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domingo, 24 de julio de 2022

Mar

El viento soplaba con fuerza en el balcón con vistas al mar del edificio de piedra blanca que coronaba el paseo marítimo. En él una mujer se cepillaba su cabello oscuro y ondulado mientras tarareaba una antigua canción. Se batía en duelo con el viento por ver quién domaba su pelo.

Desde allí vigilaba el oleaje y suspiraba cuando la brisa marina impregnaba el aire de su alrededor. Con los ojos cerrados suplicaba en silencio que se la llevara el mar, con un solo movimiento, en un solo instante. Que se la tragara una ola.

Pero aquello era imposible al menos desde la distancia y desde la altura a la que se encontraba. Tendría que acercarse a la playa o lanzarse desde los acantilados. Tendría que salir y lo tenía prohibido.

Encerrada en aquel balcón intentaba no llorar mientras se cepillaba el pelo aparentando calma y tranquilidad. Hacía tiempo que había aprendido a no mostrarse vulnerable. Sollozaba casi susurrando aunque de vez en cuando se le escapaba un sonoro hipido.

La baranda se tambaleaba según incrementaba la fuerza del viento y el oleaje era cada vez más violento. Ella soltó el cepillo pues era incapaz de desenredar los nudos con tanto aire. La sal que traía la brisa del mar se le pegaba en los labios que saboreó con dulzura.

Si tan solo pudiera escapar y caminar hacía la playa, pasear sobre la arena con los pies descalzos, sentir la humedad de la orilla, saltar las olas, dejarse llevar por el océano. Si pudiera escapar iría directa al mar, sin pensar siquiera en las consecuencias o en otro lugar en el que le gustaría estar. Había soñado tantas veces que era una sirena debajo de agua, que jugaba con los peces y con los erizos, que nadaba con delfines y llenaba de espuma a las ballenas. Soñaba como si fuese una niña por la infancia que le había sido arrebatad, por los años sin pisar la calle, sin respirar más aire que el de sus ventanas, ni probar más sabores salvo los que le cocinaban.

Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba en aquella habitación, fingiendo normalidad, que todo iba bien, que ella era libre y no una prisionera. Prisionera de quienes no querían que labrase su futuro fuera de aquellas tierras ni que se casara con el marinero que le cantaba, hace mucho, serenatas bajo la ventana. Ella no había logrado zafarse de las garras de su padre que la mantenían presa en sus pesadillas.

Si solo pudiera lanzarse desde el acantilado o saltar desde el balcón o perderse entre las olas. Si tan solo la liberaran. Si tan solo olvidaban. Si tan solo perdonaran. Si tan solo él regresara.

Amor eterno le había jurado, a la luz de la luna con voz infantil cuando todavía le permitían escabullirse al jardín. Años más tarde volvió para cumplir la promesa y ella bajó las escaleras con la más ancha de las sonrisas. Le confesó que ahora era marinero, que la llevaría en su barco a islas desconocidas, que no se separaría de ella. Que se casarían. Ella aceptó. Pero no su padre, quien replicó que aquella no era vida para una dama como ella, que se merecía algo mejor y que hasta encontrarlo permanecería encerrada en aquel lugar que hacía mucho que había perdido el significado de la palabra hogar.

Ahora ella fingía ser valiente y esperaba a su marinero todas las tardes en el balcón, esperando la llegada de la luna para que iluminara el océano y pudiese ver los barcos que poco a poco llegaban al puerto. Solo eso le mantenía con vida pues fundirse con el mar seguía siendo el mayor de sus deseos, para su desgracia.

lunes, 11 de julio de 2022

Reto Nº 4: nuestro personaje se encuentra con alien

 El reto nº3 me lo salto por si me da por presentarme al concurso. El número 4 y el último consistió en relatar el encuentro de nuestro personaje con un alienígena.  Este me dio por continuarlo, pero no me está gustado el resultado. El guiño a Anatomía de Grey era necesario.

