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domingo, 18 de octubre de 2020

Día 18

Cafetería (un poco cutre)

—   ¿Habrá una cafetería? —preguntó de repente Blanca.

—   Yo qué sé—Marcos levantó una ceja confundido.

—   A ver, debería ¿no?

—   Blanca, vamos a un pueblo perdido en las montañas de Estados Unidos. Quizá el concepto de cafetería chachi, bonita, con buena iluminación lo han dejado para Nueva York…—añadió Violeta sin despegar los ojos de la carretera.

—   Ah bueno, eso puede ser pero yo quiero café…café café…—Marcos y Violeta cruzaron miradas y se echaron a reír.

—   ¿Qué? —Blanca levantó ligeramente la voz con un tono de reproche.

—   Que bebes demasiado café amor mío, todo el día vas con el poto o la taza hasta arriba de café…

—   Ya Vi, es que no todas dormimos como tú.

—   Oye yo precisamente no duermo muy bien….

—   Pero sobrevives sin café. Lo de Marcos es de primero de bebé de tres meses porque duerme mazo.

—   Bueno pero…..—el aludido se pasó la mano por el pelo nervioso. Violeta volvió a soltar una risotada.

—   Oye, en serio, quiero café. Aunque sea descafeinado. Si es en una cafetería preciosa mejor si no…me conformo con café.

—   ¿Qué tal ese sitio? —señaló Marcos a un edificio en medio del camino. Un cartel medio descolgado anunciaba “Cafeteria & more”. No inspiraba mucha confianza pero Blanca pegó la cara contra el cristal y sonrío.

—   Perfecto, Vi, para el coche. Salte al desvío.

—   ¿Cómo?

—   Que te salgas, vamos ahí.

—   Os odio….—Vi fulminó con la mirada a Marcos quien río dejando ver una sonrisilla divertida.

—   ¡Vamos vamos! Que el café lo necesito ya —Blanca se bajó del coche en cuanto Violeta se desvió en dirección a la cafetería y aparcó el coche de malas maneras. Estaban solos y a los dos les recorrió un escalofrío. Oyeron como Blanca entraba y el tintineo de unas campanitas cuando la puerta rebotó. Fueron tras ella ligeramente preocupados pero cuando entraron, haciendo sonar las campanitas otra vez, se encontraron con su amiga estática, con la boca abierta y los ojos como platos. Pero no estaba asustada, estaba asombrada.

—   ¿Veis esto…?

—   Sí pero….

—   ¿No es maravilloso? —Blanca se acercó dando saltitos a la barra dejando a sus amigos confusos observando su alrededor. El sitio por dentro ganaba bastante, estaba decorado como si fuesen los años cincuenta, incluso tenía maquinas que se usaban antes como tocadiscos. Pero más allá de aquello la cafetería parecía bastante normalita. Una mujer entrada en los cuarenta con una amplia sonrisa tomaba nota del pedido de Blanca. Los otros dos se acercaron apresurados repitiendo en sus cabezas el café de Blanca, se lo habían aprendido de tantas veces que lo tomaba: con dos de azúcar, dos dedos y medio de café y leche. Si el azúcar iba primero mejor.

—   ¿Qué? ¿Qué te parece?

—   Es precioso, gracias..

—   Te conformas con tan poco…alucinante amiga, alucinante.

 a

—   

Día 17

Metamorfosis (un poco cutre)

—   ¡Alah tus alas son moradas!

—   ¡Cállate! Que las mariposas no hablan

—   Pero es que mira las mías, son muy feas…

—   Deja de quejarte, crece un poco

—   Bueno….vale

—   Además, ¿qué más da el color? La cosa es que somos mariposas, es maravilloso.

—   No sé, yo no me hago a la trompa ni a las antenas…

—   Pues acostúmbrate, que nos queda mucho tiempo por delante…

sábado, 17 de octubre de 2020

Día 16

Vampiros

—   ¡Tía tía tía! ¿qué es eso? ¿qué es eso?

