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sábado, 2 de octubre de 2021

Día 2

2. CELESTE

Era el vestido más bonito que había visto jamás. De azul celeste y piedras en el escote de palabra de honor. El vuelo y la falda caían cual cascada y a Estela le brillaban los ojitos solo viéndolo. Pero el precio era demasiado alto y la rabia se manifestaba en su puño cerrado. Algún día, algún día conseguiría ser el cielo celeste que tanto anhelaba.

viernes, 1 de octubre de 2021

Día 1


  1. ELECTRICIDAD

El vello se me eriza justo en el instante en el que mi mano roza su brazo. Suspiro y me alejo temerosa en un gesto ágil. Pero se ha dado cuenta y se ríe. Con gracia se acerca y ahora es ella quien posa su mano en mí hombro. El calambre nos recorre a las dos a la par y nos echamos a reír. Ella se junta un poco más arrastrando la suela de las zapatillas por las baldosas del suelo y con delicadeza posa su nariz en mí cuello. Me llega un ínfimo calambrazo pero no es eso lo que me pone la piel de gallina, sino su cercanía. Sonrío embobada y me dejo llevar por su perfume que se ha incrustado en mi cuello. Ella no se aparta y yo la atraigo un pelín más hacía mí. 


Llevamos toda la tarde dándonos calambrazos porque ni con esas somos capaces de soltarnos. Que si nos damos la mano,un beso, entremedias un chispazo...al décimo nos hacía tanta gracia que decidimos andar aposta arrastrando las zapatillas. Sentadas en aquel banquito frente a la plaza del centro comercial ahora decorada para Halloween me recuerdo que nuestra relación ha sido y esa así de repente.


A veces nos cuesta más encajar, otras nos cuesta más reírnos pero en ocasiones la electricidad fluye entre nosotras haciéndonos a ambas dos cargas positivas. 

 

martes, 24 de agosto de 2021

Verde


Con la sombra en la cintura

ella sueña en su baranda,

verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

                       -Lorca


El Lam quedó suspendido en el aire rasgando la tensión que inundaba el ambiente. El acorde cayó como un peso pesado rompiendo la atmósfera que se había creado. El llanto de la guitarra se apagó menguante. Los aplausos tardaron en estallar y cuando lo hicieron desplazaron los cimientos del escenario en el que estaban situados. La intensidad creció tanto que el silencio se demoró. La Guitarra observaba serena a su público, estática, todavía lacrimosa pero en paz. En paz con los acordes que tan estrepitosamente había rasgado, en paz con las cuerdas que había punteado con quizá demasiada brusquedad, en paz con su público más íntimo. 


Ella, en la baranda, se asomaba inquieta para ver mejor. Su cuerpo estaba casi más fuera que dentro del palco y el vuelo de su falda ondeaba a ras del suelo. Alguien le gritaba que por favor se echara para atrás, que se caería en un descuido. Pero ella no escuchaba ni pretendía hacerlo sino era la Guitarra la que hablaba. Por fin, sus miradas se cruzaron. Esta vez fue su corazón el que quebró cuando sus ojos negros se cruzaron con los suyos de color plata. Bastó una mirada para que terminara de resquebrajarse y el mundo se paralizara a su alrededor. La Guitarra sonrió y ella se sonrojó. Su falda se posó en el suelo cuando ella se apartó de la baranda que hacía las veces de muralla entre ella y su Guitarra. Con las prisas de una colegiala enamoradiza salió corriendo a trompicones con sus manoletinas de color rojo y su cabello al son de la brisa que se colaba por las rejillas del teatro. Bajó las escaleras de dos en dos y saltó el último escalón derrochando ilusión. Se escurrió por los pasillos que se había aprendido de memoria hasta llegar entre bambalinas y zona de camerinos. 


No dejó de sonreír ni un segundo, ni cuando el tic tac del reloj interrumpió sus pensamientos recordándole que el tiempo pasaba y él no aparecía. La esperanza reflejada en su lazo color verde no se perdió ni cuando la luna se asomó por la cristalera amenazando con dejar paso a la noche. Vio pasar al resto del ensemble, escuchó los comentarios más despiadados y los rumores más malvados, pero ella no se inmutó. Solo se sobresaltó cuando el conserje le avisó de que cerraría la verja, que debía marcharse, que él ya había salido. Le dolió tanto que no pudo ni llorar y fue la rabia la que salió a flote. 


