía
tener llegar tarde a “su cita”, pero le daba igual. Todo le daba igual en la
vida, incluso gastarse esa cantidad de dinero en “aquello”, de hecho, pensaba
que era una ganga. Bastante mal le había ido como para encima tener que
preocuparse por los demás. La filosofía de “si total, voy a morir más pronto
que tarde” era su otra guía en la vida.
Cogió el paquete que le tendía su acompañante, lo abrió, lo observó y
asintió. Sacó el dinero oculto entre su sudadera y su sujetador y, una vez hubo
pagado incluyendo un extra por las molestias, su acompañante se marchó. Esperó
unos segundos y salió en dirección contraria con el paquete oculto bajo la
sudadera. Rápido, sin conversación incómoda, sin preguntas, como le gustaba.
Todo en orden aparentemente.
De vuelta en el metro
reflexionó acerca de lo poco que le gustaba hablar y cómo había conseguido
relacionarse y tener contactos sin apenas hacerlo. No amigos como tal, pero sí
contactos. De esos tenía, de los otros no. Llegó a su siguiente destino en poco
tiempo y esta vez sí aceleró el paso hasta que echó a correr calle abajo. En el
transcurso de esa carrera hasta el portal número 6 Marina fue mudando de piel
hasta conseguir una sonrisa más o menos verdadera.
Llamó al telefonillo
aferrando con fuerza el paquete y cuando escuchó el “¿quién es?” susurró con la
voz más dulce que pudo imitar: “abu, soy yo, abre”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario