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martes, 24 de agosto de 2021

Verde


Con la sombra en la cintura

ella sueña en su baranda,

verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

                       -Lorca


El Lam quedó suspendido en el aire rasgando la tensión que inundaba el ambiente. El acorde cayó como un peso pesado rompiendo la atmósfera que se había creado. El llanto de la guitarra se apagó menguante. Los aplausos tardaron en estallar y cuando lo hicieron desplazaron los cimientos del escenario en el que estaban situados. La intensidad creció tanto que el silencio se demoró. La Guitarra observaba serena a su público, estática, todavía lacrimosa pero en paz. En paz con los acordes que tan estrepitosamente había rasgado, en paz con las cuerdas que había punteado con quizá demasiada brusquedad, en paz con su público más íntimo. 


Ella, en la baranda, se asomaba inquieta para ver mejor. Su cuerpo estaba casi más fuera que dentro del palco y el vuelo de su falda ondeaba a ras del suelo. Alguien le gritaba que por favor se echara para atrás, que se caería en un descuido. Pero ella no escuchaba ni pretendía hacerlo sino era la Guitarra la que hablaba. Por fin, sus miradas se cruzaron. Esta vez fue su corazón el que quebró cuando sus ojos negros se cruzaron con los suyos de color plata. Bastó una mirada para que terminara de resquebrajarse y el mundo se paralizara a su alrededor. La Guitarra sonrió y ella se sonrojó. Su falda se posó en el suelo cuando ella se apartó de la baranda que hacía las veces de muralla entre ella y su Guitarra. Con las prisas de una colegiala enamoradiza salió corriendo a trompicones con sus manoletinas de color rojo y su cabello al son de la brisa que se colaba por las rejillas del teatro. Bajó las escaleras de dos en dos y saltó el último escalón derrochando ilusión. Se escurrió por los pasillos que se había aprendido de memoria hasta llegar entre bambalinas y zona de camerinos. 


No dejó de sonreír ni un segundo, ni cuando el tic tac del reloj interrumpió sus pensamientos recordándole que el tiempo pasaba y él no aparecía. La esperanza reflejada en su lazo color verde no se perdió ni cuando la luna se asomó por la cristalera amenazando con dejar paso a la noche. Vio pasar al resto del ensemble, escuchó los comentarios más despiadados y los rumores más malvados, pero ella no se inmutó. Solo se sobresaltó cuando el conserje le avisó de que cerraría la verja, que debía marcharse, que él ya había salido. Le dolió tanto que no pudo ni llorar y fue la rabia la que salió a flote. 


Aquella noche ella no durmió pensando en formas de vengarse, ni siquiera se replanteó escuchar sus perdones. Siempre le prometía que después de los conciertos se verían y le regalaría flores, que la llevaría entre bambalinas y se probaría los trajes de las bailadoras, que podría tocar la guitarra bajo su atenta mirada. Que él sería el maestro de su vida y ella su pupila más querida. Fueron esas cantinelas, esos cuentos idílicos que prometían una mejor vida los que la enamoraron. Por un tiempo se dejó llevar por sus palabras esperanzadoras y sus acordes más románticos como si de un vals se tratase y él fuera su guía y ella la niña que aprendía a bailar. A cada paso que daban su corazón al compás latía con más fuerza y su mente viajaba a lugares hasta entonces desconocidos. 


Pero no todo era felicidad, aquello solo resultó ser la capa de barniz que pintas sobre la madera podrida tratando de volver hacerla brillar. El engaño se hacía más grande a cada paso que daban y ella se había dado cuenta. Al principio lo dejó pasar por la promesa de arreglarlo en los labios de él. Luego, se enfadó y fue ella quien pidió perdón por no haber sido suficiente. Al final, la verdad se mostró disfrazada de canciones de amor y ella decidió iniciar su propia partida. Abrir los ojos fue un camino duro pero cuando lo hizo no se dejó llevar por la tristeza, la pena o la insuficiencia sino por la ira. 


La sed de venganza era tal que tuvo que recordar que derramar sangre no era una opción viable. El ramo de margaritas llegó la mañana siguiente acompañado de una nota que suplicaba el perdón y acordaba una cita tras el siguiente concierto. Titubeó cuando la leyó con la piel de gallina y los nervios a flor de piel. El trazo de su letra, la elegancia con la que se despedía con una sentencia en forma de “te amo” manchado de falacias, provocó que rasgara el papel que tantas otras veces había conservado. Fue entonces cuando se permitió derramar lágrimas dejando brotar una cascada de recuerdos y promesas pasadas. 


¡Ay su querida Guitarra que tantas veces le había cantado al amor! ¡Qué tantas veces había prometido quedarse a su vera de madrugada! Que le había visto bailar con las demás chiquillas del pueblo y con su guitarra las había acompañado siendo el primero en apostar por sus sueños. Que tanto le había repetido que la edad solo era un número, que ella sería la más grande, que bailaría con las mejores al son de las mejores guitarras, que cumpliría su sueño. ¡Ay su Guitarra! qué le había llevado a orillas de la Alhambra para jurarle amor eterno a la luz de la luna gitana. Haber caído en la trampa fue un duro golpe pero salir de ella dolía como si mil espinas se clavaran en su costado y las rosas trataran de no soltarla. 


Ahora quería clavarle un puñal, hacerle una herida desde el pecho a la garganta y ver cómo su sangre se derramaba. ¿Y si no había sido la única a la que había engañado? ¿Y si ella no era la única a la que había tratado como una muñeca? a su antojo, solo para lo que él quería, para llenarla de besos y caricias cada vez más lascivas entre los recovecos del arroyo y hojas verdes. Si tan solo pudiera arrebatarle lo que más quería...Como él le había arrebatado el amor. Verle llorar como lloraba su guitarra sobre el escenario. Gritar a los cuatro vientos lo mala persona que era y buscar entre el gentío apoyo, por si acaso, por si su miedo era cierto y no era la única.


Pero no hizo nada. ¡Cuántas veces le esperó en la baranda! se lamentaba. ¡Cuántas veces le esperó frente al camerino! con su cabello azabache ondulante y su lazo verde en la muñeca. Con el corazón rebosante de amor y el deseo dibujado en sus labios. Cuántas veces había visto cerrar la puerta del teatro con los dedos cruzados por si aparecía en el último momento. Y cuántas veces había visto al conserje cerrar la verja de fuera con la lástima esparcida por su rostro tratando de fingir por ella. Ya no creía en la esperanza de que él cambiara y dudaba de si su amor había sido en algún momento verdadero. 


No hizo nada aunque soñó con retorcer las cuerdas de su guitarra, arrancarlas de cuajo y salir corriendo. Recordó, entre pesadillas, sus manos sobre su cuerpo y como después de eso, él no había querido dar ni un paseo. A cambio le había llenado la cabeza de dulces palabras y sonatas nocturnas que ella había creído y vivido entre sonrisas. 


No hizo nada más que llenarse de ira y de llanto y hundirse en la sed de venganza. No hizo nada salvo encerrarse entre las sábanas de su cama. No hizo nada porque el miedo la apresaba entre sus garras y la pena por lo vivido la consumía con avidez.

Día 3

3.  AMOR Olivia se separó del espejo para verse mejor de cuerpo entero. Los últimos cinco minutos los había pasado con la cara pegada al cri...