(basado en un suceso real)
Barcelona, año 2000.
Todo
era distinto en aquel rincón de Barcelona. Nunca era capaz de explicar qué
era
lo que diferenciaba ese lugar del resto de la ciudad, pero incluso el aire se
apreciaba diferente. Quizá fuera el arrullo del agua que brotaba de la fuente apoderándose
de la plaza, quizá fuera el ladrillo de la iglesia que aún se imponía orgullosa
o quizá fuera su historia. Estaba segura de que era su historia pero jamás lo
admitiría en voz alta. No otra vez, no sin llorar, no sin evitar temblar.
Solía acercarse por las mañanas, muy
temprano, cuando todavía no había turistas ni más sonidos que el murmullo del
agua y el canto de los pájaros. Se sentaba en el poyete de la fuente, mirando
hacía el muro, con los ojos cerrados y una sonrisa apacible. A veces por sus
mejillas brotaba una lágrima que con los años fue conteniéndose. Años que
también trajeron un bastón para sostenerse y unos pasos cada vez más cortitos,
lentos, menos precisos pero mentalmente más seguros.
No recordaba el primer día que había
emprendido rumbo hacía el lugar que cambió su vida. Su memoria era un borrón
gris en lo que se refería a aquellos años. Solamente sus sentimientos
recordaban el dolor, la desesperación, la ira, el sonido de su llanto. Estaba
casi segura de que fue cuando terminó la guerra, cuando no caían más bombas del
cielo y las manchas de sangre no eran tan frescas.
No podía recordar caras, nombres, amigos,
cualquier cosa que fuera ajena a lo que pasó aquel día, pero el sonido
del bombardeo seguía resonando en su mente como un taladro intermitente.
Todavía tenía pesadillas y a su edad cada vez le costaba más dormirse sin
recordar los horrores de aquel día: gritos, muchos gritos, llantos, el eco de
su nombre resonando entre cuatro paredes. Su nombre pronunciado por una vocecilla
que segundos después se apagó por siempre.
Nunca supo cómo ella se salvó, cómo
sobrevivió, ella, la que debería haber muerto, había sobrevivido. Jamás se
perdonó aquello y vivió con el lastre durante toda su vida. Seguía arrastrándolo
cada vez con más pesadumbre, su vida iba al revés.
Se había dado a la bebida, a las
noches de juerga intentando olvidar, a no vivir una guerra con miedo porque
ella ya había visto la muerte de cerca y la había esquivado. A un precio muy
alto, no recuperar su antigua vida.
Tuvo que mudarse a Madrid un tiempo aunque
no recuerda cómo fue la mudanza, quién la llevó, cómo vivieron el fin de la
guerra en la capital que tantos años había resistido contra aquellos asesinos. Porque
para ella lo eran, asesinos. Luego volvió a Barcelona, con el alma un poco más
curada aunque con la herida sin cicatrizar. Herida provocada por ellos:
Asesinos de niños.
Ella
había sido maestra de la guardería que se alzaba en la plaza Felip Neri hasta
el año 1938. Los primeros años de la guerra consiguieron eludirlos cómo podían,
viviendo entre las alegrías de los pequeños, sus risas, sus canciones y sus
juegos. Una vida de color de rosa si se caía en el tópico de ponerle una etiqueta.
Adoraba su trabajo y tenía auténtica
devoción. Quería a sus niños como si fuesen suyos. No concebía una vida sin ser
maestra, sin observar como los más pequeños, sus “personitas”, aprendían a
vivir.
En
los recreos solían salir a jugar a la plaza rompiendo estrepitosamente el silencio
que tanto la caracterizaba. En aquel entonces todavía no tenía fuente y ella se
sentaba a la sombra de una acacia. Los más pequeños no se despegaban de ella y
de su compañera, Rita.
Aquel
30 de enero estaban en la plaza.