—   ¿Qué es qué? —respondió la aludida. Era de noche, hacía frío (más de lo normal) y Blanca estaba tan concentrada en calentarse las manos que no se estaba dando cuenta de nada.

—   ¡Eso! Eso qué se acerca…—continuó Violeta con un deje de preocupación en su voz.

—   ¿Cómo que “eso” que se acerca? Será un perro.

—   No sé, si levantaras la mirada del suelo a lo mejor verías algo, porque eso no es un perro, créeme. —Blanca levantó los ojos del suelo y resopló. ¿Cómo no iba a ser un perro? Quizá era una persona…pero ¿eso? ¿qué es un eso? Miró a la dirección que Violeta señalaba. Esta estaba casi temblando y no parecía que fuera de frío. Una silueta negra, más grande que la de un hombre, se acercaba despacio pero decidida. Su sombra proyectaba dos grandes alas en su espalda. Blanca se estremeció y por impulso agarró la mano de Vi. Esta le miró miedo y apretó más fuerte.

—   Tía…es un monstruo.

—   ¿Cómo va a ser un monstruo? —Blanca tragó saliva tratando de calmarse. —Será alguien disfrazado…

—   Pues es un disfraz muy logrado…

—   No sé, ¿le preguntamos?

—   ¿Pero cómo vamos a preguntarle?? ¿Tu estás loca? Parece un vampiro tía, ¿te imaginas qué es de verdad?

—   Pero ¿te estás escuchando? ¿un vampiro? ¿de verdad?

—   ¡Qué sí tía! Mira, cuando se acerque más nos escondemos y le miramos los dientes. A ver si abre la boca…

—   Vi cariño, creo que se te está yendo…

—   ¿Y si la máquina de Marcos ha funcionado y hemos viajado a otro mundo de verdad?

—   ¡Violeta! Párate a escucharte un segundo ¿vale? Además, mira, ya se acerca. ¿Ves? Es una persona disfrazada…—pero ni Blanca conseguía creerse sus propias palabras cuando el susodicho se acercó. Las alas parecían tan reales y sus dientes…les estaba sonriendo a ellas y su dentadura presentaba dos colmillos afilados. No les miraba pero ellas sabían que él sabía que estaban ahí.

—   Tía…hay que correr... vámonos… ¿dónde está Marcos? ¿Dónde está su máquina? Blanca vámonos. —Pero Blanca se había quedado quieta, mirando fijamente desde su escondite al misterioso hombre. Parecía hipnotizada. Examinaba cada detalle de las alas, de la capa que hasta ese momento no había apreciado, de los colmillos…los labios que se relamía. Cómo les esperaba, altivo, con las manos cruzadas apoyadas en el mentón…¿quién era? Y lo más importante…¿dónde estaban? La lúgubre voz del hombre le sacó de su ensimismamiento.

—   Buenas noches, no tengáis miedo, no os voy a tocar. No por ahora claro. Venga, dad un paso adelante. Me gustaría veros.

Violeta ahogó un grito y se echó a llorar, pero Blanca, para sorpresa de su amiga, dio un paso adelante. Vi trató de impedírselo pero la joven ya había salido del escondite y miraba fijamente al desconocido.

—   ¿Dónde estamos? —su voz sonó segura, decidida. Él desconocido arqueó una ceja sorprendido. —Y…¿quién sois?

—   ¡Oh! ¿No sabéis dónde estamos? Estamos en La Otra Dimensión por supuesto, un lugar parecido al vuestro pero con ciertas…diferencias. Sí, llamémoslas diferencias. En cuanto a quién soy yo, es algo que iréis descubriendo según nos vayamos conociendo. —respondió riendo maliciosamente.

jueves, 15 de octubre de 2020

Día 15

  Baile (en un mundo paralelo)

Venecia estaba preciosa aquella noche y Violeta era incapaz de apartar la mirada de la ventana. La luna se reflejaba en los canales como si fuese su reina, como si el agua fuese su verdadero hogar y ella fuese su dueña. Tenía los ojos pegados al cristal concentrada en grabar a fuego aquel lugar, las vistas, qué ocurría más allá de la pared; las risas, los chapoteos, las damas vestidas de gala que susurraban en los portales…. Estaba tan embobada que no notó que alguien había entrado en la habitación.