Aquella noche ella no durmió pensando en formas de vengarse, ni siquiera se replanteó escuchar sus perdones. Siempre le prometía que después de los conciertos se verían y le regalaría flores, que la llevaría entre bambalinas y se probaría los trajes de las bailadoras, que podría tocar la guitarra bajo su atenta mirada. Que él sería el maestro de su vida y ella su pupila más querida. Fueron esas cantinelas, esos cuentos idílicos que prometían una mejor vida los que la enamoraron. Por un tiempo se dejó llevar por sus palabras esperanzadoras y sus acordes más románticos como si de un vals se tratase y él fuera su guía y ella la niña que aprendía a bailar. A cada paso que daban su corazón al compás latía con más fuerza y su mente viajaba a lugares hasta entonces desconocidos. 


Pero no todo era felicidad, aquello solo resultó ser la capa de barniz que pintas sobre la madera podrida tratando de volver hacerla brillar. El engaño se hacía más grande a cada paso que daban y ella se había dado cuenta. Al principio lo dejó pasar por la promesa de arreglarlo en los labios de él. Luego, se enfadó y fue ella quien pidió perdón por no haber sido suficiente. Al final, la verdad se mostró disfrazada de canciones de amor y ella decidió iniciar su propia partida. Abrir los ojos fue un camino duro pero cuando lo hizo no se dejó llevar por la tristeza, la pena o la insuficiencia sino por la ira. 


La sed de venganza era tal que tuvo que recordar que derramar sangre no era una opción viable. El ramo de margaritas llegó la mañana siguiente acompañado de una nota que suplicaba el perdón y acordaba una cita tras el siguiente concierto. Titubeó cuando la leyó con la piel de gallina y los nervios a flor de piel. El trazo de su letra, la elegancia con la que se despedía con una sentencia en forma de “te amo” manchado de falacias, provocó que rasgara el papel que tantas otras veces había conservado. Fue entonces cuando se permitió derramar lágrimas dejando brotar una cascada de recuerdos y promesas pasadas. 


¡Ay su querida Guitarra que tantas veces le había cantado al amor! ¡Qué tantas veces había prometido quedarse a su vera de madrugada! Que le había visto bailar con las demás chiquillas del pueblo y con su guitarra las había acompañado siendo el primero en apostar por sus sueños. Que tanto le había repetido que la edad solo era un número, que ella sería la más grande, que bailaría con las mejores al son de las mejores guitarras, que cumpliría su sueño. ¡Ay su Guitarra! qué le había llevado a orillas de la Alhambra para jurarle amor eterno a la luz de la luna gitana. Haber caído en la trampa fue un duro golpe pero salir de ella dolía como si mil espinas se clavaran en su costado y las rosas trataran de no soltarla. 


Ahora quería clavarle un puñal, hacerle una herida desde el pecho a la garganta y ver cómo su sangre se derramaba. ¿Y si no había sido la única a la que había engañado? ¿Y si ella no era la única a la que había tratado como una muñeca? a su antojo, solo para lo que él quería, para llenarla de besos y caricias cada vez más lascivas entre los recovecos del arroyo y hojas verdes. Si tan solo pudiera arrebatarle lo que más quería...Como él le había arrebatado el amor. Verle llorar como lloraba su guitarra sobre el escenario. Gritar a los cuatro vientos lo mala persona que era y buscar entre el gentío apoyo, por si acaso, por si su miedo era cierto y no era la única.


Pero no hizo nada. ¡Cuántas veces le esperó en la baranda! se lamentaba. ¡Cuántas veces le esperó frente al camerino! con su cabello azabache ondulante y su lazo verde en la muñeca. Con el corazón rebosante de amor y el deseo dibujado en sus labios. Cuántas veces había visto cerrar la puerta del teatro con los dedos cruzados por si aparecía en el último momento. Y cuántas veces había visto al conserje cerrar la verja de fuera con la lástima esparcida por su rostro tratando de fingir por ella. Ya no creía en la esperanza de que él cambiara y dudaba de si su amor había sido en algún momento verdadero. 


No hizo nada aunque soñó con retorcer las cuerdas de su guitarra, arrancarlas de cuajo y salir corriendo. Recordó, entre pesadillas, sus manos sobre su cuerpo y como después de eso, él no había querido dar ni un paseo. A cambio le había llenado la cabeza de dulces palabras y sonatas nocturnas que ella había creído y vivido entre sonrisas. 


