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lunes, 11 de enero de 2021

[11/01/2021]

(basado en un suceso real)

 Barcelona, año 2000.

Todo era distinto en aquel rincón de Barcelona. Nunca era capaz de explicar qué era lo que diferenciaba ese lugar del resto de la ciudad, pero incluso el aire se apreciaba diferente. Quizá fuera el arrullo del agua que brotaba de la fuente apoderándose de la plaza, quizá fuera el ladrillo de la iglesia que aún se imponía orgullosa o quizá fuera su historia. Estaba segura de que era su historia pero jamás lo admitiría en voz alta. No otra vez, no sin llorar, no sin evitar temblar.

            Solía acercarse por las mañanas, muy temprano, cuando todavía no había turistas ni más sonidos que el murmullo del agua y el canto de los pájaros. Se sentaba en el poyete de la fuente, mirando hacía el muro, con los ojos cerrados y una sonrisa apacible. A veces por sus mejillas brotaba una lágrima que con los años fue conteniéndose. Años que también trajeron un bastón para sostenerse y unos pasos cada vez más cortitos, lentos, menos precisos pero mentalmente más seguros.

            No recordaba el primer día que había emprendido rumbo hacía el lugar que cambió su vida. Su memoria era un borrón gris en lo que se refería a aquellos años. Solamente sus sentimientos recordaban el dolor, la desesperación, la ira, el sonido de su llanto. Estaba casi segura de que fue cuando terminó la guerra, cuando no caían más bombas del cielo y las manchas de sangre no eran tan frescas.

            No podía recordar caras, nombres, amigos, cualquier cosa que fuera ajena a lo que pasó aquel día, pero el sonido del bombardeo seguía resonando en su mente como un taladro intermitente. Todavía tenía pesadillas y a su edad cada vez le costaba más dormirse sin recordar los horrores de aquel día: gritos, muchos gritos, llantos, el eco de su nombre resonando entre cuatro paredes. Su nombre pronunciado por una vocecilla que segundos después se apagó por siempre.

            Nunca supo cómo ella se salvó, cómo sobrevivió, ella, la que debería haber muerto, había sobrevivido. Jamás se perdonó aquello y vivió con el lastre durante toda su vida. Seguía arrastrándolo cada vez con más pesadumbre, su vida iba al revés.

            Se había dado a la bebida, a las noches de juerga intentando olvidar, a no vivir una guerra con miedo porque ella ya había visto la muerte de cerca y la había esquivado. A un precio muy alto, no recuperar su antigua vida.

            Tuvo que mudarse a Madrid un tiempo aunque no recuerda cómo fue la mudanza, quién la llevó, cómo vivieron el fin de la guerra en la capital que tantos años había resistido contra aquellos asesinos. Porque para ella lo eran, asesinos. Luego volvió a Barcelona, con el alma un poco más curada aunque con la herida sin cicatrizar. Herida provocada por ellos:

            Asesinos de niños.

Ella había sido maestra de la guardería que se alzaba en la plaza Felip Neri hasta el año 1938. Los primeros años de la guerra consiguieron eludirlos cómo podían, viviendo entre las alegrías de los pequeños, sus risas, sus canciones y sus juegos. Una vida de color de rosa si se caía en el tópico de ponerle una etiqueta.  Adoraba su trabajo y tenía auténtica devoción. Quería a sus niños como si fuesen suyos. No concebía una vida sin ser maestra, sin observar como los más pequeños, sus “personitas”, aprendían a vivir.

En los recreos solían salir a jugar a la plaza rompiendo estrepitosamente el silencio que tanto la caracterizaba. En aquel entonces todavía no tenía fuente y ella se sentaba a la sombra de una acacia. Los más pequeños no se despegaban de ella y de su compañera, Rita.

Aquel 30 de enero estaban en la plaza.

El aviso de bombas les pilló desprevenidas y en un momento de terror y desesperación consiguieron ordenar en fila india a los niños y entrar en la Iglesia. El miedo se reflejaba en sus rostros que trataban de serenarse por los niños. Porque solo importaban los niños. El cura les condujo a todos al sótano. También temblaba aunque trataba de ocultarlo, pero la vela que sostenía hacía amago de caerse.

