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lunes, 11 de julio de 2022

Reto Nº 4: nuestro personaje se encuentra con alien

 El reto nº3 me lo salto por si me da por presentarme al concurso. El número 4 y el último consistió en relatar el encuentro de nuestro personaje con un alienígena.  Este me dio por continuarlo, pero no me está gustado el resultado. El guiño a Anatomía de Grey era necesario.

Llegar a casa después de un largo día era el placer más codiciado por Marina un jueves aleatorio. Había ido al examen de recuperación de aquel día para sorpresa de todo el mundo, luego había comido en las mesas del campus con sus compañeras más cercanas, segunda sorpresa del día porque normalmente rehuía de la compañía, y por último había ido a trabajar a la librería toda la tarde hasta el cierre. Podía decirse que estaba cansada pero por un motivo fundamentado, no como otras veces.

Abrió la puerta del portal a tirones y se montó en el ascensor arrastrando los pies. De camino a casa se había parado en un restaurante chino y llevaba una bolsa humeante de tallarines fritos y pollo con almendras que pretendía cenarse ella sola mientras acababa por segunda vez la octava temporada de Anatomía de Grey. En el tercer piso se bajó por inercia girada hacía su puerta y con las llaves en posición de abrir cuando su vista cansada se topó con la puerta entornada. De un espasmo la bolsa de comida cayó al suelo, se había quedado sin cena.

Parpadeó incrédula más que asustada ¿había vuelto su madre? No lo creía pero era la opción más factible. ¿Su abuela? Descartó la idea, su abuela le habría avisado. ¿Un robo? Los vecinos habrían llamado a la policía ¿no? Igual no, aunque lo hubiese preferido a su madre. Entró con cautela y sigilosa, no le apetecía el reencuentro. Dentro todo estaba inusualmente en silencio y eso no era propio de su madre. Empezó a tener miedo.

Se adentró hasta la cocina, vacía, el salón, vacío, su habitación, vacía. No había indicios de que nadie hubiese entrado, todo estaba en su sitio. Su antigua habitación también estaba vacía. Quizá se hubiese dejado la puerta abierta por la mañana, pensó mientras hacía por tranquilizarse sopesando todas las opciones. Volvió sobre sus pasos sin ni siquiera mirar en el baño, dudaba que alguien eligiese ese cuarto para robar.

– Hola, hola – Marina pegó un salto y gritó. Sin girarse cogiendo mucho aire respondió.

–¿Qui…qui…quién… eres…? ¿Qué…qué haces en mí ca...casa?

– Hola, yo quería depositar mis deshechos y mi guía me ha traído hasta aquí.

Marina se dio cuenta que la voz no sonaba humana, parecía salida de una película de ciencia ficción. Apretó los dientes hasta el punto de hacerse daño. Cogió aire con la boca, la voz no sonaba malvada ¿no? ¿Y qué era eso de depositar deshechos? ¿La estaba atracando? La joven, que se creía experta en resolver situaciones conflictivas de mucho riesgo (mentira) y que llevaba demasiado cansancio encima como para pelearse, decidió darse la vuelta con las manos en alto.

– Quieres decir ¿cagar? – preguntó mientras se giraba. Al instante todo lo que ella creía saber sobre atracos se le olvidó por completo. Ante ella un ¿ser? ¿humano? de color verde oscuro, dos ojos y pinchos recubriéndole la espalda, hacía una mueca simulando una sonrisa. – ¿QUÉ NARICES ERES? ¿QUIÉN ERES TÚ? VETE DE MÍ CASA

– Yo solo quiero depositar mí basura interior, no me grites por favor. Aquí lo hacéis mucho, no me gusta. Me asusta.

– PERO CÓMO NO TE VOY A GRITAR, ¡ERES UN TÍO VERDE! ¡CON PINCHOS!

– Son para camuflarme entre los árboles

–¿QUÉ? TÍO ¿DE DÓNDE HAS SALIDO COLEGA?

– Eso es…¿de dónde soy? De un planeta cercano, estaba de viaje y…

–¿CÓMO QUE DE UN PLANETA? TRONCO, VOY A LLAMAR A LA POLÍCIA Y ESO QUE NO ME GUSTAN

–¿A quién?