No hizo nada más que llenarse de ira y de llanto y hundirse en la sed de venganza. No hizo nada salvo encerrarse entre las sábanas de su cama. No hizo nada porque el miedo la apresaba entre sus garras y la pena por lo vivido la consumía con avidez.

domingo, 21 de febrero de 2021

Un, dos, tres

            Un

Dos

Tres,

Un

Dos

Tres,

Un

Dos

Tres,

Un

Dos

Tres

 

            La música se colaba en aquella habitación como si fuera una mota de polvo que se deshace en cuanto la rozas. Apenas se escuchaba el murmullo de la orquesta que en el salón principal acogía a quienes se atrevían a bailar. Allí en cambió no bailaba nadie si no que las miradas se entretejían en el espacio vacío juzgándose y retándose por ver quien dejaba escapar la primera palabra. En el sillón verde se sentaba él, con las piernas cruzadas, la vista dirigida hacia ella pero con la mirada confundida y tímida. En la silla de enfrente se sentaba ella, con las manos sobre la falda y con los ojos buscando donde posarse. Siempre acababan sobre él. Ninguno hablaba.  

Un

Dos

Tres,

            Se escuchaba la melodía del salón. Un vals. Ella siguió el compás con los dedos y él redirigió su mirada hacia su mano. Ella volvió su rostro hacia el de él aprovechado ese descuido y sonrío un segundo. Al instante borró la sonrisa, disimulando. Él volvió a centrarse en el rostro de ella.

Un,

Dos,

Tres,

            La mano de él comenzó a repiquetear al son de la música inaudible y ella alzó una ceja con gracia. Él paró avergonzado, ella dejó escapar otra sonrisa. Él abrió mucho los ojos, sorprendido, y ella volvió a serenarse con las mejillas sonrosadas. Ambos bajaron la vista al tapiz que cubría el suelo.

Un

Dos

Tres,

            Ella movió los pies sin quererlo pues la melodía aumentaba su volumen. Quizá fuera que ella se forzaba por escucharla, quizá la orquesta había cambiado de sala. Él lo notó y la imitó acompañándose de sus manos sobre las rodillas. Ella enarcó ambas cejas y sin apartar la mirada del suelo, se levantó. Él dejó escapar un gruñido de sorpresa. Ella se acercó al sillón verde.

Un,

Dos,

Tres,

            Él la miró y ella le tendió la mano. Él la acepto dudoso. Ella se limitó a sonreír iluminando la habitación. Él entonces rio y se levantó. La música se escuchaba más cerca. Ella se aferró a su brazo y él la rodeó por la cintura. Su brazo tembló cuando la rozó pero ella asintió.

Un,

Dos,

Tres,

            Comenzaron con pasos torpes, hacia la derecha, tropezándose con la falda. Ella le pisó y él a ella. Ella quiso despegarse de la falda y él se maldecía por hacerlo tan mal. Ambos se movieron por la habitación al compás olvidándose de quiénes eran, de qué hacían allí. De si debían hacer eso o no. Bailaban cada vez más sueltos, menos tensos, intercambiando sonrisas. Los ojos castaños de ella brillaban y los de él, azules, podrían haber iluminado la sala.

Un,

Dos,

Tres

            La música cesó pero no su vals. Alargaron el baile hasta que sus pies no pudieron más y tuvieron que respirar. Sudorosos y exhaustos se miraron. Fue ella quien dio el primer paso, acercándose aun más, juntando pecho con pecho. Él tragó saliva pero no se alejó. Ella le apartó el pelo de la cara. Él se dejó. Ella subió su mano hacia su rostro, él dejó de respirar, ella se acercó aun más. Cerraron los ojos a la vez. Ella unió sus labios. Él no se despegó. Ella respiró fuertemente con ansia. Él acarició su espalda. Ella guio su mano hacia los lazos del vestido y él empezó a temblar aun más fuerte. Ella se rio y susurró en su oído con picardía “es como bailar un vals, ya verás”. 

lunes, 11 de enero de 2021

[11/01/2021]

(basado en un suceso real)

 Barcelona, año 2000.

Todo era distinto en aquel rincón de Barcelona. Nunca era capaz de explicar qué era lo que diferenciaba ese lugar del resto de la ciudad, pero incluso el aire se apreciaba diferente. Quizá fuera el arrullo del agua que brotaba de la fuente apoderándose de la plaza, quizá fuera el ladrillo de la iglesia que aún se imponía orgullosa o quizá fuera su historia. Estaba segura de que era su historia pero jamás lo admitiría en voz alta. No otra vez, no sin llorar, no sin evitar temblar.

            Solía acercarse por las mañanas, muy temprano, cuando todavía no había turistas ni más sonidos que el murmullo del agua y el canto de los pájaros. Se sentaba en el poyete de la fuente, mirando hacía el muro, con los ojos cerrados y una sonrisa apacible. A veces por sus mejillas brotaba una lágrima que con los años fue conteniéndose. Años que también trajeron un bastón para sostenerse y unos pasos cada vez más cortitos, lentos, menos precisos pero mentalmente más seguros.