Abajo no estaban solos, algunos feligreses ya se habían ocultado completamente aterrorizados pero con la calma de quien ha hecho de un suceso extraordinario su hábito y costumbre. Y así era, no era la primera vez que feligreses, niños y maestras se habían protegido en el sótano de la Iglesia. Siempre con pánico pero serenos, nunca les pasaba nada aunque los muros aún recuerdan aquellas atrocidades que no dejaron marca en la piel.

Nunca les pasaba nada, querían pensar que era porque rezaban, porque Dios no los quería conocer todavía; nunca les pasaba nada, después de una, dos…hasta diez bombas, pero nunca les pasaba nada.

Nunca les pasaba nada hasta aquel 30 de enero de 1938.

La primera cayó en las inmediaciones.

Los niños, siguiendo las instrucciones, tenían los ojos y los oídos tapados. Canturreaban una canción sobre una muñeca de cartón con un vestido de azul. Los feligreses les observaban con lástima aunque ella recordaba haber advertido un atisbo de esperanza.

La segunda cayó más lejos.

Y resonó un suspiro conjunto en aquel sótano junto con el “Padre nuestro que estás en los cielos”, de Rita. Las últimas palabras que escuchó de ella.

La tercera cayó en la plaza.

Las paredes retumbaron. Los niños canturrearon más fuerte. Alguien le agarró del brazo. Todo se volvió oscuro de repente. Le pitaban los oídos, no oía nada más que gritos de auxilio, de ayuda, de pánico, de dolor, dolor que avecinaba la única de las resoluciones: la muerte.

Con la vista nublada consiguió ver como Rita abrazaba a un grupo de niños mientras rezaba. Rezaba con los ojos cerrados cubriendo con su cuerpo a los pequeños que, confusos, lloraban. El techo había comenzado a hundirse.

Recordaba haber sorteado feligreses que se agarraban a sus tobillos, pidiendo auxilio, pero ella solo quería salvar a sus niños. Si alguien debía morir tenía que ser ella. Acogió entre sus brazos a todos los que pudo. Eran treinta en total y dos maestras. El resto, padecía bajo los escombros o trataba de salvar su propia vida. Todo el mundo pareció olvidar a los niños.

Gritó pidiendo auxilio, confiando en la bondad del cura, pero el primer trozo de techo había caído sobre él y su cuerpo yacía en el suelo. Aguantó las lágrimas. Lo peor, quería creer, había pasado. Lo que no sabía, y se había odiado por ello toda su vida, es que las ondas expansivas de una bomba no son del todo inmediatas. Que aquello había sido el principio de la tragedia.

El sótano se hundió segundos más tarde.

Cuando consiguió abrir los ojos tenía marcas de uñas en sus manos por haberlas apretado tanto y a su alrededor no quedaba vida. Gritó, y fue aquel grito desgarrador el que la salvó.

Pataleó.

Lloró.

Volvió a gritar.

Se aferró al cuerpo sin vida de Rita.

Arrastró los cuerpos de sus niños en busca de un halo de vida.

No sirvió de nada.

Alguien la sacó en brazos. Alguien le llevó a una ambulancia. Alguien le salvó la vida pero para ella, no quedaba nada por lo que vivir.

La plaza, ahora reformada, todavía conserva las heridas de la guerra. Ella, cada día más cerca de reencontrarse con sus angelitos, la visitaba religiosamente todas las mañanas.

Primero, lo había hecho con rabia. Luego, con miedo. Con el tiempo, con melancolía. Ahora, segura de que su tiempo se le acababa, con esperanza de volver a encontrarse con ellos.