Llegar a casa después de un largo día era el placer más codiciado por Marina un jueves aleatorio. Había ido al examen de recuperación de aquel día para sorpresa de todo el mundo, luego había comido en las mesas del campus con sus compañeras más cercanas, segunda sorpresa del día porque normalmente rehuía de la compañía, y por último había ido a trabajar a la librería toda la tarde hasta el cierre. Podía decirse que estaba cansada pero por un motivo fundamentado, no como otras veces.

Abrió la puerta del portal a tirones y se montó en el ascensor arrastrando los pies. De camino a casa se había parado en un restaurante chino y llevaba una bolsa humeante de tallarines fritos y pollo con almendras que pretendía cenarse ella sola mientras acababa por segunda vez la octava temporada de Anatomía de Grey. En el tercer piso se bajó por inercia girada hacía su puerta y con las llaves en posición de abrir cuando su vista cansada se topó con la puerta entornada. De un espasmo la bolsa de comida cayó al suelo, se había quedado sin cena.

Parpadeó incrédula más que asustada ¿había vuelto su madre? No lo creía pero era la opción más factible. ¿Su abuela? Descartó la idea, su abuela le habría avisado. ¿Un robo? Los vecinos habrían llamado a la policía ¿no? Igual no, aunque lo hubiese preferido a su madre. Entró con cautela y sigilosa, no le apetecía el reencuentro. Dentro todo estaba inusualmente en silencio y eso no era propio de su madre. Empezó a tener miedo.

Se adentró hasta la cocina, vacía, el salón, vacío, su habitación, vacía. No había indicios de que nadie hubiese entrado, todo estaba en su sitio. Su antigua habitación también estaba vacía. Quizá se hubiese dejado la puerta abierta por la mañana, pensó mientras hacía por tranquilizarse sopesando todas las opciones. Volvió sobre sus pasos sin ni siquiera mirar en el baño, dudaba que alguien eligiese ese cuarto para robar.

– Hola, hola – Marina pegó un salto y gritó. Sin girarse cogiendo mucho aire respondió.

–¿Qui…qui…quién… eres…? ¿Qué…qué haces en mí ca...casa?

– Hola, yo quería depositar mis deshechos y mi guía me ha traído hasta aquí.

Marina se dio cuenta que la voz no sonaba humana, parecía salida de una película de ciencia ficción. Apretó los dientes hasta el punto de hacerse daño. Cogió aire con la boca, la voz no sonaba malvada ¿no? ¿Y qué era eso de depositar deshechos? ¿La estaba atracando? La joven, que se creía experta en resolver situaciones conflictivas de mucho riesgo (mentira) y que llevaba demasiado cansancio encima como para pelearse, decidió darse la vuelta con las manos en alto.

– Quieres decir ¿cagar? – preguntó mientras se giraba. Al instante todo lo que ella creía saber sobre atracos se le olvidó por completo. Ante ella un ¿ser? ¿humano? de color verde oscuro, dos ojos y pinchos recubriéndole la espalda, hacía una mueca simulando una sonrisa. – ¿QUÉ NARICES ERES? ¿QUIÉN ERES TÚ? VETE DE MÍ CASA

– Yo solo quiero depositar mí basura interior, no me grites por favor. Aquí lo hacéis mucho, no me gusta. Me asusta.

– PERO CÓMO NO TE VOY A GRITAR, ¡ERES UN TÍO VERDE! ¡CON PINCHOS!

– Son para camuflarme entre los árboles

–¿QUÉ? TÍO ¿DE DÓNDE HAS SALIDO COLEGA?

– Eso es…¿de dónde soy? De un planeta cercano, estaba de viaje y…

–¿CÓMO QUE DE UN PLANETA? TRONCO, VOY A LLAMAR A LA POLÍCIA Y ESO QUE NO ME GUSTAN

–¿A quién?

– A LA POLÍCIA, IDI*TA

–¿Y qué hacen?

–¿ME ESTÁS VACILANDO?

–¿Qué es eso? Yo solo quiero depositar, por favor, no me aguanto las ganas

– Estás flipando colega, ¿qué te has fumado? ¿de dónde es un disfraz?