            No recordaba el primer día que había emprendido rumbo hacía el lugar que cambió su vida. Su memoria era un borrón gris en lo que se refería a aquellos años. Solamente sus sentimientos recordaban el dolor, la desesperación, la ira, el sonido de su llanto. Estaba casi segura de que fue cuando terminó la guerra, cuando no caían más bombas del cielo y las manchas de sangre no eran tan frescas.

            No podía recordar caras, nombres, amigos, cualquier cosa que fuera ajena a lo que pasó aquel día, pero el sonido del bombardeo seguía resonando en su mente como un taladro intermitente. Todavía tenía pesadillas y a su edad cada vez le costaba más dormirse sin recordar los horrores de aquel día: gritos, muchos gritos, llantos, el eco de su nombre resonando entre cuatro paredes. Su nombre pronunciado por una vocecilla que segundos después se apagó por siempre.

            Nunca supo cómo ella se salvó, cómo sobrevivió, ella, la que debería haber muerto, había sobrevivido. Jamás se perdonó aquello y vivió con el lastre durante toda su vida. Seguía arrastrándolo cada vez con más pesadumbre, su vida iba al revés.

            Se había dado a la bebida, a las noches de juerga intentando olvidar, a no vivir una guerra con miedo porque ella ya había visto la muerte de cerca y la había esquivado. A un precio muy alto, no recuperar su antigua vida.

            Tuvo que mudarse a Madrid un tiempo aunque no recuerda cómo fue la mudanza, quién la llevó, cómo vivieron el fin de la guerra en la capital que tantos años había resistido contra aquellos asesinos. Porque para ella lo eran, asesinos. Luego volvió a Barcelona, con el alma un poco más curada aunque con la herida sin cicatrizar. Herida provocada por ellos:

            Asesinos de niños.

Ella había sido maestra de la guardería que se alzaba en la plaza Felip Neri hasta el año 1938. Los primeros años de la guerra consiguieron eludirlos cómo podían, viviendo entre las alegrías de los pequeños, sus risas, sus canciones y sus juegos. Una vida de color de rosa si se caía en el tópico de ponerle una etiqueta.  Adoraba su trabajo y tenía auténtica devoción. Quería a sus niños como si fuesen suyos. No concebía una vida sin ser maestra, sin observar como los más pequeños, sus “personitas”, aprendían a vivir.

En los recreos solían salir a jugar a la plaza rompiendo estrepitosamente el silencio que tanto la caracterizaba. En aquel entonces todavía no tenía fuente y ella se sentaba a la sombra de una acacia. Los más pequeños no se despegaban de ella y de su compañera, Rita.

Aquel 30 de enero estaban en la plaza.

El aviso de bombas les pilló desprevenidas y en un momento de terror y desesperación consiguieron ordenar en fila india a los niños y entrar en la Iglesia. El miedo se reflejaba en sus rostros que trataban de serenarse por los niños. Porque solo importaban los niños. El cura les condujo a todos al sótano. También temblaba aunque trataba de ocultarlo, pero la vela que sostenía hacía amago de caerse.

Abajo no estaban solos, algunos feligreses ya se habían ocultado completamente aterrorizados pero con la calma de quien ha hecho de un suceso extraordinario su hábito y costumbre. Y así era, no era la primera vez que feligreses, niños y maestras se habían protegido en el sótano de la Iglesia. Siempre con pánico pero serenos, nunca les pasaba nada aunque los muros aún recuerdan aquellas atrocidades que no dejaron marca en la piel.

Nunca les pasaba nada, querían pensar que era porque rezaban, porque Dios no los quería conocer todavía; nunca les pasaba nada, después de una, dos…hasta diez bombas, pero nunca les pasaba nada.

Nunca les pasaba nada hasta aquel 30 de enero de 1938.

La primera cayó en las inmediaciones.

Los niños, siguiendo las instrucciones, tenían los ojos y los oídos tapados. Canturreaban una canción sobre una muñeca de cartón con un vestido de azul. Los feligreses les observaban con lástima aunque ella recordaba haber advertido un atisbo de esperanza.

La segunda cayó más lejos.

Y resonó un suspiro conjunto en aquel sótano junto con el “Padre nuestro que estás en los cielos”, de Rita. Las últimas palabras que escuchó de ella.

La tercera cayó en la plaza.

Las paredes retumbaron. Los niños canturrearon más fuerte. Alguien le agarró del brazo. Todo se volvió oscuro de repente. Le pitaban los oídos, no oía nada más que gritos de auxilio, de ayuda, de pánico, de dolor, dolor que avecinaba la única de las resoluciones: la muerte.