 

 

[16/11/2020]-[27/11/2020]

(Sin corregir)

Camino entre cristales y por el camino voy sembrando flores. Flores silvestres, de esas que solo crecen entre la maleza y la escarpada tierra. Las esquirlas del cristal me arañan la piel pero yo no freno ni frunzo el ceño. Continuo con la cabeza alta, el rostro firme y los ojos fijos en el horizonte que se alza ante mí. Mis manos, ásperas por el roce de las semillas y el abono, actúan de forma mecánica: cogen, lanzan y cubren. Ya han vivido este proceso más veces, son casi expertas en manejarse por su cuenta mientras yo paseo cada vez más dolorida, cada vez con más disimulo.

No quiero que me vean débil y por eso no me permito ni una mueca de dolor. Ni siquiera dejo que mis dientes castañeen aunque mis labios se mantienen sellados, ligeramente arrugados. Noto la sangre recorrer las plantas de mis pies pero no miro, no quiero que me vean débil. Apenas llevo un cuarto del recorrido cuando se me acaban las semillas. Por un instante entro en pánico pero me acuerdo que es normal, que siempre pasa, siempre se acaban y a nadie le han humillado por ello. Hasta ahora y confío en que no lo cambien. Guardo la bolsa cuidadosamente y entrelazo mis manos detrás del vestido, en mi espalda. El dedo corazón derecho delicadamente cruzado sobre el índice, jurandome a mi misma que esto ya es el fin. 

Mis pasos se vuelven más fieros una vez he dejado de sembrar porque mis pies de repente se quedan en carne viva. Trato de fingir que no me inmuto, que el escozor no me invade, que no quiero arrancarme la piel de cuajo y llorar. Y sigo caminando. 

La pasarela ha cambiado de dimensión, ya no hay campos que sembrar si no árboles que cubren con las copas el cielo. O eso que quiero pensar que es el cielo. Y tampoco hay cristales. El alivio que siento es indescriptible y dejo salir un suspiro, pero no me permito cambiar la expresión de mi rostro. El suelo ahora es de tierra mojada, mullida, limpia. Distinta a la que cubría antes las semillas. Mis pies agradecen el tacto y me aferro con los dedos a las lascas y piedrecitas que la recubren. Quiero dejar escapar otro suspiro y mostrar una sonrisa, pero no me lo permito.

Esta vez mis pasos son más ligeros, mis pies creen que vuelan y yo me dejo llevar. Sé que me siguen observando y dudo en ir más despacio, pero mis pies siguen sangrando, se pueden infectar y pienso ¿acaso es esto una muestra de debilidad? El barro los ha cubierto, ya es tarde para detenerme a comprobar si las heridas se han ensuciado. Lo más probable es que sí, no sé a qué aspiro creyéndome lo contrario.

De pronto la tierra mojada se acaba y solo queda barro sucio, viscoso, que se enreda por mis tobillos y me mancha hasta la pantorrilla. Ya no hay nada bajo mis pies o eso me hacen creer. Sé que estoy cerca de llegar a la meta, que sigo siendo la diana de sus miradas pero me atrevo a morderme la lengua, a alzar ligeramente una ceja porque no sé cómo enfrentarme a lo que estoy viendo.

La nada inunda aquello que una vez fueron cristales y tierra. Ahogo un grito cuando doy el primer paso, sé que tengo que imaginarme los sembrados y el camino de tierra, incluso los cristales, para que algo aparezca. Pero soy incapaz de pensar en nada porque el dolor ya se ha apoderado de mí.

Me rasga las entrañas y me sacude con fuerza. Trato de no inmutarme cuando el filo de un puñal creado en mi imaginación roza mi pecho. Poco a poco me desangro pero soy incapaz de expresarlo. Me da miedo lo que viene porque sé que se acaba pero no de la manera que yo pensaba. El abismo me consume agarrándome de los tobillos y tirando de mí hacia abajo. Ya no hago nada por evitar el grito, sale de mis entrañas y rebota en las barreras de la dimensión. Me hundo y soy incapaz de pensar, me voy consumiendo, convirtiéndome en ceniza. 

Desaparezco...