El
aviso de bombas les pilló desprevenidas y en un momento de terror y
desesperación consiguieron ordenar en fila india a los niños y entrar en la
Iglesia. El miedo se reflejaba en sus rostros que trataban de serenarse por los
niños. Porque solo importaban los niños. El cura les condujo a todos al sótano.
También temblaba aunque trataba de ocultarlo, pero la vela que sostenía hacía
amago de caerse.
Abajo
no estaban solos, algunos feligreses ya se habían ocultado completamente aterrorizados
pero con la calma de quien ha hecho de un suceso extraordinario su hábito y
costumbre. Y así era, no era la primera vez que feligreses, niños y maestras se
habían protegido en el sótano de la Iglesia. Siempre con pánico pero serenos,
nunca les pasaba nada aunque los muros aún recuerdan aquellas atrocidades que
no dejaron marca en la piel.
Nunca
les pasaba nada, querían pensar que era porque rezaban,
porque Dios no los quería conocer todavía; nunca les pasaba nada, después
de una, dos…hasta diez bombas, pero nunca les pasaba nada.
Nunca
les pasaba nada hasta aquel 30 de enero de 1938.
La
primera cayó en las inmediaciones.
Los
niños, siguiendo las instrucciones, tenían los ojos y los oídos tapados. Canturreaban
una canción sobre una muñeca de cartón con un vestido de azul. Los feligreses
les observaban con lástima aunque ella recordaba haber advertido un atisbo de
esperanza.
La
segunda cayó más lejos.
Y
resonó un suspiro conjunto en aquel sótano junto con el “Padre nuestro que estás
en los cielos”, de Rita. Las últimas palabras que escuchó de ella.
La
tercera cayó en la plaza.
Las
paredes retumbaron. Los niños canturrearon más fuerte. Alguien le agarró del
brazo. Todo se volvió oscuro de repente. Le pitaban los oídos, no oía nada más
que gritos de auxilio, de ayuda, de pánico, de dolor, dolor que avecinaba la única
de las resoluciones: la muerte.
Con
la vista nublada consiguió ver como Rita abrazaba a un grupo de niños mientras
rezaba. Rezaba con los ojos cerrados cubriendo con su cuerpo a los pequeños
que, confusos, lloraban. El techo había comenzado a hundirse.
Recordaba
haber sorteado feligreses que se agarraban a sus tobillos, pidiendo auxilio,
pero ella solo quería salvar a sus niños. Si alguien debía morir tenía que ser
ella. Acogió entre sus brazos a todos los que pudo. Eran treinta en total y dos
maestras. El resto, padecía bajo los escombros o trataba de salvar su propia
vida. Todo el mundo pareció olvidar a los niños.
Gritó
pidiendo auxilio, confiando en la bondad del cura, pero el primer trozo de techo
había caído sobre él y su cuerpo yacía en el suelo. Aguantó las lágrimas. Lo peor,
quería creer, había pasado. Lo que no sabía, y se había odiado por ello toda
su vida, es que las ondas expansivas de una bomba no son del todo inmediatas. Que
aquello había sido el principio de la tragedia.
El
sótano se hundió segundos más tarde.
Cuando
consiguió abrir los ojos tenía marcas de uñas en sus manos por haberlas apretado
tanto y a su alrededor no quedaba vida. Gritó, y fue aquel grito desgarrador el
que la salvó.
Pataleó.
Lloró.
Volvió
a gritar.
Se
aferró al cuerpo sin vida de Rita.
Arrastró
los cuerpos de sus niños en busca de un halo de vida.
No
sirvió de nada.
Alguien
la sacó en brazos. Alguien le llevó a una ambulancia. Alguien le salvó la vida
pero para ella, no quedaba nada por lo que vivir.
La
plaza, ahora reformada, todavía conserva las heridas de la guerra. Ella, cada
día más cerca de reencontrarse con sus angelitos, la visitaba religiosamente
todas las mañanas.
Primero,
lo había hecho con rabia. Luego, con miedo. Con el tiempo, con melancolía. Ahora,
segura de que su tiempo se le acababa, con esperanza de volver a encontrarse
con ellos.