Con la vista nublada consiguió ver como Rita abrazaba a un grupo de niños mientras rezaba. Rezaba con los ojos cerrados cubriendo con su cuerpo a los pequeños que, confusos, lloraban. El techo había comenzado a hundirse.

Recordaba haber sorteado feligreses que se agarraban a sus tobillos, pidiendo auxilio, pero ella solo quería salvar a sus niños. Si alguien debía morir tenía que ser ella. Acogió entre sus brazos a todos los que pudo. Eran treinta en total y dos maestras. El resto, padecía bajo los escombros o trataba de salvar su propia vida. Todo el mundo pareció olvidar a los niños.

Gritó pidiendo auxilio, confiando en la bondad del cura, pero el primer trozo de techo había caído sobre él y su cuerpo yacía en el suelo. Aguantó las lágrimas. Lo peor, quería creer, había pasado. Lo que no sabía, y se había odiado por ello toda su vida, es que las ondas expansivas de una bomba no son del todo inmediatas. Que aquello había sido el principio de la tragedia.

El sótano se hundió segundos más tarde.

Cuando consiguió abrir los ojos tenía marcas de uñas en sus manos por haberlas apretado tanto y a su alrededor no quedaba vida. Gritó, y fue aquel grito desgarrador el que la salvó.

Pataleó.

Lloró.

Volvió a gritar.

Se aferró al cuerpo sin vida de Rita.

Arrastró los cuerpos de sus niños en busca de un halo de vida.

No sirvió de nada.

Alguien la sacó en brazos. Alguien le llevó a una ambulancia. Alguien le salvó la vida pero para ella, no quedaba nada por lo que vivir.

La plaza, ahora reformada, todavía conserva las heridas de la guerra. Ella, cada día más cerca de reencontrarse con sus angelitos, la visitaba religiosamente todas las mañanas.

Primero, lo había hecho con rabia. Luego, con miedo. Con el tiempo, con melancolía. Ahora, segura de que su tiempo se le acababa, con esperanza de volver a encontrarse con ellos.

 

 

[16/11/2020]-[27/11/2020]

(Sin corregir)

Camino entre cristales y por el camino voy sembrando flores. Flores silvestres, de esas que solo crecen entre la maleza y la escarpada tierra. Las esquirlas del cristal me arañan la piel pero yo no freno ni frunzo el ceño. Continuo con la cabeza alta, el rostro firme y los ojos fijos en el horizonte que se alza ante mí. Mis manos, ásperas por el roce de las semillas y el abono, actúan de forma mecánica: cogen, lanzan y cubren. Ya han vivido este proceso más veces, son casi expertas en manejarse por su cuenta mientras yo paseo cada vez más dolorida, cada vez con más disimulo.

No quiero que me vean débil y por eso no me permito ni una mueca de dolor. Ni siquiera dejo que mis dientes castañeen aunque mis labios se mantienen sellados, ligeramente arrugados. Noto la sangre recorrer las plantas de mis pies pero no miro, no quiero que me vean débil. Apenas llevo un cuarto del recorrido cuando se me acaban las semillas. Por un instante entro en pánico pero me acuerdo que es normal, que siempre pasa, siempre se acaban y a nadie le han humillado por ello. Hasta ahora y confío en que no lo cambien. Guardo la bolsa cuidadosamente y entrelazo mis manos detrás del vestido, en mi espalda. El dedo corazón derecho delicadamente cruzado sobre el índice, jurandome a mi misma que esto ya es el fin. 

Mis pasos se vuelven más fieros una vez he dejado de sembrar porque mis pies de repente se quedan en carne viva. Trato de fingir que no me inmuto, que el escozor no me invade, que no quiero arrancarme la piel de cuajo y llorar. Y sigo caminando. 

La pasarela ha cambiado de dimensión, ya no hay campos que sembrar si no árboles que cubren con las copas el cielo. O eso que quiero pensar que es el cielo. Y tampoco hay cristales. El alivio que siento es indescriptible y dejo salir un suspiro, pero no me permito cambiar la expresión de mi rostro. El suelo ahora es de tierra mojada, mullida, limpia. Distinta a la que cubría antes las semillas. Mis pies agradecen el tacto y me aferro con los dedos a las lascas y piedrecitas que la recubren. Quiero dejar escapar otro suspiro y mostrar una sonrisa, pero no me lo permito.