[27/09/2020]-[28-09-2020]


            Había barro en el suelo aquella tarde de otoño. El aire estaba cargado tras la tormenta, como si anticipara que fuera haber otra y aquello solo fuera una tregua. A lo lejos todavía se vislumbraban rayos. Las aceras empapadas conformaban surcos de agua entre las grietas de las baldosas y era imposible no acabar con las suelas de los zapatos manchadas de barro. En aquellas zonas donde se formaban pequeñas pendientes los charcos eran más abundantes y el agua sucia confluía descaradamente asomándose hasta las pantorrillas de los transeúntes. A lo lejos, todavía se escuchaban truenos. Las nubes cubrían el cielo, no quedaba apenas luz y había quien caminaba a ciegas tratando de no meterse de lleno en las recién estrenadas piscinas naturales. Quienes llevaban cristales en los ojos, lentes de contacto, monóculos, gafas jugaban con las pestañas a ser limpiaparabrisas. Los árboles que no habían caído en combate seguían limpiándose las hojas, desechando las que más sufrimiento habían vivido, y aquellos que yacían en el suelo se burlaban de los que paseaban elaborando pruebas de salto y sortear obstáculos.

            Mariposa miraba desde su posición la estampa que se desarrollaba bajo ella. Curiosa abría mucho los ojos y reía cuando alguien pisaba fuerte sobre el charco y salpicaba toda su ropa. Alguien chistó a su lado, era Murciélago.

   ¡Cállate Mariposa! ¡Que nos van a descubrir! — susurró cruzando los brazos.

   ¡No me mandes callar! ¡Tú no mandas! —contestó haciéndole una mueca. 

   Mariposa, que nos pillan…— la niña le cortó tapándole la boca con la mano. Se escucharon unos pasos cerca de ellos y ambos aguantaron la respiración. Los pasos se alejaron corriendo.

   ¿Veeeeees? Por tu culpa casi nos pillan, yo no me quiero volver a esconder contigo jope. — Murciélago se dio la vuelta refunfuñando, haciendo tambalear el armario y ambos ahogaron un grito.

   Pero si te he traído al mejor sitio.

   ¡No! Solo quieres esconderte aquí porque desde aquí arriba puedes mirar por la ventana la calle…¡No te gusta jugar con nosotros y lo sabes!

   ¡Cállate! Tu no sabes nada, ahora yo no quiero jugar contigo. Bájate.

   ¡No! Bájate tú.

   No, es mi sitio. Bájate tú….ah no, que no sabes porque eres muy pequeño. — se burló Mariposa moviéndose de lado a lado aposta para tambalear el gran armario. Poco a poco incrementó el ritmo.

   Para por faaaaaaaa Mariposa paraaaaaaaaa — Murciélago se aferró temblando a la tela que cubría el mueble. Mariposa sonrió maliciosa y volvió a girarse hacia la ventana, cortando el movimiento.

Pasaron los minutos, quizá horas, y nadie se acercaba. Mariposa estaba absorta en lo que ocurría al otro lado de la ventana y Murciélago dormitaba apoyado contra la pared.

Mariposa llevaba la cuenta de cuántas personas esquivaban los charcos, cuántas los árboles y cuántas directamente saltaban. También contaba cuántos se empapaban por saltar muy poco, quiénes no llevaban paraguas, quiénes se cubrían con un periódico… Para ella aquello parecía el mejor de los juegos. Ojalá estar ahí bajo la tormenta... Había anotado mentalmente cuántos rayos se veían a lo lejos y cuántos truenos retumbaban cerca. Si hubiese estado un poco menos pendiente de fuera, hubiera escuchado la marabunta de pasos, gritos, susurros y portazos que se agitaban en su propia realidad. Murciélago tampoco parecía haberse dado cuenta.

   ¿Pero qué hacéis todavía aquí? ¿No os habéis enterado de qué ha pasado? — gritó alguien desde la puerta. Era Caracol.

Mariposa salió de su trance con el ceño fruncido claramente furiosa porque hubieran interrumpido su espectáculo.

   ¡Vamooos! Tenéis que bajar ya, la Srta. Libélula se pondrá furiosa si no bajáis ya. ¡Vamos!