–¿Qué es un disfraz? ¿Puedo depositar?

– J*der…el baño está ahí, segunda puerta a la derecha. –accedió Marina con los ojos en blanco. –lo que faltaba, sin cena, sin Anatomía, y con ¿esto?

Reto Nº 2: narrador en 2º persona

 El segundo reto del campamento consistió en escribir un relato en 2º persona desde la perspectiva de nuestro personaje.

¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos? Sujetabas dos copas con la mirada perdida entre la gente. Fue en ese momento cuando te cruzaste con la mía. Sonreíste en un amago de aparentar estar pasándolo bien y te alejaste de la barra con la clara intención de acercarte. Por el camino, distraído, le tendiste una de las copas a tu amigo y continuaste hacía mi dirección, decidido y sin dejar de sonreír con picardía. Me preguntaste mí nombre, sin ni siquiera saludar, y lo susurraste despacio mordiéndote el labio “Marina…". “Interesante…”  continuaste con el que entonces era tu tono seductor. Me pediste el número sin rodeos, me sacaste a bailar sin apenas preguntar, decidiste que me dejaría llevar y me entretuviste toda la noche. Me acompañaste a casa y me besaste en el portal, con la impaciencia de quien ha esperado hasta el momento oportuno y la delicadeza que te caracterizaba.

¿Recuerdas la primera vez que quedamos? A solas. Llevabas tus vaqueros desgastados, la sonrisa ladeada que sabías que me volvía loca y una flor porque te acordabas de que de fiesta había mencionado que me gustaban las margaritas. Condujiste por la costa preguntándome sobre mi vida. Escuchaste mi historia sin pestañear, no me miraste con compasión ni con lástima, solo me abrazaste al bajar del coche. ¿Te acuerdas de aquella gaviota que te persiguió en la playa? De cómo corrías desesperado, de cómo no podías parar de reír y de cómo me mirabas con esos ojitos llenos de luz.

¿Eres consciente de cómo fue nuestra relación? ¿De cómo me ilusionaste y me embaucaste con tus palabras? Empezaste sin previo aviso, con palabras bonitas, preguntas incómodas y deseos impensables. Me decías que era tuya y que aquello sonaba bonito. Me recordabas que solo podía salir contigo porque “era muy guapa para que me viese el resto del mundo”, hacías que me lo creyera. Me engañaste con personas que conocía, me mentiste acerca de tu vida y me alejaste de los pocos amigos que tenía. Una vez me preguntaste si era feliz, me vendiste un tipo de amor que no nos correspondía y continuaste con tus artimañas.

¿Sabes por qué lo dejamos? ¿Sabrías decirme los motivos? No sabías nada, o eso proclamabas cuando me enfadaba. Me repetías una y otra vez que nos iría mejor, me prometías que cambiarías aunque no sabías qué cambiar. Me dejaste muchas veces por teléfono y volvías al día siguiente con flores y cartas de “perdones”. Te pensabas que mi mundo giraba en torno al tuyo y con frecuencia me reprochabas que fuera a ver a mí abuela. Mi abuela, ¡ya ves tú que celos te podía dar mi abuela! Un día me contaste que lo estabas pasando mal porque “apenas nos veíamos”, y vivía casi en tu casa. Me hiciste un hueco en tu escritorio para estudiar juntos porque en la biblioteca había mucha gente. Te aprendiste mi horario y me venías a recoger sin pedírtelo. Luego me pediste que dejara de ir a clase.

El día que lo dejamos me suplicaste que te perdonara, te faltó muy poco para ponerte de rodillas. Actuaste como lo hace un manipulador cuando no quiere dejar escapar a su víctima. Me soltaste todo el rollo de que yo era muy importante para ti, que me habías salvado, ¿tú a mí? Ni tú te lo creías. Me dijiste te quiero entre lágrimas de cocodrilo, no me soltabas el brazo y cuando viste que la situación no se resolvía cómo querías, me levantaste la mano. Te volviste hecho una furia, ni siquiera tú te reconocías, pero lo hiciste.