Esta vez mis pasos son más ligeros, mis pies creen que vuelan y yo me dejo llevar. Sé que me siguen observando y dudo en ir más despacio, pero mis pies siguen sangrando, se pueden infectar y pienso ¿acaso es esto una muestra de debilidad? El barro los ha cubierto, ya es tarde para detenerme a comprobar si las heridas se han ensuciado. Lo más probable es que sí, no sé a qué aspiro creyéndome lo contrario.

De pronto la tierra mojada se acaba y solo queda barro sucio, viscoso, que se enreda por mis tobillos y me mancha hasta la pantorrilla. Ya no hay nada bajo mis pies o eso me hacen creer. Sé que estoy cerca de llegar a la meta, que sigo siendo la diana de sus miradas pero me atrevo a morderme la lengua, a alzar ligeramente una ceja porque no sé cómo enfrentarme a lo que estoy viendo.

La nada inunda aquello que una vez fueron cristales y tierra. Ahogo un grito cuando doy el primer paso, sé que tengo que imaginarme los sembrados y el camino de tierra, incluso los cristales, para que algo aparezca. Pero soy incapaz de pensar en nada porque el dolor ya se ha apoderado de mí.

Me rasga las entrañas y me sacude con fuerza. Trato de no inmutarme cuando el filo de un puñal creado en mi imaginación roza mi pecho. Poco a poco me desangro pero soy incapaz de expresarlo. Me da miedo lo que viene porque sé que se acaba pero no de la manera que yo pensaba. El abismo me consume agarrándome de los tobillos y tirando de mí hacia abajo. Ya no hago nada por evitar el grito, sale de mis entrañas y rebota en las barreras de la dimensión. Me hundo y soy incapaz de pensar, me voy consumiendo, convirtiéndome en ceniza. 

Desaparezco...


[27/09/2020]-[28-09-2020]


            Había barro en el suelo aquella tarde de otoño. El aire estaba cargado tras la tormenta, como si anticipara que fuera haber otra y aquello solo fuera una tregua. A lo lejos todavía se vislumbraban rayos. Las aceras empapadas conformaban surcos de agua entre las grietas de las baldosas y era imposible no acabar con las suelas de los zapatos manchadas de barro. En aquellas zonas donde se formaban pequeñas pendientes los charcos eran más abundantes y el agua sucia confluía descaradamente asomándose hasta las pantorrillas de los transeúntes. A lo lejos, todavía se escuchaban truenos. Las nubes cubrían el cielo, no quedaba apenas luz y había quien caminaba a ciegas tratando de no meterse de lleno en las recién estrenadas piscinas naturales. Quienes llevaban cristales en los ojos, lentes de contacto, monóculos, gafas jugaban con las pestañas a ser limpiaparabrisas. Los árboles que no habían caído en combate seguían limpiándose las hojas, desechando las que más sufrimiento habían vivido, y aquellos que yacían en el suelo se burlaban de los que paseaban elaborando pruebas de salto y sortear obstáculos.

            Mariposa miraba desde su posición la estampa que se desarrollaba bajo ella. Curiosa abría mucho los ojos y reía cuando alguien pisaba fuerte sobre el charco y salpicaba toda su ropa. Alguien chistó a su lado, era Murciélago.

   ¡Cállate Mariposa! ¡Que nos van a descubrir! — susurró cruzando los brazos.

   ¡No me mandes callar! ¡Tú no mandas! —contestó haciéndole una mueca. 

   Mariposa, que nos pillan…— la niña le cortó tapándole la boca con la mano. Se escucharon unos pasos cerca de ellos y ambos aguantaron la respiración. Los pasos se alejaron corriendo.

   ¿Veeeeees? Por tu culpa casi nos pillan, yo no me quiero volver a esconder contigo jope. — Murciélago se dio la vuelta refunfuñando, haciendo tambalear el armario y ambos ahogaron un grito.

   Pero si te he traído al mejor sitio.

   ¡No! Solo quieres esconderte aquí porque desde aquí arriba puedes mirar por la ventana la calle…¡No te gusta jugar con nosotros y lo sabes!

   ¡Cállate! Tu no sabes nada, ahora yo no quiero jugar contigo. Bájate.

   ¡No! Bájate tú.

   No, es mi sitio. Bájate tú….ah no, que no sabes porque eres muy pequeño. — se burló Mariposa moviéndose de lado a lado aposta para tambalear el gran armario. Poco a poco incrementó el ritmo.

   Para por faaaaaaaa Mariposa paraaaaaaaaa — Murciélago se aferró temblando a la tela que cubría el mueble. Mariposa sonrió maliciosa y volvió a girarse hacia la ventana, cortando el movimiento.

Pasaron los minutos, quizá horas, y nadie se acercaba. Mariposa estaba absorta en lo que ocurría al otro lado de la ventana y Murciélago dormitaba apoyado contra la pared.