Mariposa se enfureció aun más, la voz aguda de Caracol le ponía nerviosa. Además ¿qué hacía ella allí? ¿no estaban jugando al escondite? Miro a su “compañero”, Murciélago estaba desperezándose claramente confundido.

   Déjanos Caracol, vete a seguir jugando. —pidió autoritariamente Mariposa.

Pero la otra niña no se dio por vencida e insistió: — ¡Qué no es del juego jopeeeeee! Me va a regañar a mí también por tu culpa. ¡Vengaaa!

Murciélago se las arregló para bajar del armario sin matarse de un saltito. A decir verdad, Caracol le frenó la caída cogiéndole en brazos. Mariposa dudó: por una parte quería quedarse a mirar por la ventana y por otra sospechaba que Caracol no se estaba inventando el enfado de la Srta. Libélula.

La Srta. Libélula era el nombre que le habían puesto los niños del orfanato a su directora. Era alta, esbelta, elegante, siempre con el pelo recogido en un moño o en una larga trenza. Normalmente era dulce con ellos, les trenzaba el cabello, les peinaba los rizos, les avisaba si tenían manchas de chocolate por la cara y les decía siempre lo guapos que iban. Pero cuando se enfadaba la cosa cambiaba y la dulzura desaparecía por instantes para dejar paso al miedo. Le habían puesto libélula porque a Comadreja le aterraban esos “bichos que vuelan” cuando se acercaban a jugar en el río y revoloteaban a su alrededor como si estuviesen enfadadas, pero a Búho le parecían muy bonitas…como la Srta. Libélula.

Murciélago y Caracol suplicaron con la mirada que bajara y Mariposa accedió con una mueca de asco, bajando de un salto y cayendo de pie, recta, con los talones, como si fuera una gimnasta. Caracol tiró de su manga y la arrastró hacia la puerta al grito de “vamos”. Murciélago se enganchó a Mariposa y los tres niños corrieron por el pasillo, saltaron las escaleras y acabaron en el patio trasero. La imagen que se encontraron era aterradora: el viejo olmo que coronaba el patio había caído con la tormenta, llevándose consigo parte del porche y de un muro. Todos los niños, no muchos, estaban reunidos allí. Algunos sollozaban, otros mantenían la mirada fija en el suelo. La Srta. Libélula estaba quieta, inmóvil, con la mirada detenida en el árbol. No en los destrozos, en el árbol. Su rostro denotaba tristeza, rabia, vergüenza, sorpresa, pánico. Terror.

Caracol los llevó hasta el resto de la banda. Oruga lloraba a moco tendido y Búho trataba de consolarle: —¿Dónde nos vamos a juntar ahora? ¿Dónde vamos a jugar? Sino hay árbol…—repetía en bucle el niño entre sollozo y sollozo. Ratona y Águila observaban curiosas y perplejas la escena, parecía como si ninguna entendiese la gravedad de que el árbol hubiese arrastrado medio porche con su caída o que parte de una pared se hubiera derrumbado. Comadreja, Pingüino y Suricato pataleaban piedrecitas del suelo sin levantar la mirada. Murciélago se unió a ellos y Caracol salió corriendo a abrazar a Ratona y a Águila. Mariposa en cambio se quedó inmóvil como la Srta. Libélula, de hecho, se colocó a su lado silenciosamente. Pero al contrario que la directora, la mirada de Mariposa estaba fija en el boquete que se había creado. Boquete que daba a la calle, la calle que ella tanto anhelaba. Le daba igual que el símbolo de la Banda estuviese tirado en el suelo, muerto; le daba igual que los destrozos complicarían su vida allí; le daba igual que sus amigos, ¿amigos?, estuviesen llorando. El agujero dejaba entrever un charco, con barro, y piernas de personas que, curiosas y aterradas, se paraban a mirar el desastre. Mariposa estudiaba cómo atravesaban el charco, si se mojaban o no, si continuaban su camino o no.  