             

Reto Nº 1: primera impresión del personaje

 El primer reto del campamento de escritura era escribir un relato de 600 palabras en el que se diese la primera impresión del personaje que acompañó el resto del campamento.


Despertarse era la tarea más complicada del día para Marina y con su mala leche mañanera aporreó el despertador hasta que dejó de sonar. Dejó de usar el móvil como alarma cuando rajó la pantalla de un golpetazo. Perezosa se incorporó sobre el colchón, buscó a tientas con los pies las chanclas y gruñó. Bajó las escaleras arrastrando los pies, bostezando por el camino y con cara de pocos amigos. Ya en la cocina se sirvió el café con dos cucharadas de azúcar y un pelín de leche y el rostro se le iluminó brevemente. Realmente el café hacía magia en ella, o al menos, por fuera, por dentro seguía luchando contra las ganas de volverse a la cama y encerrarse en su mundo y sus pensamientos.

Una vez acabó de asearse y vestirse salió de casa con los auriculares puestos, la música a tope y el móvil avisándole de ello. Era su mecanismo de defensa contra saludos no deseados y conversaciones incómodas en el metro. “Si no los oigo, no los veo”, era su lema de vida.  El metro iba lleno, como todas las mañanas, y tuvo que codearse, además con ganas, para poder sujetarse en una de las barras. Una señora que sostenía en equilibrio una barra de pan le miró fijamente con el ceño fruncido. Marina sonrió con suficiencia y orgullo. Mentalmente anotó en su lista de “personas que no me soportan” a “señora del metro”. La lista era cada vez más larga.

Se bajó con los mismos codazos en su parada y salió casi escopetada. Llegaba tarde pero no lo suficiente para echarse a correr. Tampoco la persona que la esperaba lo merecía. Ella solo corría por el metro, tren, autobús y su abuela. Cuando llegó a su destino ya la estaban esperando.

–Tía, llegas tarde, diez minutos tarde y sabes que no me puedo quedar mucho, no nos pueden ver juntos -protestó quien la esperaba. – Ten, son 350 euros. Ten cuidado, yo no quiero tener nada que ver con lo que sea que vayas a hacer.

Marina obvió el comentario dirigido a su tardanza. Sabía de sobra las consecuencias que podía tener llegar tarde a “su cita”, pero le daba igual. Todo le daba igual en la vida, incluso gastarse esa cantidad de dinero en “aquello”, de hecho, pensaba que era una ganga. Bastante mal le había ido como para encima tener que preocuparse por los demás. La filosofía de “si total, voy a morir más pronto que tarde” era su otra guía en la vida.  Cogió el paquete que le tendía su acompañante, lo abrió, lo observó y asintió. Sacó el dinero oculto entre su sudadera y su sujetador y, una vez hubo pagado incluyendo un extra por las molestias, su acompañante se marchó. Esperó unos segundos y salió en dirección contraria con el paquete oculto bajo la sudadera. Rápido, sin conversación incómoda, sin preguntas, como le gustaba. Todo en orden aparentemente.

De vuelta en el metro reflexionó acerca de lo poco que le gustaba hablar y cómo había conseguido relacionarse y tener contactos sin apenas hacerlo. No amigos como tal, pero sí contactos. De esos tenía, de los otros no. Llegó a su siguiente destino en poco tiempo y esta vez sí aceleró el paso hasta que echó a correr calle abajo. En el transcurso de esa carrera hasta el portal número 6 Marina fue mudando de piel hasta conseguir una sonrisa más o menos verdadera.

Llamó al telefonillo aferrando con fuerza el paquete y cuando escuchó el “¿quién es?” susurró con la voz más dulce que pudo imitar: “abu, soy yo, abre”.

Día 3

3.  AMOR Olivia se separó del espejo para verse mejor de cuerpo entero. Los últimos cinco minutos los había pasado con la cara pegada al cri...