Mariposa llevaba la cuenta de cuántas personas esquivaban los charcos, cuántas los árboles y cuántas directamente saltaban. También contaba cuántos se empapaban por saltar muy poco, quiénes no llevaban paraguas, quiénes se cubrían con un periódico… Para ella aquello parecía el mejor de los juegos. Ojalá estar ahí bajo la tormenta... Había anotado mentalmente cuántos rayos se veían a lo lejos y cuántos truenos retumbaban cerca. Si hubiese estado un poco menos pendiente de fuera, hubiera escuchado la marabunta de pasos, gritos, susurros y portazos que se agitaban en su propia realidad. Murciélago tampoco parecía haberse dado cuenta.

   ¿Pero qué hacéis todavía aquí? ¿No os habéis enterado de qué ha pasado? — gritó alguien desde la puerta. Era Caracol.

Mariposa salió de su trance con el ceño fruncido claramente furiosa porque hubieran interrumpido su espectáculo.

   ¡Vamooos! Tenéis que bajar ya, la Srta. Libélula se pondrá furiosa si no bajáis ya. ¡Vamos!

Mariposa se enfureció aun más, la voz aguda de Caracol le ponía nerviosa. Además ¿qué hacía ella allí? ¿no estaban jugando al escondite? Miro a su “compañero”, Murciélago estaba desperezándose claramente confundido.

   Déjanos Caracol, vete a seguir jugando. —pidió autoritariamente Mariposa.

Pero la otra niña no se dio por vencida e insistió: — ¡Qué no es del juego jopeeeeee! Me va a regañar a mí también por tu culpa. ¡Vengaaa!

Murciélago se las arregló para bajar del armario sin matarse de un saltito. A decir verdad, Caracol le frenó la caída cogiéndole en brazos. Mariposa dudó: por una parte quería quedarse a mirar por la ventana y por otra sospechaba que Caracol no se estaba inventando el enfado de la Srta. Libélula.

La Srta. Libélula era el nombre que le habían puesto los niños del orfanato a su directora. Era alta, esbelta, elegante, siempre con el pelo recogido en un moño o en una larga trenza. Normalmente era dulce con ellos, les trenzaba el cabello, les peinaba los rizos, les avisaba si tenían manchas de chocolate por la cara y les decía siempre lo guapos que iban. Pero cuando se enfadaba la cosa cambiaba y la dulzura desaparecía por instantes para dejar paso al miedo. Le habían puesto libélula porque a Comadreja le aterraban esos “bichos que vuelan” cuando se acercaban a jugar en el río y revoloteaban a su alrededor como si estuviesen enfadadas, pero a Búho le parecían muy bonitas…como la Srta. Libélula.

Murciélago y Caracol suplicaron con la mirada que bajara y Mariposa accedió con una mueca de asco, bajando de un salto y cayendo de pie, recta, con los talones, como si fuera una gimnasta. Caracol tiró de su manga y la arrastró hacia la puerta al grito de “vamos”. Murciélago se enganchó a Mariposa y los tres niños corrieron por el pasillo, saltaron las escaleras y acabaron en el patio trasero. La imagen que se encontraron era aterradora: el viejo olmo que coronaba el patio había caído con la tormenta, llevándose consigo parte del porche y de un muro. Todos los niños, no muchos, estaban reunidos allí. Algunos sollozaban, otros mantenían la mirada fija en el suelo. La Srta. Libélula estaba quieta, inmóvil, con la mirada detenida en el árbol. No en los destrozos, en el árbol. Su rostro denotaba tristeza, rabia, vergüenza, sorpresa, pánico. Terror.

Caracol los llevó hasta el resto de la banda. Oruga lloraba a moco tendido y Búho trataba de consolarle: —¿Dónde nos vamos a juntar ahora? ¿Dónde vamos a jugar? Sino hay árbol…—repetía en bucle el niño entre sollozo y sollozo. Ratona y Águila observaban curiosas y perplejas la escena, parecía como si ninguna entendiese la gravedad de que el árbol hubiese arrastrado medio porche con su caída o que parte de una pared se hubiera derrumbado. Comadreja, Pingüino y Suricato pataleaban piedrecitas del suelo sin levantar la mirada. Murciélago se unió a ellos y Caracol salió corriendo a abrazar a Ratona y a Águila. Mariposa en cambio se quedó inmóvil como la Srta. Libélula, de hecho, se colocó a su lado silenciosamente. Pero al contrario que la directora, la mirada de Mariposa estaba fija en el boquete que se había creado. Boquete que daba a la calle, la calle que ella tanto anhelaba. Le daba igual que el símbolo de la Banda estuviese tirado en el suelo, muerto; le daba igual que los destrozos complicarían su vida allí; le daba igual que sus amigos, ¿amigos?, estuviesen llorando. El agujero dejaba entrever un charco, con barro, y piernas de personas que, curiosas y aterradas, se paraban a mirar el desastre. Mariposa estudiaba cómo atravesaban el charco, si se mojaban o no, si continuaban su camino o no.  

