2. CASA
El olor a lavanda me recuerda a casa. Una sensación de nostalgia me invade cuando camino al lado del arbusto. Respiro. Inhalo con los ojos cerrados el aroma que desprende.
Lo sé, puedo parecer tonta pero necesito ese resquicio que me recuerda al suavizante de la ropa. Aunque sea por unos segundos. La echo de menos. Incluso la estructura, no solo en la forma más metafórica de la palabra añoranza. Echo de menos las tejas color naranja y los ladrillos a juego,la puerta blanca con el borde dorado,las macetas desconchadas,las margaritas que dan vida al jardín de delante y las golondrinas que anidan en el farolillo de la entrada. Por supuesto echo de menos su interior, pero si lo recuerdo probablemente llore.
Nunca he sido una persona apegada a su casa,pero en días como hoy la echo mucho de menos. Mis sábanas, mi cama,mi baño,mi hermano,mi madre...Esto iba a ser un relato pero ha vuelto a salir en forma de diario. Creo que no me gusta porque le quita la gracia al asunto pero estos días no estoy inspirada ni preparada para contar la historia de otros. Aunque puedo elegir entre el nivel de cursilería y egocentrismo. Podría hablar de los significados de "casa", de que puedes llamar hogar a cualquier lugar que te haga feliz y colgarles la etiqueta a quienes más quieras, pero sonaría muy moñas para mi. También podría mencionar que en mi vida he tenido muchas casas, pero que la más importante siempre será la de mis abuelos. Que mi casa no es bonita ni está bien ubicada pero que echo de menos hasta la puerta atrancada.
Suelto el aire sin abrir los ojos, no me atrevo a enfrentarme a la realidad. Aquella que me recuerda que mí casa ya no es naranja, sino amarilla y mi habitación ya no es rosa, ahora es ¿marrón clarito? ¿amarillo? algo así. Tampoco tengo cerca a todas las amigas que son casa y eso es más difícil de encontrar aquí. Necesito cerquita a quienes me acogen como una mantita en un día frío y un paraguas en un día de lluvia, porque el frío y la lluvia están conmigo de serie.
Hacer “tuya” una casa que no es tuya es más complicado de lo que parecía. Impregnarse de otro detergente, del olor a leña, a té, a tierra mojada…y claramente, adaptarse a quienes viven en ella. Cada día es un poco montaña rusa, a veces los días son eternos, a veces se acaban en nada. Hay días que ya siento como mi casa y días en los que echo de menos la mía, la que me espera enfrente de un bar a dos minutos de mí yaya.
No me esperaba que saliese algo tan largo hablando de mí casa. O sea, es que, en verdad, solo quería dejar claro que echo de menos mí casa. Sobraba todo lo demás pero me ha parecido muy irónico que el segundo día fuese “casa” y yo esté en la cocina de mí “nueva casa” echando de menos mí casa. Le voy a borrar el nombre a las casas.
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