Tan solo tenía que echar a correr, pasar por encima del árbol y sortear los escombros, agacharse un poco y traspasar el hueco en el muro. Tan solo tenía que ordenar a sus pies que se movieran. Tan solo necesitaría comprar, ¿o robar?, un paraguas, escaparse a por su chubasquero en un santiamén o adentrarse en la inmensidad de la ciudad sin protección alguna. ¿Y si lo hacía? Era pequeña “pero no mucho” según ella, “tengo ocho años soy mayor” repetía cada vez que alguien le recordaba que todavía era una niña. Su fuerte carácter le llevaba a meterse en más de una discusión con los adultos y con sus compañeros; sus ganas de salir de allí sacaban de quicio a cualquiera que se acercase; y la cuenta que llevaba de los días que había pasado en el orfanato daba miedo.

Había empezado a poner palitos en la pared de al lado de su cama a los cinco años. Para entonces ya llevaba cuatro y medio allí. Había sido la primera en llegar y por lo que parecía, sería la última en irse. Murciélago había llegado después y la atención que antes había sido casi exclusiva para ella (estaban “los mayores” separados en otra ala), se dividió entre los dos. Luego, fueron llegando los demás y poco a poco formaron la Banda. La primera en ponerse nombre y nombrarse así misma capitana había sido ella. La idea de los animales se les ocurrió durante una clase mientras aprendían el abecedario y que fuesen una banda, de un cuento de piratas que les leía la Srta. Libélula antes de dormir.

La Banda estaba compuesta por nueve niños de edades similares que se hacían llamar así mismos: Mariposa, Águila, Búho, Ratona, Comadreja, Suricato, Pingüino, Murciélago, Caracol y Oruga. Mariposa era algo así como la capitana y el segundo al mando en los juegos era Pingüino. La Srta. Libélula era para ellos una capitana superior, una diosa, algo más mayor e importante que ellos. Antes había más, Lince, Mapache, Mariquita...pero les habían adoptado ya. Jugaban todos los días a cualquier cosa siendo su juego favorito el escondite. Se reunían debajo del olmo y echaban a suertes a quién le tocaba contar (Mariposa se las apañaba para que no le tocara nunca). Ratona, la más pequeña, estaba en trámites de adopción o eso sospechaban y a Oruga le venía a visitar una familia en unos días. Mariposa había recibido las noticias como si fuese un empujón, lo que para un adulto sería como una puñalada. Se alegraba, sí, pero tampoco mucho. ¿Qué tenía ella de malo para llevar tantos allí? ¿Su carácter? ¿Su altura? Era muy alta para su edad…¿pero eso era un problema?

Sostuvo la mirada en el agujero incluso cuando la Srta. Libélula se giró a decirle algo. Solo tenía que correr…luego ya…¿la llevarían de vuelta? ¿echaría de menos a sus amigos? ¿eran amigos? ¿o solo la aguantaban? ¿le echarían ellos de menos? Una lagrima se resbaló por su mejilla de mantener los ojos abiertos. Tan solo tenía que mover los pies….el eco de la voz de la Srta. Libélula retumbaba en sus oídos pero su mensaje no le calaba. Oyó gritos, oyó sollozos, alguien lloraba aún más fuerte que antes. Alguien gritaba su nombre, casi en un ahogo. No entendía qué estaba pasando ¿qué estaba haciendo? Alguien le agarró de la camiseta, ¿por qué? Ella solo quería salir pero sus piernas no se movían. Alguien le pedía que parara, que se estuviera quieta. Alguien suplicaba que volviera pero Mariposa estaba desorientada. Quizá ya estuviese en movimiento, quizá ya estuviera escalando el tronco del árbol caído…quizá ya era ¿libre?

El viento le devolvió a la realidad, agitando sus rubios cabellos, salpicando su rostro de gotas de agua. El frío congeló sus manos de repente, sintió frío. Sintió miedo, un escalofrío recorrió su espalda. Abrió los ojos y por fin, estaba fuera. Mariposa por fin volaba.  


Día 3

3.  AMOR Olivia se separó del espejo para verse mejor de cuerpo entero. Los últimos cinco minutos los había pasado con la cara pegada al cri...