Tan solo tenía que echar a correr, pasar por encima del árbol y sortear los escombros, agacharse un poco y traspasar el hueco en el muro. Tan solo tenía que ordenar a sus pies que se movieran. Tan solo necesitaría comprar, ¿o robar?, un paraguas, escaparse a por su chubasquero en un santiamén o adentrarse en la inmensidad de la ciudad sin protección alguna. ¿Y si lo hacía? Era pequeña “pero no mucho” según ella, “tengo ocho años soy mayor” repetía cada vez que alguien le recordaba que todavía era una niña. Su fuerte carácter le llevaba a meterse en más de una discusión con los adultos y con sus compañeros; sus ganas de salir de allí sacaban de quicio a cualquiera que se acercase; y la cuenta que llevaba de los días que había pasado en el orfanato daba miedo.

Había empezado a poner palitos en la pared de al lado de su cama a los cinco años. Para entonces ya llevaba cuatro y medio allí. Había sido la primera en llegar y por lo que parecía, sería la última en irse. Murciélago había llegado después y la atención que antes había sido casi exclusiva para ella (estaban “los mayores” separados en otra ala), se dividió entre los dos. Luego, fueron llegando los demás y poco a poco formaron la Banda. La primera en ponerse nombre y nombrarse así misma capitana había sido ella. La idea de los animales se les ocurrió durante una clase mientras aprendían el abecedario y que fuesen una banda, de un cuento de piratas que les leía la Srta. Libélula antes de dormir.

La Banda estaba compuesta por nueve niños de edades similares que se hacían llamar así mismos: Mariposa, Águila, Búho, Ratona, Comadreja, Suricato, Pingüino, Murciélago, Caracol y Oruga. Mariposa era algo así como la capitana y el segundo al mando en los juegos era Pingüino. La Srta. Libélula era para ellos una capitana superior, una diosa, algo más mayor e importante que ellos. Antes había más, Lince, Mapache, Mariquita...pero les habían adoptado ya. Jugaban todos los días a cualquier cosa siendo su juego favorito el escondite. Se reunían debajo del olmo y echaban a suertes a quién le tocaba contar (Mariposa se las apañaba para que no le tocara nunca). Ratona, la más pequeña, estaba en trámites de adopción o eso sospechaban y a Oruga le venía a visitar una familia en unos días. Mariposa había recibido las noticias como si fuese un empujón, lo que para un adulto sería como una puñalada. Se alegraba, sí, pero tampoco mucho. ¿Qué tenía ella de malo para llevar tantos allí? ¿Su carácter? ¿Su altura? Era muy alta para su edad…¿pero eso era un problema?

Sostuvo la mirada en el agujero incluso cuando la Srta. Libélula se giró a decirle algo. Solo tenía que correr…luego ya…¿la llevarían de vuelta? ¿echaría de menos a sus amigos? ¿eran amigos? ¿o solo la aguantaban? ¿le echarían ellos de menos? Una lagrima se resbaló por su mejilla de mantener los ojos abiertos. Tan solo tenía que mover los pies….el eco de la voz de la Srta. Libélula retumbaba en sus oídos pero su mensaje no le calaba. Oyó gritos, oyó sollozos, alguien lloraba aún más fuerte que antes. Alguien gritaba su nombre, casi en un ahogo. No entendía qué estaba pasando ¿qué estaba haciendo? Alguien le agarró de la camiseta, ¿por qué? Ella solo quería salir pero sus piernas no se movían. Alguien le pedía que parara, que se estuviera quieta. Alguien suplicaba que volviera pero Mariposa estaba desorientada. Quizá ya estuviese en movimiento, quizá ya estuviera escalando el tronco del árbol caído…quizá ya era ¿libre?

El viento le devolvió a la realidad, agitando sus rubios cabellos, salpicando su rostro de gotas de agua. El frío congeló sus manos de repente, sintió frío. Sintió miedo, un escalofrío recorrió su espalda. Abrió los ojos y por fin, estaba fuera. Mariposa por fin volaba.  


Día 3

3.  AMOR Olivia se separó del espejo para verse mejor de cuerpo entero. Los últimos cinco minutos los había pasado con la cara pegada al cri...