—   ¿Os ayudo? —Violeta pegó un brinco y recordó de pronto el collar que a punto de caerse colgaba de sus manos. Todavía aturdida se acercó sin darse la vuelta asintiendo.

—   Gracias —musitó. Dio la espalda al dueño de la voz dejando a la vista su nuca. Este le apartó el cabello con delicadeza. Tenía las manos frías, notó Blanca, pero su tacto era tan suave que no dijo nada. Se puso el collar y le dejó el enganche trasero. Él se lo abrochó y dio un paso atrás.

Blanca se acercó al espejo, todavía sin girarse, todavía sin saludarle. Sus ojos color miel recorrieron su reflejo con una mezcla de rabia y admiración. Iba preciosa, no podía negarlo, pero lo odiaba. Odiaba sentirse guapa y que una parte de ella quisiera disfrutar esa noche aunque tenía más que claro que iba a ser imposible. De todas formas, caviló mientras terminaba de peinarse del cabello, ¿de qué le servía ir bella si era un baile de máscaras? Desvió la mirada hacia la suya que reposaba en la esquina superior izquierda del tocador. Era fina, sencilla, no muy brillante pero sí elegante. De color naranja, hacía juego con su vestido, y la pluma negra que sobresalía de un lateral, conjuntaba con los zapatos. Y con el corsé, pero el corsé no tenía pensado asomarse ni tenía planeado recibir visitas. Los zapatos en cambio podrían ser los grandes protagonistas.

Tras unos minutos se apartó para, finalmente, girarse hacía el desconocido que descansaba apoyado en el marco de la puerta. Llevaba puesta su máscara: ligeramente más voluminosa que la suya y entera de color de negro, muy sobria para su gusto, muy común para ella. Era incapaz de analizar sus expresiones pero notaba en sus ojos que él había estado esperando pacientemente, que le había observado con más curiosidad que impertinencia y que era un manojo de nervios bastante bien disimulado. La boca en cambio dibujaba una sonrisa ladeada que inspiraba tranquilidad. Le gustó, Violeta necesitaba templanza y calma para aguantar todo el baile con un desconocido. Si este era agradable sería más llevadero.

—   ¿Cómo os llamáis? —se atrevió a pronunciar. Esta vez fue el desconocido el que se llevó un sobresalto.

—   Eh…Marcos, de Rosa. De Rosa, Marcos. ¿Vos sois…Violeta Messina?

Violeta vaciló antes de responder. Cabría la posibilidad de mentirle, de decirle que no era ella, que se había equivocado y que lo sentía mucho. Así se libraría de ir al baile. Pero aquel chico, no mucho mayor que ella, no parecía tener malas intenciones. De hecho sus nervios y su rectitud le hacían más humano y su paciencia, el poco espacio personal que había invadido y la dulzura con la que le miraba decían mucho de él. O de lo que él quería aparentar en una primera impresión pero Violeta sospechaba que no era fachada, que verdaderamente él estaba en casi la misma situación que ella salvo en lado opuesto y con ligera ventaja.

—   Sí —contestó al fin. No se le pasó por alto el suspiro de alivio que Marcos trató de disimular. Por mucho que le transmitiese buenas sensaciones y una parte de ella quisiera de verdad pasárselo bien se recordó su propósito: no hacerlo para disgusto de sus padres.

—   ¿Nos vamos…? —Marcos le tendió el brazo y con una sonrisilla, no sabía si fingida o no, se aferró a él no sin antes coger su propia máscara.