– A LA POLÍCIA, IDI*TA

–¿Y qué hacen?

–¿ME ESTÁS VACILANDO?

–¿Qué es eso? Yo solo quiero depositar, por favor, no me aguanto las ganas

– Estás flipando colega, ¿qué te has fumado? ¿de dónde es un disfraz?

–¿Qué es un disfraz? ¿Puedo depositar?

– J*der…el baño está ahí, segunda puerta a la derecha. –accedió Marina con los ojos en blanco. –lo que faltaba, sin cena, sin Anatomía, y con ¿esto?

Reto Nº 2: narrador en 2º persona

 El segundo reto del campamento consistió en escribir un relato en 2º persona desde la perspectiva de nuestro personaje.

¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos? Sujetabas dos copas con la mirada perdida entre la gente. Fue en ese momento cuando te cruzaste con la mía. Sonreíste en un amago de aparentar estar pasándolo bien y te alejaste de la barra con la clara intención de acercarte. Por el camino, distraído, le tendiste una de las copas a tu amigo y continuaste hacía mi dirección, decidido y sin dejar de sonreír con picardía. Me preguntaste mí nombre, sin ni siquiera saludar, y lo susurraste despacio mordiéndote el labio “Marina…". “Interesante…”  continuaste con el que entonces era tu tono seductor. Me pediste el número sin rodeos, me sacaste a bailar sin apenas preguntar, decidiste que me dejaría llevar y me entretuviste toda la noche. Me acompañaste a casa y me besaste en el portal, con la impaciencia de quien ha esperado hasta el momento oportuno y la delicadeza que te caracterizaba.

¿Recuerdas la primera vez que quedamos? A solas. Llevabas tus vaqueros desgastados, la sonrisa ladeada que sabías que me volvía loca y una flor porque te acordabas de que de fiesta había mencionado que me gustaban las margaritas. Condujiste por la costa preguntándome sobre mi vida. Escuchaste mi historia sin pestañear, no me miraste con compasión ni con lástima, solo me abrazaste al bajar del coche. ¿Te acuerdas de aquella gaviota que te persiguió en la playa? De cómo corrías desesperado, de cómo no podías parar de reír y de cómo me mirabas con esos ojitos llenos de luz.

¿Eres consciente de cómo fue nuestra relación? ¿De cómo me ilusionaste y me embaucaste con tus palabras? Empezaste sin previo aviso, con palabras bonitas, preguntas incómodas y deseos impensables. Me decías que era tuya y que aquello sonaba bonito. Me recordabas que solo podía salir contigo porque “era muy guapa para que me viese el resto del mundo”, hacías que me lo creyera. Me engañaste con personas que conocía, me mentiste acerca de tu vida y me alejaste de los pocos amigos que tenía. Una vez me preguntaste si era feliz, me vendiste un tipo de amor que no nos correspondía y continuaste con tus artimañas.

¿Sabes por qué lo dejamos? ¿Sabrías decirme los motivos? No sabías nada, o eso proclamabas cuando me enfadaba. Me repetías una y otra vez que nos iría mejor, me prometías que cambiarías aunque no sabías qué cambiar. Me dejaste muchas veces por teléfono y volvías al día siguiente con flores y cartas de “perdones”. Te pensabas que mi mundo giraba en torno al tuyo y con frecuencia me reprochabas que fuera a ver a mí abuela. Mi abuela, ¡ya ves tú que celos te podía dar mi abuela! Un día me contaste que lo estabas pasando mal porque “apenas nos veíamos”, y vivía casi en tu casa. Me hiciste un hueco en tu escritorio para estudiar juntos porque en la biblioteca había mucha gente. Te aprendiste mi horario y me venías a recoger sin pedírtelo. Luego me pediste que dejara de ir a clase.

El día que lo dejamos me suplicaste que te perdonara, te faltó muy poco para ponerte de rodillas. Actuaste como lo hace un manipulador cuando no quiere dejar escapar a su víctima. Me soltaste todo el rollo de que yo era muy importante para ti, que me habías salvado, ¿tú a mí? Ni tú te lo creías. Me dijiste te quiero entre lágrimas de cocodrilo, no me soltabas el brazo y cuando viste que la situación no se resolvía cómo querías, me levantaste la mano. Te volviste hecho una furia, ni siquiera tú te reconocías, pero lo hiciste.

