Un
Dos
Tres,
Un
Dos
Tres,
Un
Dos
Tres,
Un
Dos
Tres
La música se colaba en aquella habitación como si fuera
una mota de polvo que se deshace en cuanto la rozas. Apenas se escuchaba el murmullo
de la orquesta que en el salón principal acogía a quienes se atrevían a bailar.
Allí en cambió no bailaba nadie si no que las miradas se entretejían en el
espacio vacío juzgándose y retándose por ver quien dejaba escapar la primera
palabra. En el sillón verde se sentaba él, con las piernas cruzadas, la vista dirigida
hacia ella pero con la mirada confundida y tímida. En la silla de enfrente se
sentaba ella, con las manos sobre la falda y con los ojos buscando donde
posarse. Siempre acababan sobre él. Ninguno hablaba.
Un
Dos
Tres,
Se escuchaba la melodía del salón. Un vals. Ella siguió
el compás con los dedos y él redirigió su mirada hacia su mano. Ella volvió su
rostro hacia el de él aprovechado ese descuido y sonrío un segundo. Al instante
borró la sonrisa, disimulando. Él volvió a centrarse en el rostro de ella.
Un,
Dos,
Tres,
La mano de él comenzó a repiquetear al son de la música inaudible
y ella alzó una ceja con gracia. Él paró avergonzado, ella dejó escapar otra sonrisa.
Él abrió mucho los ojos, sorprendido, y ella volvió a serenarse con las
mejillas sonrosadas. Ambos bajaron la vista al tapiz que cubría el suelo.
Un
Dos
Tres,
Ella movió los pies sin quererlo pues la melodía aumentaba
su volumen. Quizá fuera que ella se forzaba por escucharla, quizá la orquesta
había cambiado de sala. Él lo notó y la imitó acompañándose de sus manos sobre las
rodillas. Ella enarcó ambas cejas y sin apartar la mirada del suelo, se
levantó. Él dejó escapar un gruñido de sorpresa. Ella se acercó al sillón
verde.
Un,
Dos,
Tres,
Él la miró y ella le tendió la mano. Él la acepto dudoso.
Ella se limitó a sonreír iluminando la habitación. Él entonces rio y se levantó.
La música se escuchaba más cerca. Ella se aferró a su brazo y él la rodeó por
la cintura. Su brazo tembló cuando la rozó pero ella asintió.
Un,
Dos,
Tres,
Comenzaron con pasos torpes, hacia la derecha, tropezándose
con la falda. Ella le pisó y él a ella. Ella quiso despegarse de la falda y él se
maldecía por hacerlo tan mal. Ambos se movieron por la habitación al compás olvidándose
de quiénes eran, de qué hacían allí. De si debían hacer eso o no. Bailaban cada
vez más sueltos, menos tensos, intercambiando sonrisas. Los ojos castaños de
ella brillaban y los de él, azules, podrían haber iluminado la sala.
Un,
Dos,
Tres
La música cesó pero no su vals. Alargaron el baile hasta que sus pies no pudieron más y tuvieron que respirar. Sudorosos y exhaustos se miraron. Fue ella quien dio el primer paso, acercándose aun más, juntando pecho con pecho. Él tragó saliva pero no se alejó. Ella le apartó el pelo de la cara. Él se dejó. Ella subió su mano hacia su rostro, él dejó de respirar, ella se acercó aun más. Cerraron los ojos a la vez. Ella unió sus labios. Él no se despegó. Ella respiró fuertemente con ansia. Él acarició su espalda. Ella guio su mano hacia los lazos del vestido y él empezó a temblar aun más fuerte. Ella se rio y susurró en su oído con picardía “es como bailar un vals, ya verás”.