Bajaron los escalones en silencio, dedicándose sonrisas de todos los calibres (nerviosas las de él, de suficiencia las de ella, de ternura por parte de él, de disgusto bien llevado por su parte), agarrados del brazo y tratando de no pisar la cola del vestido. Abajo les esperaba la claridad de las velas y un silencio sepulcral. Si no hubiera habido luz, Violeta hubiera temblado de miedo.

Fue ahí, en la entrada, cuando Violeta se fijó más detenidamente en los rasgos físicos de su acompañante. No en lo qué reflejaban o en cómo se comportaba sino en el color de sus ojos (negros como el carbón) y en la forma de su pelo. Rizado, ligeramente despeinado, como si hubiesen tratado de apelmazarlo pero el cabello se hubiese relevado. Alto, delgado, quizá no muy fuerte y algo espigado. Violeta asintió para sus adentros, parecía una persona bastante decente y coherente a ella. Estaba muy sorprendida por la elección de sus padres y si su orgullo no fuera más fuerte que su deseo de paz mental, igual hasta se lo agradecía más tarde.

En el carro apenas hablaron. La conversación se basó en un intercambio de palabras cordiales, menciones a conocidos en común, la familia, temas del día a día…hasta que llegaron a la puerta. El cochero les abrió y con un grácil saltito Marcos se bajó dispuesto a ofrecerle el brazo y ayudarle a bajar. Fue en ese intervalo de tiempo cuando Marcos pegó su boca a su oído y murmuró: — Tranquila, a mi tampoco me apetece. Tratemos de obviar las formalidades y disfrutar. —su mano apretó la de ella con ternura. Ella sonrió por primera vez de verdad y se dejó llevar dentro.

Dentro el ambiente era excesivamente cargante e insoportable para ellos dos pero a su vez, no desentonaban en nada. Bueno, el vestido de Violeta era de un color más atrevido de lo normal pero nadie reparaba en él por más de dos segundos. La suerte de llevar máscaras era que evitaba saludos incómodos aunque sabía que sus padres la vigilaban desde su posición (el balcón de la segunda planta). No iba a saludarles, no merecía la pena.

Marcos pasó buena parte de la noche buscando copas de las que beber y huyendo de los bailes. No consiguió escaparse del todo y les tocó bailar juntos más de una melodía. Ninguno se había aprendido los pasos y riéndose seguían a la multitud haciendo un apaño. Cuando no bailaban Marcos contaba anécdotas y la alejaba de los hombres que, cual babosos, no le quitaban los ojos de encima. Marcos fruncía el ceño enfadado pero Violeta estaba casi segura de que aquel chico sería incapaz de hacer nada contra uno de ellos. Poco a poco se fueron soltando y poco a poco a Violeta fue formándose la idea de que quizá estaba disfrutando y quizá aquel sí podría ser el adecuado.

Marcos se alejó un momento en busca de más bebidas y Violeta aprovechó para buscar a su madre entre la muchedumbre. La encontró entre un grupo de mujeres algo apartado. Dando saltitos de felicidad se acercó y esporádicamente hizo el amago de abrazarla por la espalda pero su madre se apartó.  Pero ya era tarde, porque Violeta ya se había anunciado con un leve “eh mamá”.

—   ¿Dónde se han quedado tus maneras? —inquirió cuando le vio acercarse. El mundo se le vino encima en un segundo y la poca felicidad acumulada se desvaneció. — ¿Cómo osas irrumpir de esta manera? —prosiguió. Cuatro pares de ojos la analizaban.

—   Madre yo….

—   Nada, de madre nada…discúlpate por llegar aquí casi corriendo. Recuerda que eres una señorita, una dama.

—   Pero yo…—no quería darse por vencida. No ahora, no después de haber acumulado tanta rabia. —solo quería decirte que casi estaba disfrutando y que casi era el adecuado. Gracias por estropearlo. —los espasmos de asombro de las amigas de su madre le acompañaron hasta la esquina más alejada de la sala.