             

Reto Nº 1: primera impresión del personaje

 El primer reto del campamento de escritura era escribir un relato de 600 palabras en el que se diese la primera impresión del personaje que acompañó el resto del campamento.


Despertarse era la tarea más complicada del día para Marina y con su mala leche mañanera aporreó el despertador hasta que dejó de sonar. Dejó de usar el móvil como alarma cuando rajó la pantalla de un golpetazo. Perezosa se incorporó sobre el colchón, buscó a tientas con los pies las chanclas y gruñó. Bajó las escaleras arrastrando los pies, bostezando por el camino y con cara de pocos amigos. Ya en la cocina se sirvió el café con dos cucharadas de azúcar y un pelín de leche y el rostro se le iluminó brevemente. Realmente el café hacía magia en ella, o al menos, por fuera, por dentro seguía luchando contra las ganas de volverse a la cama y encerrarse en su mundo y sus pensamientos.

Una vez acabó de asearse y vestirse salió de casa con los auriculares puestos, la música a tope y el móvil avisándole de ello. Era su mecanismo de defensa contra saludos no deseados y conversaciones incómodas en el metro. “Si no los oigo, no los veo”, era su lema de vida.  El metro iba lleno, como todas las mañanas, y tuvo que codearse, además con ganas, para poder sujetarse en una de las barras. Una señora que sostenía en equilibrio una barra de pan le miró fijamente con el ceño fruncido. Marina sonrió con suficiencia y orgullo. Mentalmente anotó en su lista de “personas que no me soportan” a “señora del metro”. La lista era cada vez más larga.

Se bajó con los mismos codazos en su parada y salió casi escopetada. Llegaba tarde pero no lo suficiente para echarse a correr. Tampoco la persona que la esperaba lo merecía. Ella solo corría por el metro, tren, autobús y su abuela. Cuando llegó a su destino ya la estaban esperando.

–Tía, llegas tarde, diez minutos tarde y sabes que no me puedo quedar mucho, no nos pueden ver juntos -protestó quien la esperaba. – Ten, son 350 euros. Ten cuidado, yo no quiero tener nada que ver con lo que sea que vayas a hacer.

Marina obvió el comentario dirigido a su tardanza. Sabía de sobra las consecuencias que podía tener llegar tarde a “su cita”, pero le daba igual. Todo le daba igual en la vida, incluso gastarse esa cantidad de dinero en “aquello”, de hecho, pensaba que era una ganga. Bastante mal le había ido como para encima tener que preocuparse por los demás. La filosofía de “si total, voy a morir más pronto que tarde” era su otra guía en la vida.  Cogió el paquete que le tendía su acompañante, lo abrió, lo observó y asintió. Sacó el dinero oculto entre su sudadera y su sujetador y, una vez hubo pagado incluyendo un extra por las molestias, su acompañante se marchó. Esperó unos segundos y salió en dirección contraria con el paquete oculto bajo la sudadera. Rápido, sin conversación incómoda, sin preguntas, como le gustaba. Todo en orden aparentemente.

De vuelta en el metro reflexionó acerca de lo poco que le gustaba hablar y cómo había conseguido relacionarse y tener contactos sin apenas hacerlo. No amigos como tal, pero sí contactos. De esos tenía, de los otros no. Llegó a su siguiente destino en poco tiempo y esta vez sí aceleró el paso hasta que echó a correr calle abajo. En el transcurso de esa carrera hasta el portal número 6 Marina fue mudando de piel hasta conseguir una sonrisa más o menos verdadera.