No sabía ni cómo había sido capaz de soltarlo, con lo bien que estaba, con Marcos…¡Marcos! Se acordó de que el chico había ido a por bebidas y que probablemente la estaría buscando. No se paró a mirar atrás a su madre ni a secarse la lagrima que resbalaba por su mejilla. Quería salir de ahí, tirar el vestido, tirar la máscara (que en aquel momento agradecía llevar) y pasear a orillas del canal o tirarse a dormir. Suponía que Marcos podría acompañarla. Sus pies tropezaron con los de otra y tuvo que aferrarse al vestido de la desconocida para no caerse de bruces. Lo qué faltaba, maldijo para sí.

—   Perdonadme, perdón. Mis más sinceras disculpas. —quitó las manos del escote y se atrevió a levantar la mirada. Un par de ojos color miel le miraban joviales y divertidos. Violeta se apartó confundida y la desconocida rió dejando ver una amplia y luminosa sonrisa. De la nada el estómago empezó a dolerle pero muy suavemente, como si corriesen por su tripa un montón de bichos. Estaba confundida.

—   No os preocupéis, no todos los días tengo el placer de tropezarme con una bella dama. — Violeta enrojeció tras la máscara. La desconocida parecía más divertida aún. —¿Puedo saber vuestro nombre? —continuó. Violeta tragó saliva de golpe y notó como dentro de ella se originaba una llama.

—   Violeta…Violeta Messina. ¿Y vos? —no supo cómo no se trabó.

—   ¡Qué preciosidad! Perdonadme los modales, no estoy hecha para estas convenciones sociales. Soy Blanca Bianco. No hace falta que comentéis nada, mis padres se creían muy graciosos, ya sabéis. —no dejaba de sonreír y Violeta no dejaba de observarla. Ruborizada volvió a dar las gracias a su máscara. La “no tan desconocida” parecía observarla también, pero con preocupación y ternura. —Perdonad mi atrevimiento de nuevo pero veo una lágrima en vuestras mejillas, ¿estáis bien?

Violeta asintió absorta en los ojos de Blanca y con la manga del vestido se secó los lagrimones aun más roja. Blanca no dejaba de mirarla curiosa y en Violeta no paraban de crecer el dolor en su estómago. De crecer mariposas, como lo bautizó cuando se dio cuenta de las pestañas de la joven que tenía enfrente.

—   Está bien…¿queréis que nos alejemos a un lugar más despejado? —sugirió Blanca. Y las mariposas de Violeta revolotearon aun más fuerte.

Día 14

Hogar

Las sirenas de los coches de policía aturdían sus oídos. Le molestaba el ir y venir de la gente, la luz de las linternas, la lluvia, los gritos. Sobre todo detestaba los gritos.

En una esquina del comedor, acurrucada contra la pared se había permitido estar mal. Estar un rato sola, mal, llorando y gritando. Porque se lo merecía o más bien, lo necesitaba.

      Demasiadas noticias de golpe, demasiadas malas noticias, demasiada pena.

—¡Solo quiero ir a casa! —había sollozado unas horas antes delante de los policías. —A mi casa, a mi casa, allí, en Madrid. A mi hogar. Quiero ir allí. —continuó suplicando durante horas pues sabía que iba a regresar más tarde de lo previsto.

martes, 13 de octubre de 2020

Día 13

Un día de mala suerte

“Mala suerte” podía ser su apellido sin lugar a duda. Con un fuerte resoplido se agachó a recoger todo lo que había tirado. Poco más y casi se cae ella detrás. Montón de pelotas de ping pong rodaban por el suelo sin rumbo fijo. Banca iba detrás tratando de alcanzarlas para guardarlas en la bolsa de nuevo. Claro que, la bolsa tenía un agujero, el suelo estaba ligeramente inclinado y ella no destacaba por su agilidad. De fondo sonaba “Dancing Queen” y la escena era digna de retratarse en un cuadro.

Se tropezó varias veces con la misma pelota y tras haber hecho mil intentos de pillarla se desesperó. Se dejó caer al suelo con la espalda contra la pared y las manos cubriendo. Las pocas pelotas que había rescatado volvieron a su hábitat natural: el suelo. No quería ponerse a llorar por eso pero se permitió el lujo de repasar todo el día que llevaba y dejar escapar alguna lagrimita. Aquello no era ni medio normal pero también ella era un poco dramática.

Había empezado el día discutiendo con Marcos y Vi por una chorrada. Ella se había levantado de mal humor y dio comienzo al desastroso día. Luego, en una de las actividades (una gincana ambientada en Las mil y una noches) los niños la habían liado por un fallo de ella al explicar las instrucciones. Más tarde, se había tropezado y se había hecho un buen rasguño en la rodilla (que no le dijo a nadie) y a continuación, su ropa interior se había vuelto rosa por haber metido en la lavadora unas braguitas rojas. Todo era hasta cierto punto normal en su día a día pero justo después del incidente con la ropa la llamaron para contarle que su abuela había ingresado en el hospital y que no sabían si saldría. Supo sobrellevar la situación como una adulta delante de los niños, negándose a tomar un descanso para despejarse, y aun así, en la evaluación los peques dijeron que “Blanca casi no juega con nosotros, es muy aburrida”. Un puñal por la espalda dolía menos, estaba segura. Si le sumabas que por orgullo no les dirigía la palabra a sus compañeros salvo delante de los niños…No había dado ni un abrazo ni había querido consuelo de nadie, se había tragado su mal día y había seguido adelante.

Hasta las pelotas. Las malditas pelotas de ping pong. Desperdigadas por el suelo, inquietas, incapaces de ponerse en orden. Cada una de ellas representaba su mal humor, su mala suerte, la facilidad que tenía para fastidiar cualquier momento. Secándose las lagrimas con una dosis de dramatismo añadida se incorporó. Miro las pelotas, miró el agujero de la bolsa. A la mierda, pensó, de aquí solo puede ir a mejor. Y comenzó a cazar pelotas de nuevo.

lunes, 12 de octubre de 2020

Día 12

Estación favorita

Detestaba el verano pero no le quedaba otra que superarlo. El calor, el sol, las camisetas cortas…nada, nada de eso le gustaba. Por suerte allí donde estaba había días en los que podía llevar sudadera e incluso pantalón largo. Odiaba hasta el concepto de vacaciones, amigos, fiesta y piscina. Luego, lo disfrutaba, pero en su interior se quejaba. En cambio adoraba el otoño. Era muy típico y lo sabía, pero le daba igual. El sonido de las hojas crujiendo bajo sus pies, los tonos marrones, mostazas y rojizos que teñían el ambiente, el olor a castañas y a calabaza, los cafés con espuma de leche por encima y las sudaderas. Pensaba que la temperatura era la ideal, que los árboles volvían a la vida perdiendo sus hojas, que la lluvia depuraba el aire y que la luna brillaba más en otoño. Donde él vivía no había bosques, por no haber no había ni árboles así que la imagen de aquel lugar en otoño se le presentó alucinante.

Además, el otoño traía consigo nuevos comienzos o así lo veía él cada 21 de septiembre. Rutina, cuadernos nuevos, libros, lápices, bolis, cafés apurados en la cafetería de la universidad, paquetes de clínex de ruta por sus mochilas y post-it con notas que jamás serían recordadas. Temporada de estudiar, de emocionarse por Halloween como un niño, de verse todas las películas de miedo habidas y por haber y rememorar los clásicos del cine sobrenatural. Y por supuesto, de devorar libros de dark academia y recomendar El Club de los Poetas Muertos a todo el qué le pedía consejo.

Quizá era demasiado amante del otoño y su brisa, quizá se sentía más seguro dentro de lo conocido, de la seguridad que le daba una rutina, entre libros, folios arrugados y tardes de biblioteca. Quizá el otoño le gustaba porque en él no desentonaba, porque encajaba con su ambiente.

Día 3

3.  AMOR Olivia se separó del espejo para verse mejor de cuerpo entero. Los últimos cinco minutos los había pasado con la cara pegada al cri...