Llamó al telefonillo aferrando con fuerza el paquete y cuando escuchó el “¿quién es?” susurró con la voz más dulce que pudo imitar: “abu, soy yo, abre”.

sábado, 2 de octubre de 2021

Día 2

2. CELESTE

Era el vestido más bonito que había visto jamás. De azul celeste y piedras en el escote de palabra de honor. El vuelo y la falda caían cual cascada y a Estela le brillaban los ojitos solo viéndolo. Pero el precio era demasiado alto y la rabia se manifestaba en su puño cerrado. Algún día, algún día conseguiría ser el cielo celeste que tanto anhelaba.

viernes, 1 de octubre de 2021

Día 1


  1. ELECTRICIDAD

El vello se me eriza justo en el instante en el que mi mano roza su brazo. Suspiro y me alejo temerosa en un gesto ágil. Pero se ha dado cuenta y se ríe. Con gracia se acerca y ahora es ella quien posa su mano en mí hombro. El calambre nos recorre a las dos a la par y nos echamos a reír. Ella se junta un poco más arrastrando la suela de las zapatillas por las baldosas del suelo y con delicadeza posa su nariz en mí cuello. Me llega un ínfimo calambrazo pero no es eso lo que me pone la piel de gallina, sino su cercanía. Sonrío embobada y me dejo llevar por su perfume que se ha incrustado en mi cuello. Ella no se aparta y yo la atraigo un pelín más hacía mí. 


Llevamos toda la tarde dándonos calambrazos porque ni con esas somos capaces de soltarnos. Que si nos damos la mano,un beso, entremedias un chispazo...al décimo nos hacía tanta gracia que decidimos andar aposta arrastrando las zapatillas. Sentadas en aquel banquito frente a la plaza del centro comercial ahora decorada para Halloween me recuerdo que nuestra relación ha sido y esa así de repente.


A veces nos cuesta más encajar, otras nos cuesta más reírnos pero en ocasiones la electricidad fluye entre nosotras haciéndonos a ambas dos cargas positivas. 

 

martes, 24 de agosto de 2021

Verde


Con la sombra en la cintura

ella sueña en su baranda,

verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

                       -Lorca


El Lam quedó suspendido en el aire rasgando la tensión que inundaba el ambiente. El acorde cayó como un peso pesado rompiendo la atmósfera que se había creado. El llanto de la guitarra se apagó menguante. Los aplausos tardaron en estallar y cuando lo hicieron desplazaron los cimientos del escenario en el que estaban situados. La intensidad creció tanto que el silencio se demoró. La Guitarra observaba serena a su público, estática, todavía lacrimosa pero en paz. En paz con los acordes que tan estrepitosamente había rasgado, en paz con las cuerdas que había punteado con quizá demasiada brusquedad, en paz con su público más íntimo. 


Ella, en la baranda, se asomaba inquieta para ver mejor. Su cuerpo estaba casi más fuera que dentro del palco y el vuelo de su falda ondeaba a ras del suelo. Alguien le gritaba que por favor se echara para atrás, que se caería en un descuido. Pero ella no escuchaba ni pretendía hacerlo sino era la Guitarra la que hablaba. Por fin, sus miradas se cruzaron. Esta vez fue su corazón el que quebró cuando sus ojos negros se cruzaron con los suyos de color plata. Bastó una mirada para que terminara de resquebrajarse y el mundo se paralizara a su alrededor. La Guitarra sonrió y ella se sonrojó. Su falda se posó en el suelo cuando ella se apartó de la baranda que hacía las veces de muralla entre ella y su Guitarra. Con las prisas de una colegiala enamoradiza salió corriendo a trompicones con sus manoletinas de color rojo y su cabello al son de la brisa que se colaba por las rejillas del teatro. Bajó las escaleras de dos en dos y saltó el último escalón derrochando ilusión. Se escurrió por los pasillos que se había aprendido de memoria hasta llegar entre bambalinas y zona de camerinos. 


No dejó de sonreír ni un segundo, ni cuando el tic tac del reloj interrumpió sus pensamientos recordándole que el tiempo pasaba y él no aparecía. La esperanza reflejada en su lazo color verde no se perdió ni cuando la luna se asomó por la cristalera amenazando con dejar paso a la noche. Vio pasar al resto del ensemble, escuchó los comentarios más despiadados y los rumores más malvados, pero ella no se inmutó. Solo se sobresaltó cuando el conserje le avisó de que cerraría la verja, que debía marcharse, que él ya había salido. Le dolió tanto que no pudo ni llorar y fue la rabia la que salió a flote. 


Aquella noche ella no durmió pensando en formas de vengarse, ni siquiera se replanteó escuchar sus perdones. Siempre le prometía que después de los conciertos se verían y le regalaría flores, que la llevaría entre bambalinas y se probaría los trajes de las bailadoras, que podría tocar la guitarra bajo su atenta mirada. Que él sería el maestro de su vida y ella su pupila más querida. Fueron esas cantinelas, esos cuentos idílicos que prometían una mejor vida los que la enamoraron. Por un tiempo se dejó llevar por sus palabras esperanzadoras y sus acordes más románticos como si de un vals se tratase y él fuera su guía y ella la niña que aprendía a bailar. A cada paso que daban su corazón al compás latía con más fuerza y su mente viajaba a lugares hasta entonces desconocidos. 


Pero no todo era felicidad, aquello solo resultó ser la capa de barniz que pintas sobre la madera podrida tratando de volver hacerla brillar. El engaño se hacía más grande a cada paso que daban y ella se había dado cuenta. Al principio lo dejó pasar por la promesa de arreglarlo en los labios de él. Luego, se enfadó y fue ella quien pidió perdón por no haber sido suficiente. Al final, la verdad se mostró disfrazada de canciones de amor y ella decidió iniciar su propia partida. Abrir los ojos fue un camino duro pero cuando lo hizo no se dejó llevar por la tristeza, la pena o la insuficiencia sino por la ira. 


La sed de venganza era tal que tuvo que recordar que derramar sangre no era una opción viable. El ramo de margaritas llegó la mañana siguiente acompañado de una nota que suplicaba el perdón y acordaba una cita tras el siguiente concierto. Titubeó cuando la leyó con la piel de gallina y los nervios a flor de piel. El trazo de su letra, la elegancia con la que se despedía con una sentencia en forma de “te amo” manchado de falacias, provocó que rasgara el papel que tantas otras veces había conservado. Fue entonces cuando se permitió derramar lágrimas dejando brotar una cascada de recuerdos y promesas pasadas. 


¡Ay su querida Guitarra que tantas veces le había cantado al amor! ¡Qué tantas veces había prometido quedarse a su vera de madrugada! Que le había visto bailar con las demás chiquillas del pueblo y con su guitarra las había acompañado siendo el primero en apostar por sus sueños. Que tanto le había repetido que la edad solo era un número, que ella sería la más grande, que bailaría con las mejores al son de las mejores guitarras, que cumpliría su sueño. ¡Ay su Guitarra! qué le había llevado a orillas de la Alhambra para jurarle amor eterno a la luz de la luna gitana. Haber caído en la trampa fue un duro golpe pero salir de ella dolía como si mil espinas se clavaran en su costado y las rosas trataran de no soltarla. 


Ahora quería clavarle un puñal, hacerle una herida desde el pecho a la garganta y ver cómo su sangre se derramaba. ¿Y si no había sido la única a la que había engañado? ¿Y si ella no era la única a la que había tratado como una muñeca? a su antojo, solo para lo que él quería, para llenarla de besos y caricias cada vez más lascivas entre los recovecos del arroyo y hojas verdes. Si tan solo pudiera arrebatarle lo que más quería...Como él le había arrebatado el amor. Verle llorar como lloraba su guitarra sobre el escenario. Gritar a los cuatro vientos lo mala persona que era y buscar entre el gentío apoyo, por si acaso, por si su miedo era cierto y no era la única.


Pero no hizo nada. ¡Cuántas veces le esperó en la baranda! se lamentaba. ¡Cuántas veces le esperó frente al camerino! con su cabello azabache ondulante y su lazo verde en la muñeca. Con el corazón rebosante de amor y el deseo dibujado en sus labios. Cuántas veces había visto cerrar la puerta del teatro con los dedos cruzados por si aparecía en el último momento. Y cuántas veces había visto al conserje cerrar la verja de fuera con la lástima esparcida por su rostro tratando de fingir por ella. Ya no creía en la esperanza de que él cambiara y dudaba de si su amor había sido en algún momento verdadero. 


No hizo nada aunque soñó con retorcer las cuerdas de su guitarra, arrancarlas de cuajo y salir corriendo. Recordó, entre pesadillas, sus manos sobre su cuerpo y como después de eso, él no había querido dar ni un paseo. A cambio le había llenado la cabeza de dulces palabras y sonatas nocturnas que ella había creído y vivido entre sonrisas. 


No hizo nada más que llenarse de ira y de llanto y hundirse en la sed de venganza. No hizo nada salvo encerrarse entre las sábanas de su cama. No hizo nada porque el miedo la apresaba entre sus garras y la pena por lo vivido la consumía con avidez.

domingo, 21 de febrero de 2021

Un, dos, tres

            Un

Dos

Tres,

Un

Dos

Tres,

Un

Dos

Tres,

Un

Dos

Tres

 

            La música se colaba en aquella habitación como si fuera una mota de polvo que se deshace en cuanto la rozas. Apenas se escuchaba el murmullo de la orquesta que en el salón principal acogía a quienes se atrevían a bailar. Allí en cambió no bailaba nadie si no que las miradas se entretejían en el espacio vacío juzgándose y retándose por ver quien dejaba escapar la primera palabra. En el sillón verde se sentaba él, con las piernas cruzadas, la vista dirigida hacia ella pero con la mirada confundida y tímida. En la silla de enfrente se sentaba ella, con las manos sobre la falda y con los ojos buscando donde posarse. Siempre acababan sobre él. Ninguno hablaba.  

Un

Dos

Tres,

            Se escuchaba la melodía del salón. Un vals. Ella siguió el compás con los dedos y él redirigió su mirada hacia su mano. Ella volvió su rostro hacia el de él aprovechado ese descuido y sonrío un segundo. Al instante borró la sonrisa, disimulando. Él volvió a centrarse en el rostro de ella.

Un,

Dos,

Tres,

            La mano de él comenzó a repiquetear al son de la música inaudible y ella alzó una ceja con gracia. Él paró avergonzado, ella dejó escapar otra sonrisa. Él abrió mucho los ojos, sorprendido, y ella volvió a serenarse con las mejillas sonrosadas. Ambos bajaron la vista al tapiz que cubría el suelo.

Un

Dos

Tres,

            Ella movió los pies sin quererlo pues la melodía aumentaba su volumen. Quizá fuera que ella se forzaba por escucharla, quizá la orquesta había cambiado de sala. Él lo notó y la imitó acompañándose de sus manos sobre las rodillas. Ella enarcó ambas cejas y sin apartar la mirada del suelo, se levantó. Él dejó escapar un gruñido de sorpresa. Ella se acercó al sillón verde.

Un,

Dos,

Tres,

            Él la miró y ella le tendió la mano. Él la acepto dudoso. Ella se limitó a sonreír iluminando la habitación. Él entonces rio y se levantó. La música se escuchaba más cerca. Ella se aferró a su brazo y él la rodeó por la cintura. Su brazo tembló cuando la rozó pero ella asintió.

Un,

Dos,

Tres,

            Comenzaron con pasos torpes, hacia la derecha, tropezándose con la falda. Ella le pisó y él a ella. Ella quiso despegarse de la falda y él se maldecía por hacerlo tan mal. Ambos se movieron por la habitación al compás olvidándose de quiénes eran, de qué hacían allí. De si debían hacer eso o no. Bailaban cada vez más sueltos, menos tensos, intercambiando sonrisas. Los ojos castaños de ella brillaban y los de él, azules, podrían haber iluminado la sala.

Un,

Dos,

Tres

            La música cesó pero no su vals. Alargaron el baile hasta que sus pies no pudieron más y tuvieron que respirar. Sudorosos y exhaustos se miraron. Fue ella quien dio el primer paso, acercándose aun más, juntando pecho con pecho. Él tragó saliva pero no se alejó. Ella le apartó el pelo de la cara. Él se dejó. Ella subió su mano hacia su rostro, él dejó de respirar, ella se acercó aun más. Cerraron los ojos a la vez. Ella unió sus labios. Él no se despegó. Ella respiró fuertemente con ansia. Él acarició su espalda. Ella guio su mano hacia los lazos del vestido y él empezó a temblar aun más fuerte. Ella se rio y susurró en su oído con picardía “es como bailar un vals, ya verás”. 

Día 3

3.  AMOR Olivia se separó del espejo para verse mejor de cuerpo entero. Los últimos cinco minutos los había pasado con la cara pegada al cri...